17 de noviembre 2005 - 00:00

Idea original deriva en usual "love story"

KirstenDunst yOrlandoBloom:quizás,quizás,quizás...
Kirsten Dunst y Orlando Bloom: quizás, quizás, quizás...
«Todo sucede en Elizabethtown» («Elizabethtown», EE.UU., 2005; habl. en inglés). Dir. C. Crowe. Int.: O. Bloom, K. Dunst, S. Sarandon, A. Baldwin, B. McGill y otros.

Esta película, que pudo haber sido una original comedia negra sobre un gigantesco fiasco industrial, deriva en apenas otra modesta historia romántica, que sólo recurre a la hipótesis inicial para infiltrar la acostumbrada moraleja: «tú puedes sobreponerte a cualquier adversidad», etcétera.

«Todo sucede en Elizabethtown»
es autoayuda con estilo: la ya inconfundible marca Cameron Crowe («Jerry McGuire», «Vanilla Sky», «Casi famosos»), con su escritura cinematográfica rítmica y musical, depura los pasos del lugar común, aunque la excesiva duración del film, y su target demasiado localista, sobre todo en el largo tramo de la road movie final por la «

América profunda» y sus particularidades, a veces hacen desear que el desenlace llegue más rápido.

El comienzo, como se dijo, es muy prometedor: Drew (Orlando Bloom) es uno de esos jóvenes brillantes que, gracias al programa de becas para nuevos talentos de una multinacional del calzado, logra venderle a la empresa el diseño de un revolucionario modelo de zapatillas. El resultado es un fiasco de dimensiones catastróficas.

Alec Baldwin
, que viene superándose de film a film con sus papeles de personajes temibles, es el mandamás de esa compañía, y a quien le toca explicarle a Drew que, gracias a sus zapatillas, la firma perderá casi mil millones de dólares. Cabeza en alto, Drew repite a todos los que lo ven transitar por los pasillos de la empresa, como un condenado hacia el cadalso, «Estoy bien» («I'm fine!»). Quizá, Crowe jugó con ese recurso con la idea de reiterar el «Show me the money» de «Jerry McGuire», pero no siempre se gana.

La inesperada muerte de su padre en su pueblo natal, Elizabethtown, Indiana (es decir, un agujero del mundo aun en el primer mundo) lo obliga a viajar hacia allí. En vuelo, se produce su encuentro con Claire (Kirsten Dunst), y el inicio de la love story, llena de idas y venidas.

La película dura dos horas pero a los 45 minutos exactos parece haber empezado a terminar: el conflicto de inicio queda relegado al olvido, y todo el largo resto se sostiene sobre viñetas provincianas, algunas con gracia, otras no tanto, basadas casi todas ellas en los contrastes entre los pueblerinos y el protagonista, además por supuesto de los sucesivos avatares de la historia romántica. Lo mejor de esta parte: el número solista de Susan Sarandon, madre de Drew.

Finalmente, y aunque un poco menos que en otros casos,
«Elizabethtown» reitera la duda que deja una gran corriente del cine romántico norteamericano actual, que es la de definir personajes modernos, generacionalmente contemporáneos de la era pos-revolución sexual, pero que se comportan como en los tiempos del cine pre-Lolita Torres.

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