Tom Wilkinson y Ewan McGregor, tramando el asesinato. Veinte años atrás, Martin Landau y Jerry Orbach lo hacían mucho mejor en «Crímenes y pecados».
«El sueño de Cassandra» (« Cassandra's Dream», Gran Bretaña-EE.UU., 2007; habl. en ingles). Drir.: W. Allen. Int.: C. Farrell, E. McGregor, T. Wilkinson, S. Hawkins y otros.
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Como si fuera víctima de un extraño sortilegio del tiempo, o -con más seguridad- como si no lograra advertir lo agotado de algunas de sus obsesiones dramáticas, Woody Allen parece estar filmando ahora, pasados los 70, no más que borradores de sus películas previas. «El sueño de Cassandra» podría ser el bosquejo de «Match Point», que a su vez era el bosquejo de «Crímenes y pecados». Un largo viaje del presente hacia el pasado.
A Allen siempre le costó descender del mundo de las ideas y las construcciones verbales a la tierra concreta de la acción cinematográfica. Pero, si en sus mejores películas ese desfasaje no siempre era evidente, en la última parte de su obra la fatiga es indisimulable. En «El sueño de Cassandra» casi no hay un personaje verosímil, sensación que en Inglaterra se vuelve aun más fuerte desde el momento en que Allen ubica su historia en un ambiente medio-bajo; es decir, filma con el mismo conocimiento de lugar y tipos humanos que tendría si rodara un remake de «Puente Alsina».
Los personajes de Ewan McGregor y Colin Farrell podrían ser primos segundos, vecinos, socios o cualquier cosa menos hermanos, como pretende el guión: en una línea que tardará un tiempo en ir desembocando en lo caín-abelesco, la intriga del film los enfrenta a un dilema del que Allen se vale para volver a poner en escena algunas de sus preocupaciones recurrentes: el crimen, la culpa, el castigo. Sólo que aquí, a diferencia de los films citados antes, la distancia entre esa metafísica y su encarnación dramática es insalvable. Menos aceptable aun es el pretexto detonante: cuando Terry (McGregor), jugador compulsivo, se encuentra en el trance de devolver 90.000 libras a unos prestamistas mafiosos, Ian (Farrell) hace causa común con él para obtener ese dinero. Así, recurren al «deus ex machina» salvador, el rico tío Howard (encarnado por el notable actor Tom Wilkinson), que está por llegar de Asia. Lo que menos esperan ambos (tampoco el espectador, y ni siquiera la lógica del guión) es que Howard promete darles ese dinero, pero a condición de que cometan un crimen: se quiere sacar de encima a una persona que podría develar lo turbio de algunos de sus negocios.
Si Hitchcock, en «Festín diabólico», planteó la hipótesis del crimen de laboratorio y logró una obra de cámara magistral, ceñida a unos pocos personajes en un único ambiente, Allen parece recorrer el camino inverso: se descubre su propósito de poner en escena un drama de conciencia, matizado a veces por un humor negro excesivamente sutil, pero lo único que termina quedando al desnudo es su laboratorio mental, alimentado por sus conocidas variaciones dostoievskianas, y que encarna en un elenco que parecería estar jugando a actuar sin demasiada convicción, como con ganas de sacarse de encima lo antes posible el compromiso de terminar la película.
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