La “radiografía transversal, que con agudeza escarba en el deseo y las ambiciones de una mujer actual que lo tiene todo, pero se siente desencantada” tras un quiebre que la pone en crisis, hizo que se otorgara el Premio Tusquets de Novela 2023 a Silvia Hidalgo por “Nada que decir” (Tusquets). Hidalgo es ingeniera informática y ha publicado las novelas “Dejarse flequillo” y “Yo, mentiría”. Desde Sevilla dialogó con Ámbito.
Periodista: ¿Usted trazó el retrato de una mujer que revisa su vida?
Silvia Hidalgo: No es un retrato, es la novela emocional del enfado de una mujer que se encuentra ante el desarraigo, la soledad, el despecho. Y es una radiografía de cómo el momento actual afecta a la mujer.
P.: ¿El enojo de la protagonista es para ocultar su tristeza?
S.H.: La tristeza es un estado inactivo, el enfado lleva a hablar, gesticular, moverse, confrontar, es una forma de tristeza más activa, comprensible y humana. No se calma con un relájate, estás muy nerviosa. Ha pretendido hacer las cosas como se esperaba de ella. Ha ido arando el camino que pensaba que era el del éxito, el de sus sueños. Y ni tal éxito ni el de sus sueños. Entre la sociedad y la ficción nos dibujan nuestra familia ideal, nuestra casa ideal, nuestra relación ideal. Al modo de las comedias estadounidenses. Y cuando se lo va consiguiendo no se encuentra satisfacción alguna. Tarda en darse cuenta que ese camino que le dibujaron otros no es el que ella quiere. Eso la lleva a cuestionar las relaciones que ha vivido con sus padres, su matrimonio, su maternidad, su trabajo, sus amantes.
P.: ¿Su amante, que llama “hombre tumor” -que aparece sin esperarlo y finalmente debe extirparlo- le sirve para olvidarse de su marido?
S.H.: Su marido no ha hecho nada malo, eso ha acabado. Ella, que ha vivido el desapego desde pequeña, en estar con un hombre desapegado afectivamente encuentra un lugar de confort, que no es ni cómodo ni confortable, pero le es familiar, y no le provoca un gran deseo. Ha aprendido que el deseo no es instintivo, innato, animal, sino algo que hemos construido. La relación con el “hombre tumor” no es una venganza de su marido. A una mujer, como a un hombre, le surge el deseo porque le surge. Ella siente ansiedad por conocer a ese hombre, que es alguien detrás de un celular. Va armando un personaje maravilloso, perfecto. Al final, cuando ya está curada de todo eso, se da cuenta que fue una aventurilla con un tipo de la más normal, sin nada especial, al que le atribuyó cualidades que a ella le atraen. Pero, cuando esa relación hay que cortarla, como en cirugía, debe hacerlo de modo que haga el mínimo daño, que desaparezca él, pero no la capacidad de confiar, amar o desear.
P.: El título “nada que decir” ¿tiene que ver con que al final todo está dicho o porque finalmente ha resuelto la dependencia con su ex marido?
S.H.: La novela tiene que ver con las palabras. Para mí es muy importante el lenguaje de la comunicación en esta historia. Cómo se comunica ella con su exmarido, con su hija, con su madre, con sus amigas, con el “hombre tumor”. Cómo nos comunicamos a través de los nuevos medios por una pantalla. Cómo el lenguaje se pervierte y se vuelve tan leve y deshecho. Cómo el teclado a veces rellena la frase y la completa, aunque no fuera tu intención. Si se pone buenas noches agrega cariño. Le das cariño o un me gusta a cualquiera. Frente a frente eso te costaría más. Advierte que su amante usa la perversión del lenguaje para manipularla y conseguir lo que quiere de ella, y como ella no puede usar ese lenguaje, porque lo siente ajeno, se queda sin nada que decir. Para decirle lo que siente no le vale el lenguaje que él utiliza sin sentimientos. Si ella le dice te quiero, te extraño o quiere verte, las palabras tienen mucho peso; y las de él no.
P.: ¿Cómo le apareció la historia de esa mujer de cuarenta, profesional, con una hija pequeña?
S.H.: Al empezar a escribir sentí su enojo, su tono, su voz, su ritmo. Su enfado impone su vértigo. Un ritmo que te ahoga porque ella está ahogada. Así surge esa cadencia, esa lírica que acompaña los sentires de la protagonista. Yo doy prioridad a la prosa sobre la trama. Tengo una profesión y si me meto en esto es para aspirar a cierta estética, a algo parecido a la belleza. En la literatura la originalidad no tiene tanto valor. Si algo te parece original es porque no has leído lo suficiente o no has visto suficiente cine. Al fin y al cabo, llevamos siglos contándonos historias.
P.: ¿Cuánto hay de autobiográfico en su novela?
S.H.: Se haga el género que se haga, thriller, terror, romance, nunca se crea nada de la nada. Creas desde ti, desde quien eres. Ahí están tus vivencias, tu mirada, aunque te sea un personaje totalmente opuesto. Pero para llegar al lector hay que escribir sin pudor. Yo escribo sin pudor, y si no escribo mi historia es porque no creo que sea interesante. En la novela puedo estar yo, mis amigas, mi vecina, mi compañero, el tendero de la esquina. Con la protagonista tenemos en común la profesión, somos ingenieras informáticas. Me interesa la literatura cuando escapa a la temática endogámica de escritores, profesores o periodistas. Me interesan los retratos que vienen de fuera, y en una empresa de informática la mujer es un bicho raro, es un espacio complicado que ofrece un golpe de realidad sobre la situación actual de la mujer y me gustó dárselo a la protagonista.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
S.H.: Acabo de terminar el pre guión de una película sobre una chica con una vida muy limitada que no le gusta y que para salirse prefiere ser cualquiera menos ella misma.
Dejá tu comentario