En este caso, los incestuosos son dos hermanos tardoadolescentes, aburridos, y caracúlicos (solo sonríen entre ellos, y no siempre), que no tienen otra cosa que hacer, ni tampoco sabrían hacerla, pero saben a quién echarle la culpa. Completan la familia un hermano también antipático casado con una española idem, probablemente hija de argentinos (que no aparecen porque, según referencia al pasar, quizá guarden mal recuerdo de «aquella época»), un padre débil entretenido en mirar el cielo por si pasa un satélite, pero siempre es un avión, una abuela criticona que por suerte vive en otro lado, y, sobre todo, una madre, que en verdad no completa la familia, sino más bien la abarca, diseña sus actividades (al parecer es diseñadora de interiores, o tiene ese hobby), critica a los de afuera, y sigue viendo a los hijos como si todavía fueran nenes consentidos y malhumorados en día de lluvia.
Hasta que un día, hacia el final de la película, realmente los ve. Curiosa inversión, al revés de la famosa escena (plato de picoanalistas) del hijo que ve a los padres en la cama, ahora la madre ve a los hijos. Y se desata algo rarísimo, una mezcla de tragedia griega en sordina con ridiculez bienuda, de encuadres apretados, de esos que cortan cabezas, mientras la mujer en vez de cortarles las cabezas a los transgresores, o darles unos esperados sopapos, grita sin articular palabras, se ahoga, los abraza, propone un brindis, y uno piensa que se volvió loca. En fin, ya desde el comienzo había unos datos como para sospecharle cierta endeblez mental detrás de su apariencia fuerte, por decirlo de un modo amable. Lo que pasa después, difícilmente se arregle con una terapia familiar, pero es bien redondito, bastante amargo.
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