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17 de julio 2008 - 00:00

Drama al (buen) estilo antiguo

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La enorme presencia de Sofía Loren ya justifica la visión de «Francesca», reposado y nada moderno film de la en otros tiempos zafada directora italiana Lina Wertmüller.
«Francesca» ( Francesca e Nunziata, Italia, 2001, habl. (en italiano).Dir.: L. Wertmüller. Guión: E. Porta, L. Wertmüller. Int.: S. Loren, C. Gerini, G. Giannini, R. Bova, D. Orsini, A. Pugliese, C. Femiano, E. Cannevale.

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Esplendor, lucha, decadencia, obediencia, agradecimientoy traspaso, se evidencianen esta historia digna de una novela de 1800, y ambientada, precisamente, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. No se evidencian públicamente, en cambio, pero también están, el encorsetamiento, el disimulo, la resignación, que hay tras las ostentaciones y decisiones de los dos personajes principales y toda su corte, es decir, doña Francesca Montorsi, su hija Nunziata, adoptiva, el príncipe Montorsi, marido inútil, los demás hijos, la servidumbre, el personal de la fábrica de pastas de la familia, el cardenal, la familia del armador naviero con la que puede armarse una gran sociedad.

Para concretar dicha sociedad (y aliviar cierto riesgo financiero), doña Francesca ha decidido casar a su hijo más lindo con la hija del armador. Ya está todo arreglado. El problema es que el hijo y la hermana adoptiva se enamoraron, y esperan una criatura. ¿Cómo se solucionaban las cosas en aquellos tiempos? ¿Cómo se solucionarían ahora? Y aún más: ¿cómo cerrarán las heridas en esta historia?

No cabe contar más. Digamos sólo que, despacito, la historia nos envuelve en ese piccolo mondo antico donde se despliegan vestidos, sombreros, collares, vajillas, alfombras, palacios napolitanos, carruajes, empeño, energía, trabajo, los avances de una empresa familiar, los cambios desde el trabajo artesanal, cuando la pasta debía secarse días al sol, hasta la incorporación de las máquinas y los procesos artificiales, y, en primer término, los cambios de mano del destino. Y algo que nunca ha de cambiar: la enorme presencia de Sofía Loren. Junto a ella, en sintonía, la ascendente Claudia Gerini. La historia es de otros tiempos, la propia puesta en escena parece, coherentemente, de otros tiempos, y esas dos actrices representan, precisa, maravillosamente, a dos mujeres de las de antes, con todas las ganas, la altivez y el desgarramiento propios de dos mujeres de las de antes. La escena final es un artificio de teatro, uno sabe que a las hojas secas que entran a cuadro las están soplando con algún ventilador, pero las miradas,las palabras, y esa mano rugosa y enjoyada que se alza como diciendo «ya está hecho, no digamos más nada», son una maravilla, provocan una calma, agridulce, callada emoción, justifican el precio de la entrada, y desarman unas cuantas objeciones.

No importa que no sea cine moderno. La directora Lina Wertmüller, antes famosa por lo zafada, ahora está en otra etapa, propia de su edad, donde tiene, y quiere mostrarnos, una percepción más amplia y asentada de la historia de los sentimientos en su país (ya algo había anticipado cuando nos presentó «Ferdinando e Carolina» en el festival marplatense). Y además, tiene al excelente Enrico Job, que es su marido y escenógrafo desde hace rato. Y a la Loren, Giancarlo Giannini, y demás elenco, incluyendo (cosas de familia), su hijita entonces de diez años, Maria Zulima Job, en el rol de la Nunziatina, y otro pariente, Massimo Wertmüller, como el empleado leal que proveerá una solución inesperada. Dicho sea de paso, quien le propuso hacer esta obra fue Domenico Orsini, el actor que hace de hijo Enrico, y que en la vida real es sobrino de María Orsini Natale, la autora del best-seller «Francesca e Nunziata» (nótese la abreviación, esa novela abarca desde el nacimiento de Francesca en 1849 hasta la muerte de Nunziata en 1940).

Cerramos con una anécdota de filmación, para que se vea que en el fondo Wertmüller sigue siendo la misma. Estaba la troupe filmando la primera escena romántica en exteriores, cuando, desde un huerto vecino, irrumpieron los gritos de una pelea conyugal. «¡Quiero matarte, quiero matarte!», gritaba la mujer, una y otra vez. La Wertmüller tomó el megafono y gritó, a su vez: «De acuerdo, señora, pero hágalo rápido».

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