«Rojo», de Eduardo Capilla. El artista trabaja el óleo y sabe
sacar provecho del brillo y la textura densa y pastosa del material.
A pesar de que periódicamente se suele anunciar su muerte, la pintura mantiene su vigencia en la producción contemporánea internacional y, sobre todo, local. La Argentina es tierra de buenos pintores y en la galería Braga Menéndez ocupan un lugar preferencial. Este año, a las exhibiciones de Martín Giménez Larralde, Juan Tessi, Claudia Mazzucchelli y Jorge Gumier Maier (quien estableció una inesperada y feliz alianza con esta disciplina), la galería sumó a partir de la semana pasada la presencia de Eduardo Capilla.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Con sus colores restallantes y una abstracción que evoca la naturaleza, lo primero que llama la atención en las pinturas de Capilla es el movimiento. Sus formas fugitivas traen reminiscencias de hojas o flores, elementos que parecen flotar o volar sobre las telas, como impulsados por el viento. Estas sensaciones cinéticas se acentúa cuando el espectador se acerca a las pinturas, donde el movimiento, las ráfagas o el fluir del agua, están visualmente representados.
Capilla trabaja el óleo y sabe sacar provecho del brillo y la textura densa y pastosa del material, que le permite jugar con el volumen y dejar grabado en las telas el trazo ágil de su pincel.Y los pinceles son los que imponen una aceleración y un ritmo que ha quedado impreso en la superficie tan oleosa de sus cuadros, al punto que mantienen la apariencia de pintura fresca. Así, la velocidad y libertad del gesto, unidas a la sensualidad del color y las vibraciones de los rojos y los amarillos, le infunden a las obras un dinamismo contagioso, una energía cargada de alegría y ansiedad.
La muestra entera parece pintada en un rapto de inspiración y ostenta la frescura del impulso, sin embargo, hay dos trabajos monocromáticos que revelan un estudiado y reflexivo análisis sobre las posibilidades que brinda la pintura. Se trata de dos óleos negros, donde a pesar del rigor que impone el negro, a través del trabajo de las texturas, exclusivamente, las obras mantienen la continuidad de las formas, el dibujos de unas ramas, hojas o flores y la misma vitalidad que reina en toda la exposición. «Durante diez años trabajé obras monocromáticas, desde 1980 hasta el 90», cuenta Capilla, y sale al rescate de su trayectoria.
Más conocido como cineastaque como pintor (ganó un bronce en el Festival de San Sebastián), Capilla reconoce que lo suyo es la pintura. «Antes de hacer cine fui pintor, después me ocupaba de las escenografías», señala. Lo cierto es que a los 45 años, acaba de saldar una deuda pendiente, ya que esta muestra implica no sólo poner su obra en la vidriera sino además debutar en el mercado del arte. En este territorio se muestra humilde y pisa con delicadeza. «No es nada nuevo lo que hago, entre mis referentes figuran Quinquela Martín, el Matta de los '40 y otros maestros», sostiene (como si fuera fácil ofrecer algo novedoso).
Pero más allá de su bajo perfil, Capilla tiene estilo, el talento inconfundible de los verdaderos pintores y la capacidad de magnetizar al público con lo que hace.
Dejá tu comentario