El histórico tintero de Isidoro Blaisten, uno de los objetos, que
junto a manuscritos y libros del gran escritor, integran la
muestra de la Biblioteca Nacional «Cerrado por melancolía».
"Cerrado por melancolía", era el texto que dejó Isidoro Blaisten en 1981, cuando cerró su librería en San Juan y Boedo, y conoció a su mujer, la reconocida periodista Graciela Melgarejo. Ambos hechos fueron muy importantes en su vida. Hoy es el título de la muestra homenaje que se presenta en la Sala Leopoldo Marechal de la Biblioteca Nacional.
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En el luminoso texto «Sobre lo sublime» (1801), el gran poeta y dramaturgo Johan Christoph Friedrich Schiller, señaló la superioridad de lo sublime sobre lo bello y consideró a aquel como un verdadero poder estético: «Lo bello merece la gratitud sólo del hombre; lo sublime la merece del demonio puro que hay en él. Sin lo sublime, la belleza nos haría olvidar nuestra dignidad». Muchos de sus conceptos corresponden a la narrativa de Blaisten (1933-2004), quien sostuvo: «La poesía es una desmesura, todo arte lo es».
Pero en su obra también está presente el concepto de angustia de Sören Kierkegaard que había partido del abismo irreconciliable que media entre lo finito y lo infinito, abismo sentido por la existencia humana como un desamparo donde el pensamiento del hombre se sumerge en el torbellino del existir. «Hay lugares que yo me sé, cafés largos y oscuros, donde la soledad crece en las paredes, donde resuenan las risas y las hazañas dudosas, los sucedidos eróticos, y uno ve cómo la soledad va creciendo, crece y crece, se deforma y nos mira como ojos al revés. Entonces, después de la última carcajada viene el silencio, después viene el ruido de las sillas al correrse y después se van quedando solos los últimos en irse. Miran fijamente el fondo de los pocillos. Entonces se puede entender cuánta angustia puede caber en una taza», escribió Blaisten en «Anticonferencias».
En 1948, Barnett Newman proclamaba que, «libres del peso de la cultura europea», los pintores norteamericanos de entonces -entre los cuales se incluía- estaban creando un arte sublime al reafirmar «el deseo natural del hombre por lo exaltado y su interés por la relación con las emociones absolutas». Según Newman, el arte moderno de Europa había sido incapaz de generar, como sucediera con el Gótico y el Barroco, una nueva visión sublime, porque de un modo u otro sólo buscaba zanjar el dilema de lo bello en cuanto a su residencia en la Naturaleza o fuera de ella, limitándose a distorsionar las formas heredadas del Renacimiento, o a negarlas en favor de una pura retórica de la geometría.
Pero en verdad, el arte sublime había comenzado a existir en el Sur de América, y por obra de un argentino, Xul Solar, en 1924. Que lo ignorase Newman, dos décadas más tarde, no es extraño: muchos argentinos siguen hoy desconociendo el valioso aporte de Xul Solar a la pintura contemporánea, creación que desde fines de los '80 ha sido rescatada en Europa, los Estados Unidos y América Latina. Lo que Xul Solar fue desenvolviendo y afianzando a lo largo de cuatro décadas, era una proyección de la sublimidad -o si se quiere, del sentimiento de lo sublime- que abarcó no sólo a su pintura sino también al resto de su obra, y que hizo de él una figura única.
En sus acuarelas, témperas de pequeño formato y óleos, Xul Solar utilizaba símbolos de su propio cuño y otros pertenecientes a las tradiciones herméticas y religiosas. Aún la figura humana adquiría un carácter simbólico, y las piedras y las arquitecturas tomaban un cierto aspecto antropomórfico, subrayando la permanente relación entre macro y microcosmos. Las serpientes, que en todas las religiones y filosofías ocultistas representan las fuerzas primitivas, se sucedían en las obras de Xul Solar a quien, otro escritor, Jorge Luis Borges, tan avaro para los elogios, llamó «un hombre de genio», dueño de una «tan rica, heterogénea, imprevisible e incesante imaginación como no he conocido en toda mi vida». Esos símbolos fueron incorporados a una estructura plástica personalísima, en la que los elementos de la pintura (el color, las transparencias, las calidades de la materia, las líneas, las formas) no perseguían únicamente el efecto visual, sino una repercusión más profunda: remitían a lo espiritual, a esas emociones absolutas de que hablaba Newman, a lo sublime.
Numerosos paneles y más de veinte vitrinas presentan, en el primer piso de la Biblioteca, borradores, manuscritos y, por supuesto, los libros de Blaisten. También objetos, como una cámara Rolleicord y una máquina de escribir Olivetti, y se destaca un tintero que rescató «de un pasado atravesado de muertes, confusión y desencuentro», según escribió.
«El comienzo de una historia que empieza con ese tintero que mi abuelo habrá traído de Ucrania, que mi padre se llevó a Entre Ríos y que mi madre volvió a traer a Buenos Aires. Es un hermoso tintero. Sobre una base de madera de guindo hay dos recipientes, uno para la tinta roja, otro para la azul. En el medio hay una dama de metal. Tiene un sombrero con una pluma y sostiene un abanico abierto en la mano. Está rodeado de rosas. Detrás del abanico la dama me mira. Tiene una terca mirada de metal. Esa mirada me dice que debo seguir preguntando, que debo atravesar el olvido y comenzar a escribir esta historia», relató en «Cuando éramos felices».
«No me canso de repetir que Blaisten es el mejor cuentista argentino desde Cortázar. Algunas modas fugaces quizás disimulen hoy este hecho, pero estoy seguro de que el tiempo lo va a confirmar», señaló Luis Gregorich al editor Daniel Divinsky, en una carta expuesta, de septiembre de 1973. Un panel cita un fragmento de «La lección del maestro», un texto que había escrito Patricio Lóizaga, quien fue director de la Revista Cultura por más de veinte años: «Como si hubiera sido depositario de un dominio superior, fruto de su bonhomía y de su hombría de bien, cerró un ciclo perfecto. En agosto de 2004 publicó su último libro, «Voces en la noche», una historia que puso en evidencia, una vez más, su inigualable maestría para hacer interactuar lo grotesco, y en este caso, el horror y la pesadilla con el humor y la parodia de un texto que configura una provocadora reflexión sobre el futuro de la literatura».
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