Una de las dos inmensas obras de Pablo Siquier que ingresaron en los últimos meses al
Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La competencia establecida entre los museos del mundo para atraer al público y, reflejar a través de la arquitectura el protagonismo ascendente del arte y la solidez de sus colecciones y proyectos, llegó a Buenos Aires. Inaugurado en 2001, el Malba posee el mejor edificio de la ciudad y su colección de arte latinoamericano le brinda proyección internacional. Pero juega en desventaja la batalla del status edilicio. Para ampliar su sede al subsuelo, deberá entablar una nueva lucha con el Gobierno de la Ciudad, organismo que con los retrógrados argumentos de algunos legisladores, demoró y puso en riesgo su apertura. Entretanto, y mientras reina la calma que impone el verano, atrae al público con las obras que incrementan su colección.
El miércoles pasado, su día de entrada gratuita, el Malba lucía bullicioso. En las salas adyacentes al lobby se exhiben algunas de las adquisiciones, donaciones y comodatos de 2004, y en el primer piso, junto a la atractiva colección permanente (que ese día incorporó el avión de
Sus obras ostentan esa condición tan difícil de definir que es la «cualidad museo», consistente en cuestiones tan diversas como la excelencia, el tamaño, la época de realización, la capacidad de resumir el estilo de un artista y el efecto que causan en el espectador. Dato -el de la calidad de las obras-, que dado el oficio legitimador de la calidad y la cotización del arte de los museos, resulta insoslayable. Por ejemplo, la obra de
Dejá tu comentario