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28 de agosto 2006 - 00:00

La violencia articula admirable exposición

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«Dormí tranquilo» de Pablo Suárez, una figura de 1984 que yace en medio de la sala rodeada por otros personajes que luchan, mendigan o demuestran a las claras su terror al enfrentar el abismo.
En una exposición cuyo leitmotiv es la violencia, la galería Maman reúne en estos días los nombres de tres escultores fundamentales para la historia del arte argentino: Pablo Suárez, Norberto Gómez y Alberto Heredia. Si bien las obras de Suárez exhiben un dramatismo casi siempre moderado por el humor, la ironía y la parodia, los trabajos de Gómez y Heredia hablan de un modo brutal y exasperado sobra la violencia.

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Un Cristo con rasgos criollos de Suárez carga su cruz y abre una muestra dolorosa, vinculada al acontecer social y político de nuestro país. Los personajes populares del artista, sus inocentes y entrañables muchachotes de barrio, incapacitados para reaccionar ante la adversidad, han padecido siempre el destino irreversible que les deparó la suerte. Ahora, un morocho argentino abstraído en su sueño, «Dormí tranquilo», una figura de 1984 que yace en medio de la sala rodeada por otros personajes que luchan, mendigan o demuestran a las claras su terror al enfrentar el abismo, puede verse como una advertencia, como metáfora de la indolencia. Suárez murió en mayo de este año y, con su incomparable estilo, en «El escaso margen», su última muestra en Mamán, desnudó las secuelas que dejó ese tornado que fue la crisis de 2001. «Trabajo con lo que veo en la plaza Constitución, con gente que es capaz de cualquier cosa con tal de sacarte una moneda», señalaba el artista al hablar de obras como « Dudas en la cornisa» o «El desproporcionado esfuerzo de llevar el pan a la mesa».

Las ya célebres esculturas de Gómez, fechadas entre fines de los años 70 y principios los 80, delatan las forma del horror. Sin atenuantes. Con resina poliéster coloreada y un oficio admirable, el artista modeló durante el período de la dictadura militar, huesos desollados, cuerpos mutilados y martirizados, una «Parrilla» de tripas humanas retorcidas y vísceras anudadas que revelan los espasmos y el temblor del miedo.

«La Parca», una aberrante figura que se levanta sobre un pedestal con los despojos de un cuerpo bajo su garra, tiene el formato de un monumento. Desde los tiempos prehistóricos los monumentos se han erigido con espíritu testimonial, expresan la intención de dejar un mensaje a las generaciones venideras, y el desgarrado grupo escultórico resuena como un gesto desesperado del artista para prevenir el olvido. Sin embargo, el gran talento de Gómez queda en evidencia al ver el conjunto de su obra.

Causa asombro su capacidad para retratar de modo sostenido el horror, sentimiento que se resiste a ser representado en las bellas artes, pues son escasas en la historia las obras que alcanzan a enfatizar el drama. En este sentido, las referencias ineludibles son «Los desastres de la guerra» de Goya y el «Guernica» de Picasso. Pero, en rigor, y a pesar de toda su genialidad, Picasso no pudo transponer en las imágenes de «Masacre en Corea» (un cuadro menor de 1951), esa gran hazaña sobre el horror de la guerra que había pintado en 1937.

La muestra también exhibe parte de la ya famosa serie de «Cajas de Camembert» que Heredia presentó en París. Se trata de «Las tres gracias» de 1964, una obra de tono surrealista realizada con materiales de deshecho. En sus diversas series, tanto la de los « Engendros» como la dedicada a «las lenguas» y los « amordazamientos», Heredia exhibe una intensidad que por momentos resulta perturbadora, su trabajo es una denuncia de la censura política y la violencia.

En este sentido, la obra que le brindó celebridad es «Ricky y el pájaro» de 1976, una retorcida figura humana con cabeza de ave de dos metros de altura que parece estar en carne viva, vendada con unos trapos rojos y calzada con altas botas de cuero también rojo,

una de las expresiones más valientes de nuestro medio artístico que acaba de ser donada al Museo de Arte Moderno. En suma, se trata de una exposición que lastima, porque su común denominador es la violencia de nuestra historia. Un excelente catálogo reproduce todas las obras, y está acompañado por los textos críticos de Patricia Pacino, Raúl Santana, María Teresa Costantín y Eduardo Díaz Hermelo.

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