La autora de «La leyenda del camello que llora» vuelve
a deleitar ahora con otra fábula que muestra una cultura
muy lejana para nosotros, sin idealizarla.
«La leyenda del perro amarillo» (Die Hohle der Gelben Hundes, Mongolia-Alemania. 2005, habl. en mongol). Guión y dir.: B. Davaa; Int.: B., N., B.D. y U. Batchuluum.
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No hay ningún perro amarillo en esta película. El que vemos es más bien blanco, digamos, lo blanco que puede ser un perro dedicado a vagar por los valles inmensos de Altai, entre cabras, ovejas, petisos crinudos, y niñas de piel dura, ropa extraña, risa llana, y temprana experiencia en las labores rurales. La mayor de las niñas lo encontró un día, y se lo llevó a la tienda, porque no tienen casa, tienen una tienda hecha con pieles, y una puerta sacada quién sabe de qué tapera. Pero el padre no quiso saber nada con el perro.
El padre tiene una moto, para ir cada tanto al pueblo. Un día trajo de regalo un caramelo para cada criatura, y un bol de plástico para la madre, que, como no conocía el plástico, lo puso al fuego. Son gente simple, ya se advierte. Nómadas, que van quedando pocos. Viven entre los cerros, bajo un cielo inmenso, y se dan maña para casi todo. Ricos, si se entiende el antiguo refrán español, previo a la sociedad de consumo, «rico no es el que más tiene, sino el que menos precisa».
Bueno, en este caso la niña sólo precisa tener al perro. El padre se niega, por una posible relación del perro con los lobos de la zona. Ahí es donde el animal tendrá que hacer méritos. Y donde la abuela cuenta la leyenda del título, porque hay una leyenda, aunque el título original más bien menciona una cueva. En verdad, tampoco hay una cueva, pero en cambio hay unas cuantas cosas cada vez más difíciles de ver y de entender para nosotros: una sociedad en armonía con la tierra, una familia de buen humor, que disfruta lo que tiene, criaturas que se divierten creando sus propios juguetes, una película simpática, simple, y sentida, para el niño que todos llevan dentro, para los niños que se quejan de llenos, para cualquiera que en el fondo del alma tiene añoranza o curiosidad de una vida distinta, que algunos todavía practican, en lugares lejanos, quién sabe si por mucho más tiempo. En eso, como en todo, la película es honrada. No idealiza, no eterniza. El mundo va cambiando. Autora, Byambasuren Davaa, una joven que ya nos deleitó años atrás con «La leyenda del camello que llora». Esta del perro es todavía más envolvente, y con mayores lucimientos de música y fotografía (rubro a cargo de los coproductores alemanes). La familia que vemos es una auténtica familia de pastores mongoles. No hay actores profesionales, ni falta que hacen en este caso. Ah, otra maravilla: tampoco hay efectos digitales.
Robert Flaherty, Robert Lamorisse, Jorge Prelorán, Byambasuren Davaa, qué hermosa línea media.
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