«En mi novela enfrento la corrección política que considera
a los niños buenísimos y son malísimos, como todos sabemos», comenta la escritora Carmen Posadas.
La uruguaya Carmen Posadas, que reside desde hace 40 años, desde los 12 años, en Madrid, ha logrado instalarse entre los escritores de lengua española de éxito internacional. El semanario «Nesweek» la considera una de las novelistas latinoamericanas más importantes de su generación. «New York Times» destaca su «escritura maravillosamente trabajada». Carmen Posadas visitó la Argentina para presentar su nueva novela, «Juego de niños», dialogamos con ella.
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Periodista: ¿Ahora se dedica a los «juegos de niños»?
Carmen Posadas: Como he escrito mucho para niños, me divirtió usar esa parte del oficio para hacer una historia pero, ésta vez, de niños malos. Quería tratar el tema de la maldad, pero no la de psicópatas, que está de moda en las películas y ya todo el mundo está aburrido con ese tipo de personajes, sino sobre la maldad de los cuerdos. Y, para hablar de la maldad, tenía que hablar de los niños necesariamente, porque ahora todos tenemos una idea muy Disney de lo que es la infancia, pero apenas uno recuerde la propia infancia comprenderá que los niños son malísimos.
P.: Enfrenta, la «corrección política».
C.P.: La corrección política es un desastre. Lo que consigue es que todo el mundo barra debajo de la alfombra lo que no le gusta. Expande ideas absurdas, como que los niños son buenísimos, adorables y encantadores. Es la resaca de la educación de los '60, que pasó de «la letra con sangre entra» y de castigar a los niños a que a los niños no se los puede castigar, a « pobrecito, niño, se va a traumar». La disciplina pasó a ser una mala palabra. El resultado es que a los niños si nos se los educa desde chicos, cuando uno se quiere dar cuenta se tiene un delincuente juvenil o un niño eterno.
P.: ¿Qué género eligió para su novela?
C.P.: La parodia de un thriller, que como género no me interesa pero que permite acceder a dos tipos de lector: uno que sólo quiere pasar un buen rato y averiguar quien es el asesino, y otro que entiende los guiños literarios, la alusiones y tiene una cierta complicidad, que es el que a mi me interesa, para el que yo escribo.
P.: ¿Por qué es la parodia de un thriller?
C.P.: Porque no hay detective, el detective es el lector, al que le dejo todas las pistas para que descubra qué pasa.
P.: ¿Qué cuenta en «Juego de niños»?
C.P.: De una mujer que está escribiendo una novela de suspenso y comienza a pensar que lo que ocurre en su novela tiene que ver con la infancia de su hija y con algo que ocurrió en su pasado. Me divierten mucho las novelas especulares, aquellas donde juega la casualidad. Hay dos postulados que yo utilizo, mezclándolos con un tercero. Borges decía que «al destino le gustan las simetrías y los leves anacronismos». Shakespeare, todo los contrario: «la vida es la historia contada por un loco lleno de ruido y furia que no significa nada». ¿Cuál tiene razón? A ellos contrapongo la teoría del gran filósofo Julio Iglesias, que dice que «en la vida todo es a veces sí, a veces no, a veces tu, a veces yo» (ríe).
P.: En «Juego de niños» desnuda el oficio de escritor.
C.P.: Decidí hacer una traición al gremio de los escritores. Los escritores nunca explican como escriben, son como los cocineros que nunca dan su receta, y yo en esta novela doy todas las recetas.
P.: ¿Por qué en el final realiza un homenaje a Cortázar?
C.P.: Me costó el final, no le encontraba la vuelta. Soy de los escritores ciegos, de los que no tienen la más remota idea de lo que va a pasar. En «Juego de niños» digo que hay escritores ciegos y escritores cojos. Cojos son los que saben todo lo que tienen que hacer, necesitan como muletas esquemas de todos los capítulos, saber la frase con la que va a acabar el libro. Los escritores ciegos son los que no tienen la menor idea de lo que pasa. Yo lo único que sabia era que quería tratara de una mujer que piensa que lo que ocurre en su libro está pasando en la vida de su hija. Cuando van apareciendo los personajes los escucho a ver cómo hablan, y me doy cuenta que he retratado personas que existen hoy día en España, con la inmensa transformación que ha vivido ésta sociedad.
P.:¿Estaba «ciega» sobre como concluir la novela?
C.P.: Tenía tres finales distintos y ninguno me convencía. Elegí hacer un truco, que no pienso contar y cuando lo leyó una amiga, me dijo: «éste es el cuento de Cortázar». No me había dado cuenta. Usé un recurso que creía haber inventado y estaba en Cortázar. Por eso ese capítulo lleva el titulo del cuento de Cortázar. Hoy a eso no se le dice plagio, se le llama intertexto, se dice que es un homenaje. En el fondo es un juego de niños más del libro, y a Cortázar, le gustaban los juegos.
P.: ¿Por qué dice que sus personajes revelan la transformación de la sociedad española?
C.P.: Por ejemplo, aparece una mujer que tiene una hija que está en lo que llama «un viaje de apareamiento». hasta hace muy poco en España tener un hijo siendo madre soltera era producto de un patinazo, nunca de una decisión voluntaria. Era «un lamentable error». Hoy una mujer que llega a los 40 y no tiene hijos, posiblemente decida tener un hijo soltera. Al final del libro trato de la maternidad tardía, de los amores tardíos. Siempre llamó la atención que Stendhal en «Rojo y Negro», diga: «Madame de Renal tenía 30 años y aún era bastante bella». ¡Con 30 años! Ahora ese mismo comentario se podría hacer de una mujer de 50 o de 60. Hemos ganado casi 30 años de juventud, es algo nuevo, y esas situaciones nuevas me interesa ponerlas en juego pero no como un librito new age, para decir: ¡qué bueno, ahora somos 30 años más jóvenes!, sino con sus luces y sus sombras, porque todas esas cosas tienen su parte buena, pero tambien su precio.
P.: ¿Qué ocurre con las películas que se iban de sus novelas?
C.P.: La de «La Bella Otero » ya está, ¡5 años produciéndola! Cobré 4 veces, lo que es muy agradable. La hace Endemol, una superproductora, en setiembre se comienza a filmar. Tienen una actriz que me parece perfecta, por cábala, no voy a decir su nombre. Por otra parte, he vendido los derechos de « Pequeñas infamias» dos veces, pero aún no se ha hecho. El mundo del cine es complicadísimo. De «La bella Otero» no quise hacer el guión porque, así como el escritor es un dios, el guionista es el último mono, le cambian todo, le tergiversan todo.
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