En “Pescar un elefante es para gente elegante”, de Judit Gutiérrez, el transatlántico reproduce la sociedad que lleva a bordo. En este crucero viajan Delfina, viuda millonaria de un almirante cuyas cenizas lleva en una urna. La acompañan su hermana y una amiga. Más tarde aparece una sospechosa médium cuya identidad posterior pronto descubrirá el espectador. La distribución de los pasajeros en distintas clases determina quién viaja por placer y quién aspira a confundirse con los privilegiados.
La farsa sitúa su acción en los años veinte, cuando una parte de la oligarquía porteña cruzaba periódicamente el Atlántico y podía imaginar que la prosperidad argentina financiaría sus gastos durante un tiempo indefinido: los años de la “manteca al techo” y de la “vaca atada”. Ambas expresiones, que pasaron al lenguaje popular, tienen su origen en esta época: los muy ricos llevaban su propia vaca, proveniente de sus campos, para tener leche fresca durante la travesía, de allí también lo de la “manteca al techo”.
La obra convierte esa riqueza en materia cómica. El barco es una prolongación de la estancia, el palacete, y Europa otra dependencia de la casa familiar. Los pasajeros de primera clase se mueven con la convicción de que el mundo fue organizado para servirlos y de que, debajo de la cubierta, siempre habrá alguien encargado de mantenerlo en funcionamiento.
La división interna del transatlántico permite que el comentario político adquiera una forma escénica. Los personajes pueden circular, disponer y mandar; otros permanecen confinados. La lucha de clases deja de ser una referencia exterior a la trama y determina quién tiene acceso a los camarotes y quién puede engañar a quién.
Las mujeres están deformadas, como en un esperpento, por la farsa, y el crucero se convierte en una caricatura de la Argentina agroexportadora. Los personajes conspiran, roban, mienten y se disfrazan. La sátira política avanza mediante esas acciones y evita la interrupción explicativa.
El mecanismo principal del engaño contiene una idea teatral especialmente fértil. La viuda, como se dijo, transporta en una urna las cenizas de su marido, un almirante. Una extraña médium se traviste en el muerto y simula su regreso como parte de un plan para cometer un atraco. El supuesto fantasma conserva el uniforme, la voz de mando y sigue imponiendo obediencia. El uniforme, la gestualidad militar y una voz bien impostada restablece la jerarquía. La escena se burla de la superstición, pero también de una clase educada para inclinarse ante ciertos símbolos sin comprobar qué esconde el disfraz.
El tono farsesco encuentra su principal apoyo en la decisión de escribir toda la obra en verso. En el teatro actual, fuera del repertorio clásico, esa elección implicaba un riesgo. Gutiérrez la utiliza como una fuente continua de velocidad, asociaciones imprevistas y remates. El resultado produce una mezcla bizarra entre Lope de Vega y el lunfardo porteño. Las cadencias del teatro del Siglo de Oro conviven con expresiones rioplatenses y palabras que parecen haber entrado por error en una comedia de capa y espada. La incongruencia es eficaz, ya que los personajes hablan con cierta solemnidad métrica mientras discuten una herencia y preparan una estafa.
La lengua adquiere así una cualidad física: empuja la acción, precipita los equívocos y conduce hacia el golpe verbal. El vocabulario impide que la estructura clásica suene arqueológica.
La dinámica e imaginativa dirección de Carlos Kaspar añade a esa maquinaria verbal una serie de recursos procedentes del slapstick. Golpes, tropiezos, persecuciones, desmayos e introducen una comicidad cercana a Los Tres Chiflados y al humor físico del cine mudo. El golpe completa la frase y la frase prepara el golpe. Esa coordinación impide que la representación quede encerrada en una recitación versificada y aporta un ritmo que la farsa necesita para acumular engaños.
El propio barco favorece ese lenguaje físico. Aunque el escenario permanezca inmóvil, los personajes parecen sometidos al balanceo, a la inestabilidad y a la amenaza de perder la posición que ocupan. Quienes pretenden preservar el decoro terminan empujados o golpeados.
Elsita Juri, Cristina Perez Pol, Patricia Pugliese y Ana Santiago enfrentan una doble exigencia: deben sostener la precisión del verso sin convertirlo en una declamación y, al mismo tiempo, entregar el cuerpo al mecanismo del disparate que exige la farsa. La caricatura se apoya en la lógica particular con la que cada personaje defiende sus deseos y privilegios. Al elenco se suma una participación especial de Francisco Carugati.
Carugati interpreta al marinero (personaje que Kaspar decidió incorporar durante los ensayos). Su presencia resuelve varios aspectos de la puesta. Recibe a los espectadores mientras entran, articula los distintos actos y realiza a la vista del público los cambios de escenografía. Es relator y tripulante. Su incorporación evita interrupciones y convierte los cambios de espacio en parte del espectáculo. También agrega un comentario político. Mientras las pasajeras discuten dinero, herencias y posiciones sociales, el marinero carga los objetos, modifica el escenario y prepara la escena siguiente. La división de clases planteada en el argumento se reproduce en el trabajo de la representación. Y, al recibir al público, el marinero transforma el ingreso a la sala en un embarque.
“Pescar un elefante es para gente elegante”, de Judit Gutiérrez. Dir.: Carlos Kaspar. Int.: Elsita Juri, Cristina Perez Pol, Patricia Pugliese, Ana Santiago, Francisco Carugati. Música: Hugo Perez Pol. Vestuario y escenografía: Ana Leza. (Espacio Kairós, sábados a las 18).