7 de febrero 2001 - 00:00
Martel: "Es muy rara la lista de la competencia"
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Lucrecia Martel: La última vez fue en 1988, cuando el jujeño Miguel Pereira ganó el Oso de Plata con «La deuda interna». Yo soy salteña. ¿Será que a los alemanes les gustan los norteños? Lo concreto es que tiempo atrás vino un especialista, Wilhelm Speck, a elegir películas argentinas para las distintas secciones del festival. No quise charlar entonces con él, para no parecerle cargosa. Cuando se fue, yo ni sabía qué le había parecido mi película. Hasta que llamó, meses después, avisando que la habían elegido para la sección oficial. Ahora, no sé bien con qué criterios la eligieron. Vi la lista de la competencia, y es muy rara. Por un lado está el bloque de producciones norteamericanas, que cada año es más grande en Berlín, porque asegura el show business. Por otro lado están los europeos, cada uno con tres o cuatro películas en su haber. Y al final, otros, que supongo que mostrarán obras como la mía en cuanto a producción (800.000 dólares), experiencia autoral (es mi primer largometraje), procedencia lejana, etcétera. Lo bueno es que ya tenemos una vendedora internacional, Christa Saredi, de Orfeo Films, la misma que descubrió a Jim Jarmush y que colocó «La celebración» en todo el mundo. Aunque Lita Stantic, mi productora, tiene tremenda experiencia en festivales, está bueno que alguien de allá se ocupe de la parte comercial, porque nosotros somos sapo de otro pozo, y además esa mujer se enamoró de la película en forma increíble.
Periodista: Ya cuando era apenas un proyecto, los del Sundance Festival le dieron el premio al mejor guión. ¿Qué provoca tanto enamoramiento?
L.M.: Sólo podría repetir lo que me han dicho, porque mi relación con mis películas siempre es distinta de la de los espectadores. Le digo, es una relación bastante negativa. Por ejemplo, cinco años después de haberlo hecho, volví a mirar mi cortometraje «Rey Muerto» y aguanté hasta la mitad. Siempre sufro, me digo «ay, Dios mío, cómo pude hacer esto»; en fin, pero por suerte hace dos semanas tuve que chequear la copia de «La ciénaga» que va a Berlín, y por primera vez la vi sin estar moviéndome de un lado para otro, ni pateando el asiento.
Goce y tortura
P.: Sorprendió entonces el nervio impresionante de ese corto, y más cuando veían que lo hizo una mujer.
L.M.: Ese nervio me gusta más cómo está en «La ciénaga», porque sin ser tan obvio resulta más tenso. Y la tensión viene porque a lo largo de la historia no tenés ninguna seguridad acerca de nada, ni de los lazos entre los personajes, ni de lo que va a pasar. La Ciénaga es una ciudad a 90 kilómetros de Rey Muerto, y ahí cerca está la finca de mi película, La Mandrágora, en alusión a una planta que se usaba como sedante. Pero además una ciénaga es un lugar anegado, caliente, lleno de alimañas. La intención es acercarnos lentamente a esa vida minúscula que se descubre apenas se empieza a revolver con un palo... En ambos casos escribí cosas que había visto, que de algún modo había vivido. En el corto, con una estructura superclásica de western, aunque ocasionalmente enrarecida. Y en el largo, tratando que el uso del montaje sea exactamente como las manifestaciones de la memoria. Me explico. Uno nunca recuerda absolutamente todo en forma lineal y cronológica, sino que recuerda algunos detalles dispersos, y a veces el hilo que une los fragmentos nada tiene que ver con los acontecimientos que se narran. Otras veces tenemos muchas lagunas, eso de quedar tildados en un pensamiento mientras alrededor la vida sigue, y cuando reaccionás el marco cambió, y no recordás cómo fue la transición. Todo eso es lo que da cierto nervio. Además, tuve en cuenta que el espectador tiene cierto ritmo fisiológico interno, que uno debe manejar a través del sonido y el montaje. Eso lo hacen mucho los americanos, pero prescinden de ciertos momentos importantes, por ejemplo los de la espera. Entonces, el éxtasis que produce ir de acción en acción termina generando sentimientos superficiales.
P.: Usted procuró ahondar en los sentimientos.
L.M.: Voy aprendiendo. El mecanismo de la memoria es algo sumamente interesante. Creo que una de las recomendaciones del Código Salmatiense es que, al fin de la noche, repases todas las acciones del día. Desde muy chica hice ese ejercicio, hasta volverlo un hábito: tratar de no pasar las cosas por alto, recordarlas para el futuro. Eso me ha dado una tremenda memoria de situaciones. Lo digo sin pudor, porque no es un talento, sino algo que he conseguido con esfuerzo. Aparte, es como una resistencia contra una educación agresiva e impiadosa que exige olvidar. Es así, nos dan un cúmulo de hechos tontos, impidiéndonos reflexionar y relacionar lo importante. Lo mismo a nivel filosófico. Un esfuerzo enorme para que uno olvide el mar de lágrimas sobre el que está asentado.
P.: ¿Y después de Berlín, qué?
P.: Es decir, José Ingenieros, Luis María Drago...
L.M.: Personas de mucha acción y enorme inteligencia que, cualquiera sea el tema de que estuvieran hablando, siempre mostraban una conciencia y una claridad filosófica notables. El tema me resultó atractivo, esa generación de argentinos reconocidos en Europa. ¿Sabía que Drago tiene un libro de edición italiana, «El hombre de empresa», con prólogo de Lombroso? Estamos hablando de un hombre terrible, pero que en su momento marcó a toda una generación de científicos. Y ese hombre les prestaba atención a los profesionales argentinos.




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