Scorsese planeaba otros dos largometrajes, pero los u$s260
millones de «Los infiltrados» lo fuerzan a una secuela.
Los Angeles (Especial) - Gane o no el Oscar, «Los infiltrados» representa un punto de inflexión en la carrera de Martin Scorsese. En términos hollywoodenses, una afirmación de esta naturaleza no entraña ningún juicio artístico ni estético, nada de eso (eso es materia de críticos e historiadores, cuyos asuntos poco incumben a los ejecutivos de la industria). Por el contrario, esa «inflexión» sólo radica en el hecho de que el último film de «Marty» sobre mafias, lealtades y traiciones, fue su película más taquillera, incluyendo sus más citados clásicos como «Taxi Driver» o «Toro salvaje». Desde su estreno el año pasado, «Los infiltrados» recaudó 260 millones de dólares a nivel mundial, y sus recientes nominaciones al Oscar, que la volvieron a llevar a los cines conjuntamente con la aparición del DVD en varios formatos y para distintos gustos (edición simple, doble, en pantalla ancha o convencional), representarán seguramente otra provechosa segunda etapa de explotación comercial. Todo esto provocó que, pese que nunca estuvo previsto, «Los infiltrados» tenga su secuela. El mercado manda.
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De acuerdo con lo que trascendió esta semana en Hollywood, rumor del que se hizo eco el matutino «Los Angeles Times», el guionista William Monahan (también nominado al Oscar por su libreto) recibió el imperioso encargo de la Warner Bros., productora de la película, de ponerse a trabajar en la segunda parte de la película, que planteará una nueva historia y retomará algunos de sus personajes secundarios (sobre todo el de Marc Wahlberg, por otro lado uno de los pocos sobrevivientes al desfile de matanzas que hay en el film). Los puristas no deberían espantarse: el film modelo de «Los infiltrados», el coreano «Infernal affairs», tuvo no sólo una sino dos secuelas.
Monahan no ha puesto aún manos a la obra en la continuación del film de Scorsese, por lo cual es aventurado decir si su secuela también recreará alguna de las coreanas, o trazará una historia propia e independiente, con más libertad creativa.
Alan Mak y Felix Chong, los creadores de la película coreana,se vieron enfrentados al hipotético mismo dilema que ahora tendrá Monahan: cuando su primera parte se convirtió en un resonante éxito de taquilla y decidieron rodar una segunda parte, optaron por filmar una «precuela», ya que casi todos sus protagonistas morían en la primera parte. Esa precuela posibilitó que los estrellas centrales volvieran a aparecer en el film. De modo que, si la intención del estudio es volver a contar con Brad Pitt, Matt Damon y Jack Nicholson, el camino obligado no es otro que la precuela.
Sin embargo, según «Los Angeles Times», no sería ese el camino que se pretende, sino la confección de una segunda parte completamente distinta, en la que participaría el actor fetiche de Scorsese, Robert De Niro, a quien gran parte del público extrañó en «Los infiltrados» (muchos lo habrían querido a él en lugar de Nicholson). Si todo esto llegara a materializarse, Scorsese también concretaría otro hecho novedoso en su carrera, ya que él nunca, a diferencia de su colega Francis Ford Coppola, que filmó tres Padrinos, hizo nunca una continuación de una película suya. Esta decisión, obviamente, es de la Warner y no suya.
Mientras espera la noche de los Oscar y el fin de su leyenda negra (no recibir nunca un premio de la Academia), Scorsese está ocupado en tareas muy distintas a las de pensar en una secuela de «Los infiltrados». En estos momentos, está concluyendo la posproducción de su documental «Shine a Light», sobre la carrera de los Rolling Stones, y en su carpeta de trabajos inmediatos figuran otros dos largometrajes.
Uno de ellos es «The Rise Of Theodore Roosevelt», una película sobre los primeros años en la vida del 26° presidente de los Estados Unidos, que protagonizaría Leonardo Di Caprio, y el otro es «Silence», acerca de dos monjes portugueses jesuitas del siglo XVII, Sebastião Rodrigues y Francis Garpe, que viajan al aislado Japón de aquellos tiempos para ser testigos de las crueles persecuciones de los cristianos japoneses bajo el régimen de los Shogunes. El título alude, casi a la manera bergmaniana, al «silencio de Dios» ante el sufrimiento de sus hijos cristianos. Este último proyecto es uno de los que más seduce a Scorsese, aunque -desde luego si la Warner prefiere darle prioridad a la continuación de «Los infiltrados»-, tal vez deba continuar posponiéndolo.
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