17 de noviembre 2005 - 00:00

"El transportador 2"

«El transportador 2» logra entretener mucho más que el original con una trama descabellada que incluye secuestros de niños, asesinas sexópatas y conspiraciones diversas.
«El transportador 2» logra entretener mucho más que el original con una trama descabellada que incluye secuestros de niños, asesinas sexópatas y conspiraciones diversas.
«El transportador 2» (The Transporter 2, Francia/EE.UU., 2005, habl. en inglés). Dir: L. Leterrier. Int.: J. Statham, A. Gassman, A. Valletta, K. Nauta, M. Modine, J. Flemyng.

En su primera aparición como chofer de super accion, Jason Statham era un pesadísimo y muy profesional conductor de gente tan apurada como siniestra. Por la suma adecuada, este remisero cerraba los ojos a todo lo que no fuera la ruta que tenía por delante.

En «El transportador 2», el patovica sobre ruedas, pone la misma cara de tipo duro, sólo que su trabajo ahora consiste en ir a buscar a un niño al colegio. Pero, antes de que la cosa se ponga apta para todo público, aparece una asesina ninfómana tan ligera de ropas como pesada en armas de guerra, y queda claro que esto no es un thriller de acción que tenga mucho que ver con la película anterior. Es algo mucho más divertido: un delirio al mejor estilo de los policiales franceses de fines de los '60; esos que tenían a Belmondo o a Lino Ventura junto con alguna estrella anglosajona y, si bien planteaban una intriga policial, pronto degeneraban en happenings imposibles como los de «Fantomas vs Scotland Yard» o «El Cerebro».

En vez de quedarse en las medias tintas, el Luc Besson productor convirtió a «El transportador 2» en un descabellado placer culposo con destino de «cult movie». Este inesperado éxito de taquilla incluye secuestro de niños, virus sintéticos, antídotos humanos italianos (el hijo de Gassman, nada menos) asesinas sexópatas que modelan lencería erótica mientras masacran inocentes, policías tontos pero bonachones, conspiraciones colombianas, y hasta aviones fuera de control arrojados a la estratósfera en dementes homenajes a la saga de «¿Y donde esta el piloto?».

Los 87 minutos de duración logran que la trama tonta hasta lo vanguardista casi pase por un argumento típico de thriller pensado mas para la pantalla chica que otra cosa. Pero en el medio se filtran diálogos irónicos sin desperdicio, y los baratísimos efectos digitales se burlan de los artificiales dobles del Hollywood moderno sin dejar hacerle un guiño amable a glorias pasadas como los autos voladores conducidos por Roger Moore en «Vivir y dejar morir».

Con algún equivalente de Belmondo, el héroe seduciría a beldades como Kate Nauta (firme candidata a ícono sexy de la decada) e incluso hasta le permitirían un cambio de vestuario, y no que ande con el mismo traje y la misma corbatas baratos que luce durante todo el film, más alla de que corra, nade o vuele en medio de alucinantes explosiones multicolores.

D.C.

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