Kiefer Sutherland hace un tour de force al interpretar las situaciones más fantásticas en un
film donde hasta la música contribuye a generar una tensión, a veces insoportable.
«Espejos siniestros» («Mirrors», EE.UU., 2008, habl. en inglés) Dir.: A. Aja. Int.: K. Sutherland, P. Patton, C. Bryce, E. Gluck, A. Smart, M.B. Peil.
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Hay que tener cuidado con esta película de terror. Da miedo. Habría qye ver el film coreano de 2003 en el que se basa, pero de cualquier manera llama la atención el modo en el que el director francés Alexandre Aja («Alta tension») se las arregló para convertir una historia oriental en un perfecto relato de fantasmas neoyorquinos.
El prólogo ya es enervante, oscuro y siniestro, con un pobre tipo desesperado huyendo no se sabe bien de qué, hablándole a los espejos y degollándose por mandato de su imagen reflejada. El extraño suicidio no sólo sirve para poner en clima al espectador sino también para dar la pauta de que las cosas que va a experimentar el pobre Kiefer Sutherland en el resto de la película no son producto de su imaginación (el personaje es un ex detective que se pasó un buen tiempo en una clínica de rehabilitación para alcohólicos y está fuertemente medicado al momento de tomar un trabajo como guardia nocturno del edificio abandonado de una gran tienda donde un incendio provocó una masacre).
A cinco años del incendio que causó docenas de muertos y heridos, el lugar sigue siendo un caos y, curiosamente, lo único que se conserva en perfecto estado son los enormes espejos que rodean los salones interiores. «No los mires mucho», le dice como al pasar el guardián diurno que le explica los detalles del trabajo. Lo que no le dice es que los espejos se encargan solos de que se les preste la debida atención, y desde su primer noche de trabajo, el protagonista se ve inmerso en una pesadilla espantosa cuyos alcances pronto exceden los límites de su trabajo en la tienda abandonada para amenazarlo a él y a sus seres queridos en cualquier lugar donde existan reflejos.
El director juega volviendo cada vez más ominosos los rincones del de por sí siniestro edificio abandonado -todo un logro de la dirección de arte- y luego utiliza todo su talento para llevar esa sensación de horror a cualquer otro decorado luminoso y cotidiano, y por lo tanto provisto de espejos.
Hay un cliché del cine de terror que es ubicar en el tercer o cuarto acto una escena espantosa que pierde contundencia al demostrarse que sólo era una pesadilla que advierte de lo que vendrá más tarde. Acá esa escena aparece pero no como un sueño, sino como una situación que sucede realmente y que ya desde ese momento avisa de lo terrible del relato que se nos está contando.
El film no da tregua hasta el sorprendente final, está filmado con sutileza y eficacia en cada detalle y cuenta con un tour de force actoral de Kiefer Sutherland -también productor- para interpretar las situaciones más fantásticas, a veces interactuando con su propio reflejo.
La música merece una mención especial: el compositor español Javier Navarrete -el de films de terror como «El espinazo del diablo» y «El laberinto del Fauno»-, se revela aquí como un experto en generar tensión para llevar al espectador al clima buscado por el director incluso antes que las imágenes. Lo más curioso es el uso estremecedor, en una versión apropiadamente tensa, de una conocida melodía de Albeniz.
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