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9 de junio 2008 - 00:00

Favio: "Esta película es un salto al vacío"

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Leonardo Favio presentó su film-ballet «Aniceto», basado en su propio clásico de los 60. «Hacer algo distinto es fácil. Lo difícil es expresar todo lo que se ha vivido».
Difícilmente haya en otros lados un encuentro como el de Leonardo Favio con periodistas y colegas en la Escuela de Cine del Incaa: algunos hasta terminaron lagrimeando. «Ese milagro que casi siempre me acompaña», dijo el artista, mientras enunciaba su cosmogonía: «A mi izquierda llevo a la gente, a mi derecha la estética, y Dios en el centro».

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El tema era «Aniceto», su nueva película, nueva variante de un relato que ya antes había llevado al cine. «En el último cumpleaños de Niní Marshall, Lino Patalano me habló del 'Romance del Aniceto y la Francisca'. Cuando mencionan mis primeras obras, siempre me enrostran 'esas fueron las mejores'. Y bueno, respondo, me habré quedado ahí. Pero él me dijo otra cosa: '¿Nunca se te ocurrió hacer un ballet con ese tema?'. Gracias a Dios me gusta escuchar, más que hablar. Le pregunté ¿vos cómo lo harías? Llegué a casa, me puse a garabatear, y estuve siete años garabateando y molestando al compositor, Iván Wiszogrod», continuó Favio.

«Primero lo pensé para abrir un teatro tipo Caminito, algunos recordarán el Teatro Caminito, de ese ser maravilloso que fue Cecilio Madanes. Después sentí algo que me dictaba el corazón, rodar una película como casi toda mi vida había soñado, que no sé si es cine, eso de incorporar la danza, pero con la que logré algo que siempre estuvo dentro de mí: bocetar, apenas, apenitas, eso que le envidiaba a Kurosawa, la posibilidad de darle vida a las pinturas».

Así siguió: «Esta obra es como un salto al vacío. Es mi sentimiento, mi palpitación para hacer algo, no digo distinto, porque hacer algo distinto es fácil, sino para extraer todo aquello que has visto y que aprendiste durante tu vida, y querés reproducir».

El sueño necesitaba dinero. «Los productores me tienen miedo, no sé por qué. Soy un poco lento, pero después ganan. Tito Hurovich me lo dijo: con 'Juan Moreira' primero no sabía de dónde sacar plata, pero después no sabía en dónde más gastarla. Para el 'Aniceto', mi productor ejecutivo Javier Leoz me contactó con el Incaa, donde yo, por timidez, no me animaba a ir. Encontré la mejor colaboración, de los dos directores anteriores y de la directora actual. No quiero olvidar ese detalle. Hubieran podido darme un poco más, pero dejémoslo ahí. Así que la coproducción surgió del Instituto y de los magros ahorros de mi cancionero, ese palo santo al que recurro tantas veces».

Favio se deshace en elogios hacia sus colaboradores. «¿Cómo no los voy a tratar bien, si están trabajando para mis sueños? Además yo pido 10 y me dan 15. Me fui habituando a que su conocimiento del cine va más allá de mi percepción». Así habla del protagonista Hernán Piquin («cuando mira el reloj hace un movimiento de ceja que yo no sé si se lo hubiera podido marcar, o tal vez sí, pero no se me ocurrió»), de las partenaires Alejandra Baldoni y Natalia Pelayo, y, especialmente, de Iván Wyszogrod, que a su vez recuerda «yo tenía 19 años cuando empecé la música de 'Gatica'. Conocer a Favio fue casi como aprender a volar».

Los elogios también se extienden a cada técnico, «Chela, mi apoderada desde hace 30 años, que cuando estuve lejos se encargó de mi madre, y, desde hace 11, Muriel, que me lleva y conoce conmigo todos los sanatorios de Buenos Aires». Hay también un público pedido de disculpas centrado en el director de arte Andrés Echeveste: «Ese mezquino que también tengo en el corazón hizo que una vez no le diera el lugar que correspondía. Hoy, que estoy preparando el equipaje, lo reconozco». Y un agradecimiento especial, que la gente acompaña con un aplauso espontáneo, porque ya lo conoce, para « alguien más importante que una buena digestión, mi ángel de la guarda, Rodolfo Mórtola, que no tiene empacho en decirme 'esta escena es una porquería'. Una escena que estaba mal, del verbo mal, me dijo 'así arruinás la parte más bonita', me molestó, después me alejé, oré mucho, volví a escucharlo, y entonces filmé como él me decía y logré hacer la escena más bonita de la película» Mórtola es su asistente, coguionista, y colaborador artístico más cercano, tareas que antes realizó con Torre Nilsson y varios otros directores de renombre.

  • Realismo

    Alguien le cuestiona una fuerte escena con gallos de riña. En parte están trucados, pero Favio acepta esa violencia: «Duele. El dolor duele. Pero al menos esos gallos quedarán en la historia, parecen pinturas japonesas. A las gallinas las tienen 24 horas con luz, para que pongan huevos hasta de noche, y después les retuercen el pescuezo sin que nadie se entere. Además, los gallos hacen al paisaje, y a los personajes. Así era Luján de Cuyo, el rancho era así, y la dedicación con que cuidábamos el único traje que teníamos para ir al baile. Vivíamos así, casi. Esos personajes existían, y seguramente existen, porque la gente sigue naciendo, y enamorándose. Agradezco a Dios que haya dejado mi juventud, esa pasión irrefrenable, la fuerza incontenible de animalito, hoy puedo ver la belleza por la belleza misma».

    Satisfecho con su obra, todavía le queda afrontar el momento del estreno. «Tengo la mejor expectativa y respeto por el público que está incorporado en mí como sístole y diástole. El cine es un arte de convocatoria. Vamos a ver. Yo para la crítica no soy un intocable. Me han dado palo para que tenga. Recuerdo uno que rechazaba «Nazareno Cruz y el lobo» porque el protagonista usa jeans, y en cambio no cuestionaba que se transformara en lobo, y parecía una crítica muy sesuda. En cambio llegué a gozar del nivel de Héctor Grossi, un crítico de voz gruesa, que también trabajaba en Tribunales. Leer una nota suya era tan hermoso como ver la película, te castigara o no. Lo suyo nunca era muestra de envidia o rencor, sino análisis serio y comprensivo de lo que vos tenías en el corazón».

    La charla deriva hacia los festivales («temo competir, ya me han puesto K.O. un par de veces, si pierdo, va a ser mucho, y si gano, ¿qué gano?»), las escenas de sexo («No hay escenas de sexo, hay escenas de las más bellas del cine, que es mérito de los actores, medio inhibida ella, y caradura él»), y dos consejos a los estudiantes: «Comer muy livianito antes de irse a dormir» y ver detenidamente cada obra. «Yo iba al cine, cierto que ya no pagaba la entrada, estudiaba los diálogos de 'El ciudadano' o 'Los inundados', salía, me tomabaun café, y volvía al cine, ahora a concentrarme en los movimientos de cámara, y así cada aspecto. Ahora, con el dvd, es mucho más fácil. Si alguien no aprende, bueno, el que es burro es burro, o se equivocó de profesión».

    Favio se siente cómodo, y hasta bromea cuando alguna palabra no le sale («estoy empastillado»), pero alguien quiere volver sobre una expresión que tuvo esa misma tarde: «Hoy, que estoy preparando el equipaje». La respuesta es inmediata: «¿Yo dije eso? Ni lo pienso. Cuando vaya a suceder, voy a avisar con una semana de antelación». Más tarde agradece. «Gracias. Recontra muchísimas gracias». Y todos lo aplauden, pero nadie quiere irse.

    Paraná Sendrós
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