Bueno, es que en esto hay una cuestión de fondo. De un modo alusivo, la película parece deslizar opinión precisamente sobre los adeptos a cierto voyeurismo plasmático tan frecuente y hasta natural en el conjunto de la sociedad. Se señala especialmente a quienes tienen la morbosa costumbre de contemplar lo que le pasa a la víctima, en cualquier circunstancia pública, sin ayudarla. Y se quedan después mirando el cadáver, con cara de «así son las cosas», o «yo sabía que esto iba a pasar, mirá que asqueroso que quedó el finadito». Y terminan saliendo en la foto, medio al fondo, mezclados con los asesinos y sus cómplices y amigos, que, por cierto, lucen una cara cínicamente mas alegre.
¿Pero quienes son esos chusmas estorbosos, que ni sufren ni gozan, y tienen que estar siempre ahí, sólo para mirar?. En esta historia, un cura le señala a su obispo que el perfil de esos rostros es siempre el mismo, tanto en la foto de unos europeos tras una matanza nazi, o unos sureños junto al cuerpo colgado y quemado de un negro, como en la pintura renacentista de una batalla, o el oculto bajorrelieve puesto justo frente a una crucifixión, en un lugar también oculto de la tierra.
Ahí ya estamos, claro, en el costadito fantástico de la película, que supone una especie de maldición bíblica a los tibios que fueron a ver el calvario de Cristo nada más que por ir a verlo, y desde entonces están condenados a vislumbrar dónde habrá una muerte violenta para ir con su cara de velorio anticipado, a ver si alguna vez alguno de ellos se conmueve por algo.
El resto, es casi lo de siempre, y casi siempre predecible.
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