Simenon fue muy hábil en la reproducción de ambientes y tipos urbanos, sus historias de crímenes y persecusiones policiales se desarrollan en un mundillo de bares, gente de pueblo y seres marginales. Pero, además, sondeó con extrema lucidez en el mundo interno de sus personajes otorgándoles una sutil visibilidad, aún tratándose de seres herméticos o casi mudos, como el señor Hire. Con su aspecto patético y esmirriado y una presencia tan opaca como silenciosa, este individuo (mezcla de Bartleby y personaje kafkiano) se convierte, de la noche a la mañana, en principal sospechoso de un crimen. La portera de su edificio desconfía de él y convence a la policía de su culpa. Pero Hire es inocente y acepta el pedido de auxilio de Alice, una empleada de lechería que sabe que todas las noches, mientras ella se desviste para ir a dormir, ese hombre anónimo la espía desde su ventana. Hire decide proteger a Alice -no develaremos los motivos-y se deja seducir por ella. Ese error hará que su ordenada vida se rompa en mil pedazos. Simenon deja entrever pocos datos del personaje: origen judío, infancia sin juegos ni alegría y una fugaz condena penitenciaria por vender literatura pornográfica. Poco a poco va surgiendo la certeza de que, en realidad, son los prejuicios los que hacen que este individuo tímido, escurridizo y de conducta inquietantemente silenciosa, pase de sospechoso a chivo expiatorio.
«La prometida del señor Hire» puede ser leída como una simple novela policial, pero su transfondo moral hace que todo el interés recaiga ya no en la víctima o en su asesino, sino en ese tercer individuo que -por «diferente»- termina siendo depositario de los rasgos más enfermizos de una sociedad hipócrita y perversa. La novela tuvo su versión cinematográfica («Monsieur Hire») en 1988, dirigida por Patrice Leconte y con Sandrine Bonnaire interpretando a la traicionera Alice.
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