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9 de mayo 2007 - 00:00

"Luché siempre contra los estalinistas... y los malos actores"

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Francesco Maselli: escribió «El jeque blanco», de Fellini; actuó para él asistió a Visconti y a Antonioni, e «inventó» a Virna Lisi y otras actrices.
Aunque no se ubique rápidamente su nombre, su rostro fue muy familiar en la pantalla europea, y en especial en el cine de Federico Fellini. Fue Swineherd en «El nombre de la rosa», fue el profesor Bontempi en «Amarcord» y el guardián del rinoceronte de «E la nave va». Se trata del viejo luchador de la cultura italiana, apreciado realizador triunfante en Cannes, Venecia, y Mar del Plata, 30 años presidente de la asociación de autores cinematográficos, y, además, creador de Virna Lisi, el divertido Francesco Maselli, que ha venido brevemente para presentar una retrospectiva en el Festival Derhumalc. Dialogamos con él, interrumpidos por continuas llamadas de sus colegas, desde Roma.

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Francesco Maselli: Disculpe, es que estamos discutiendo dramáticamente la nueva ley de cine, que el gobierno decidió sin consultar a nadie. Ahora el ministro dice que nos tendrá en cuenta. Es un momento difícil, pero saldremos.

Periodista: ¿Con 77 años sigue peleando?

F.M.: Esto no es nada comparado con otra época, cuando reformamos la RAI junto a Cesare Zavattini, Sergio Amidei, Gillo Pontecorvo, y, a veces, también Pasolini.

Entonces Zavattini ya era un venerable. En las manifestaciones, la policía lo llevaba al celular como si fuera al trono, y a nosotros nos daba palo y nos llevaba a la rastra, aunque viniéramos de ganar en Cannes.

P.: Usted empezó filmando con él un episodio de «L'amore in cittá».

F.M.: Fue mi primera ficción, «Storia de Caterina». Luego me ayudó en otros dos films, pero éramos diversos. Yo estaba más por la psicología, y él por la denuncia. Antes filmé una docena de cortos documentales de tono poético, y fui asistente de Michelangelo Antonioni y Luchino Visconti.

P.: También escribió, sin figurar en títulos, el argumento de «El jeque blanco», de Federico Fellini, con Alberto Sordi.

F.M.: Hice tantas cosas sin figurar en títulos. Por ejemplo, colaboré amistosamente en el rodaje de «Senso», de Visconti. Quien perdió la amistad con el primer actor, Farley Granger, que un día se negó a aprender un diálogo en pocas horas, y se volvió a Norteamérica. ¿Vio que al final se lo ve de lejos? Es un doble. ¡Pero qué final! Visconti me ayudó mucho. A mi corto «Ombrellai» ( fabricantes de sombrillas) lo declaró un capolavoro, y también declaró públicamente que yo era el único capaz de hacer el episodio de «La terra trema» que él dejó inconcluso. Además me ayudó con las finanzas de mi primer largo, «Gli sbandati» (los desbandados), que rodamos parcialmente en Villa Toscanini, es decir, la casa del maestro Arturo Toscanini.

P.: ¿Es cierto que Lucía Bosé trabajó gratis para esa película?

F.M.: Como leyenda, es totalmente cierto. Pero después, cuando pudimos respirar, le pagamos la mitad del cachet. Por su papel de simple obrera estuvieron a punto de darle el primer premio en Venecia. Si no ganó, es porque descubrieron que estaba doblada. Tres meses después se casó con el famoso torero Dominguín. ¡Qué tipo estúpido! «Si la hubiera visto antes vestida de pobre, no me casaba», dijo. Porque le fascinaba la elegancia de ella.

P.: Y usted la hizo vestirse mal. También hizo llorar y reír como loca a Virna Lisi.

F.M.: A Virna Lisi y a Valeria Golino las he creado yo. Virna tenía solo 17 años, apenas había hecho de partiquina, cuando le di su primer protagónico en «La mujer del día», un papel muy dramático que hizo muy bien. Luego se convirtió en símbolo sexual, y ganó más que nadie. Como mi amigo, el actor de reparto Mario Girotti, que aparece en «Il gattopardo», muere en «Gli Sbandati», y resucita años después convertido en el vaquero cómico Terence Hill. Con ese personaje se hizo millonario.

P.: Usted hizo lucir a Rod Steiger, Rock Hudson, Gian Maria Volonté, y varios otros, pero, sobre todo, es considerado un gran director de mujeres.

F.M.: A más de las antedichas, fue un gusto trabajar con Claudia Cardinale (al comienzo ella todavía ignoraba el italiano), Haya Harareet, Shelley Winters, Betsy Blair, Monica Vitti, Annie Girardot, Ornella Muti (hicimos una variante de «La voz humana»), y dos veces con Nastassia Kinski.

P.: ¿Y Paulette Goddard?

F.M.:
Ah, una cara extraordinaria, hermoso cuerpo, gran inteligencia, encanto francés, muy buen gusto para elegir marido (Chaplin, Erich María Remarque), pero una actriz muy limitada, y ella misma lo sabía. Me preguntaba cómo pudo actuar tan maravillosamenteen «Tiempos modernos», hasta que una vez me contó «Sabes, ¡Chaplin me daba cada bofetada, hasta que salía la toma correcta!». Y yo pensaba «cuánta razón tenía Carlitos».

P.: En un documental Virna Lisi cuenta que usted también le dio algunos bifes, para que llorara debidamente.

F.M.: Y... yo entonces era muy autoritario. Pero luego pasé a elaborar los papeles con las actrices de otra manera.

P.: Pasando a otro tema. ¿Cuál considera su mejor película?

F.M.: Desde hace diez años, «Cronaca dal terzo millennio», donde los habitantes de un palazzo que debe ser demolido, todos inmigrantes y marginales, se unen para salvarlo, creando una imprevista actividad productiva, pero en negro. Surge entonces una nueva sociedad, con esa cosa noble de la unión y la solidaridad, pero también con lo peor del capitalismo, que es la explotación de los más débiles y menos avivados. Un reflejo del mundo actual.

P.: ¿Y su próxima obra?

F.M:
Una nueva crítica de la izquierda actual. Soy izquierdista activo desde los 14 años, cuando entré a la Resistencia durante la guerra (llevaba armas, panfletos, etc.), he tenido larguísimas discusiones dentro del viejo PCI, creí en el eurocomunismo (bellísima tercera vía ideada por Berlinguer para alejarnos del stalinismo, lástimaque la bloqueó el PC francés, que era muy sectario), reclamé cada vez que los buenos proyectos electorales encontraban tantas diversas interpretaciones que después no se concretaba nada.

P.: Lo señala Luciano Salce, en su sátira «Golpe de Estado»: si el PC llega a ganar, renuncia.

F.M.: Fue incómodo, pero dijo una verdad. En 1970 hice «Carta abierta a un vespertino», que tuvo gran éxito y muchas polémicas, recopiladas luego en un libro. «L'Unitá» publicó un gran artículo en contra de mí, pero el día antes me llamó su director: 'Te aviso que mañana te atacaremos a fondo, pero, vista tu trayectoria,tendrás derecho a una réplicadel mismo espacio'. Al final me publicaron una del doble de espacio. El PCI era, no digo democrático, pero aceptaba las discusiones internas. Tras eso, realicé «El sospechoso», una historia de cuando en 1934 los dirigentes del Partido usaron como carnada a un simple obrero, para encontrar al espía fascista que se les había infiltrado. Critico la mentalidad estalinista, donde todos eran sospechosos, y también elogio el idealismo y la lealtad del simple militante. Se me tiraron encima, pero Luigi Longo, el secretario general, me defendió. «Tengamos el coraje de criticarnos», dijo. El prurito del PCI es que yo era un histórico, y además era sobrino de Luigi Pirandello, lo que me hacía un privilegiado, como Andrei Tarkovski, que al comienzo lo toleraron solo por ser hijo de un famoso poeta socialista.

P.: Así que usted era sobrino de Pirandello.

F.M.: Sobrino lejano, pero ahijado favorito. Vivían las familias juntas, y los chicos jugábamos en su estudio mientras él escribía sus páginas inmortales. Un día mis primitos estaban preparando una versión de «Hamlet» para niños, y como yo era chiquito no me dejaban actuar. «Zitto, tu devi lavorare», me dijo imperativamente, ante los demás chicos. Así que hice de Polonio muerto, y otros rellenos. Y desde entonces, debo lavorare. Es un imperativo que me viene desde la infancia.

Entrevista de Paraná Sendrós

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