«La baba rosa», de 1986, un hilo conductor, una soga de rescate, en escenas de imaginería desbocada, donde las paredes estaban torcidas, las sillas parecían a punto de caerse, el suelo se tambaleaba, y los espejos no transmitían sino lo que querían («Interiores», «El espejo»); las formas humanas, sostenidas por esa baba rosa o aferradas a ella, oscilaban en medio de verdaderos decorados teatrales o circenses («Aquí estaba», «Castillos de frontera»), o aparecían trepados a escaleras, junto a platos enormes y ante barras o columnas estrafalarias («Homenaje a Soutine II»).
Dos años más tarde, presentó una serie de telas con el título de «Estigia Divina Manía». En esos óleos anidaban las nociones de lo infernal y lo divino, el ángel y el demonio; es el hombre, pero también es el arte; en el hombre y en el arte se da esa equivalencia terca, esa manía funesta y deliciosa.
En la serie «Historia de una pasión» (1989),
No parece casual que su muestra siguiente (1991) llevase por título «En el nombre del Padre». Si «Historia de una pasión» admitía el obvio antecedente de Cristo y sus últimas horas en Jerusalén gobernada entonces por los romanos, En el nombre del Padre aludía al padre bíblico. Las obras de
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