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18 de mayo 2006 - 00:00

Equívocos y hábil uso de prejuicios

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El poderío mundial de la Sony ha logrado lo que ni en sus años de gloria pudieron siquiera soñar las majors americanas: estrenar una película simultáneamente en todo el mundo, taponando de paso a la competencia, que ahora debe hacer cola para colocar sus productos cuando pueda. «El código...» se estrenó ayer en Francia y Bélgica, sale hoy en Alemania, Argentina, Australia, Bahrein, Bolivia, Croacia, Chile, China, los Emiratos Arabes, Grecia, Hong Kong, Hungría, Israel, Quatar, Perú y la República Checa, y mañana en Estados Unidos, Canadá y prácticamente el resto del mundo, salvo los países africanos y asiáticos más pobres y/o de mayor censura, muchos de los cuales son también los más reticentes a bromear con la religión.

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En cuanto a los diversos sectores cristianos occidentales que se consideran ofendidos, es muy interesante la propuesta de Barbara Nicolisi, directora del católico www.actoneprogram. com: «No conviene enojarse, porque es publicidad, ni tampoco polemizar, porque aunque ganemos la discusión los medios siempre manejarán el espacio de tal modo que también terminará siendo publicidad. Tampoco podemos boicotear, porque es contraproducente e inoperante. Simplemente vayamos a ver otra película. Que otra película también haga un buen porcentaje de taquilla (y con menos costos de lanzamiento). Esa es la única opinión que Hollywood reconoce». Desde otro ángulo, el historiador italiano Massimo Introvigne busca hacer entender las causas de la discordia, citando a Philip Jenkins, historiador y sociólogo estadounidense, quien observó que «el éxito de un producto tan mediocre no es más que una prueba de que el anti-catolicismo es el último prejuicio aceptable».

  • Algunas fuentes

  • Puede objetarse lo de mediocre. Para discutir lo otro, hay que ir al libro de Jenkins «The New Anti-Catholicism. The Last Aceptable Prejudice», Oxford University Press, 2003, aunque, por cierto, es evidente cómo la novela «El Código Da Vinci» resucita varios prejuicios protestantes, incluyendo eso de adjudicar a los católicos la exclusividad de la quema de brujas (tarea en que los protestantes no sólo coincidieron, sino que fueron aún más exhaustivos). La novela también comete, al parecer deliberadamente, ciertos errores de información, como decir que el Opus Dei es una orden monacal, cuando se trata de un organismo laico, o que el apóstol San Juan que aparece en «La última cena» es María Magdalena (si es así, el pobre apóstol quedó fuera del cuadro, se olvidaron de pintarlo).

    Sobre éste y otros equívocos pictóricos, geográficos, astronómicos, turísticos y, por supuesto, históricos del libro abunda www.wilkipedia.org, donde también hay un aparte dedicado al famoso Priorato de Sion, entelequia que ya supo figurar en diversas novelas, sobre todo en «L'or de Rennes», «Holy Grial, Holy Blood», y «El tesoro de los Templarios», germen, según algunos, de los libros de Brown. Es difícil conseguirlos, pero los libreros saben cómo rastrearlos.

    En cuanto al tan mentado matrimonio terreno de Jesucristo, es ilustrativo a la vez que regocijante el análisis de los Evangelios de Felipe y de María Magdalena que el teólogo santiagueño Ariel Alvarez Valdés publica en «Criterio» de mayo, en particular el capítulo «Los besos quién sabe dónde», algo que nadie sabe decir, porque el pergamino que alude a esa expansión de cariño del Maestro hacia su discípula está roto justo donde viene la parte más sabrosa (se trata de una obra escrita recién hacia el año 200 DC, y descubierta en 1896, integrando desde entonces lo que se da en llamar Evangelios Apócrifos).

    Difícil de conseguir también, pero muy bueno, «La última tentación de Cristo», de Nikos Kazantzakis, 1951, excomulgado de la Iglesia Ortodoxa Griega por lo que allí había escrito (y acaso también por las reflexiones que hizo en «Cristo de nuevo crucificado»). Tuvo suerte Dan Brown: nadie lo excomulga, gana millones, coproduce la película basada en su obra, lo que le hará ganar más millones, y al final terminará siendo un santo patrono de la lectura. Pero él supo a quién tomarle el pelo. Salman Rudshie escribió, comparativamente, unas inocentadas, y ahí anda perseguido a muerte y refugiado como un pobre desgraciado.

    P.S.

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