Pero no es las nostalgias de las calenturientas fantasías ideológicas lo que atrapa a Watanabe en una trama de recuerdos sino el recorrido que entre los 17 y los 20 años lo llevará a pasar a la adultez, tras haber conocido el amor, la exclusión, la sexualidad, el duelo de una pérdida, la experiencia del dolor emocional. Los fantasmas que reaparecen, provocándole su melancólico desasosiego son los de Naoko, una muchacha inestable y turbulenta acosada por la locura, y Midori, con quien descubre los avatares de todo idilio. Esas, entre muchas otras figuras que se convierten en emblemas de su pasado (como aquella pareja de amigos que se suicidó), lo llevan a ir revisando las etapas de su «rito de pasaje» a la madurez, los años de «la educación sentimental», del descubrimiento de las variantes del erotismo, del conocimiento de la felicidad y de la infelicidad, de la pasión y del desprecio («me llena de una tristeza insoportable, Naoko jamás me amó»), de aprender a tolerar las frustraciones, de la insensatez que en el fondo aparece ligada al miedo de vivir y que permite, curiosamente, descubrir la fragilidad de la existencia humana. Esta novela, que cuando apareció en 1987 vendió en Japón tres millones de ejemplares, convirtió al autor de «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» en un narrador de culto, fundamentalmente, entre los jóvenes. Y si bien los críticos descubren en «Tokio Blues» relaciones con libros de Thoman Mann, Scott Fitzgerald, Paul Auster o Raymond Carver, los lectores jóvenes encuentran otros códigos en común: la música pop, la series de televisión, los comics, la cultura urbana, los best sellers, la música de jazz, las películas de terror, y todas las marcas que señalan la desterritorialización y la mundialización. Hay en ésta historia hasta ese margen de previsibilidad, de saber lo que va a ocurrir, que la relaciona claramente con la técnica de las telenovelas. (El autor ha señalado que sólo intentó contar «cosas bastante naturales y sencillas»). Afortunadamente, otra técnica nos devuelve a la literatura. Murakami logra que la voz del personaje se convierta en la voz del lector, provoca una fascinación por su elemental aventura que lleva a no poder desprenderse de su historia.
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