La muestra «La Magia de Miró» se compone de aguafuertes
y gouaches, litografías de los 60, dibujos-tinta de los 70 y
hasta la intervención sobre fotografía «Miró mirando a Miró»
Se exhibe en el Centro Cultural Borges «La Magia de Miró», exposición de dibujos y grabados, curada por Marisa Oropea y organizada por Monserrat Rosa Campillo, que se realiza con el auspicio de la Embajada de España en Buenos Aires, YPF y otras empresas.
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Sería ocioso resumir la biografía de este universal artista catalán representante de la esencia del arte moderno que abordó distintas disciplinas -pintura, escultura, cerámica-y que comenzó a fines de los años 20 a experimentar con la litografía y el grabado.
La muestra se compone de aguafuertes y gouaches, litografías de los 60, dibujos-tinta de los 70 y hasta una intervención sobre fotografía «Miró mirando a Miró» de 1983, año de su muerte. Las obras revelan a ese ser transgresor, que se corregía fríamente, implacable consigo mismo, que realizó purgas de sus obras llegando al extremo de tajearlas y quemarlas.
El trazo de Miró, creador de un universo que nos sumerge en la poesía y en lo onírico, procedía de un código secreto, también de la libertad, de la intención y de lo visceral. Vale la pena recordar algunos de sus comentarios cuando se disponía a pintar ya sea sentado en el suelo, subido a una escalera, o al colocar la tela sobre una mesa, lo que le importaba era el «shock» que lo inducía a ello. «En el instante en que comienzo a trabajar, los objetos pierden su significación. Es únicamente delante de la tela que me doy cuenta si esos 'shocks' poseen el poder mágico para hacer nacer en mí nuevas sensaciones de orden pictórico».
Trazos sin vacilación alguna,, a veces violentos, como por ejemplo «Le Cheval Ivre» (1964), litografía sobre papel, o una línea delgada, algunos puntos rojos, o salpicado de manchas azules, de una serie de gouache s/base litográfica/ papel; «Sin título», también de 1964, gestos espontáneos, que le permite hasta el final de sus días jugar con la ingenuidad.
Miró fue un anticonformista, estaba contra toda pulcritud estética, el público fuera de su país lo aceptaba, y entonces notaba que su espíritu contestatario se estaba adormilando.
Pintaba con el cuerpo; según Joan Punyet Miró, «hacía una suerte de transfusión de su ser hacia sus obras», y a los 84 años, pintaba con los dedos que luego limpiaba sobre su bata azul.
En cuanto a su pensamiento sobre el mercado del arte -en tiempos tan mercantilizados como los actuales-vale la pena un comentario de 1978: «Me doy el lujo de decir 'Merde!!' a aquellos que sólo ven el valor comercial en el arte, aquellos que afirman que sus pinturas valen una fortuna», y se enfurecía cuando se enteraba de que sus obras se habían puesto en venta a precios altísimos, sobre todo las de los años 20 y los 50.
Después de sus ejercicios matinales, una ducha fría, comidas frugales, ausencia de excesos, dedicaba una parte mínima de su tiempo a la frivolidad y ésta fue la causa del fin de su amistad con Dalí hacia los años 30. Si de transgresión se trata, fue uno de los primeros en usar objetos desechables que compraba en sus paseos por el Barrio Gótico de Barcelona, ya que consideraba que su superficie ofrecía una mayor riqueza que la tela blanca.
Dogmáticos
Conoció a Picasso en 1920 en París. En ese entonces también trata a Tristan Tzara, André Masson, Max Jacob, Paul Eluard, André Breton. La revista «La Révolution Socialiste» es la primera que publica sus obras, sin embargo, Miró los consideraba demasiado dogmáticos.
Exhibe junto a Picasso, Paul Klee, de Chirico, en fin, está en el paraíso de los modernistas, crea escenografías para «les ballets ruses», se codea con Kandinsky y con todas las estrellas del firmamento pictórico que hicieron época, recibió premios y expuso en los museos más importantes del mundo.
No es la primera vez que la obra de este gran artista se exhibe en Buenos Aires: «El Ultimo Sueño de Miró» (Palais de Glace, una colección procedente de la Fundación Pilar i Joan Miró a Mallorca, título que tiene que ver con «el estado del ser creador en el que se exterioriza una fuerza atacante». También se exhibió «Caminos de la Expresión», obras a partir de los años 60 en los que se inicia una gran transformación en su obra (Centro Cultural Borges).
Miró fue un artista de avanzada que jamás se sujetó a nada y que abordó temas como la tierra, el cielo, la mujer, el sexo, los pájaros, los astros y fue el que dijo: «Mirar un cuadro debería ser como recibir un puñetazo en la mandíbula».
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