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8 de diciembre 2020 - 00:01

"Mank" de David Fincher: otro film abrumador

Favorita al Oscar del año próximo, la suntuosa y millonaria producción de Netflix cae en lugares comunes, trazos gruesos y anacronismos.

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Mank. Gary Oldman como Herman Mankiewicz, cantándole cuatro frescas a los amigos millonarios de Hearst.

Netflix estrenó el último viernes “Mank”, el film de David Fincher sobre el choque entre Herman J. Mankiewicz y Orson Welles por la autoría del guión de “Citizen Kane”, el clásico de cuyo estreno se celebrará el 80° aniversario el año próximo. También en 2021 se recordará otra efemérides redonda: el medio siglo de la aparición de “Raising Kane”, libro de la ensayista Pauline Kael sobre esta controversia. Ella no fue la primera en tomar el partido de Mankiewicz, pero sí quien mejor lo difundió.

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Según Kael, Mankiewicz fue el único padre de la criatura, cuya cogestación le arrebató Welles, el “joven maravilla” que llegaba desde Nueva York a California, a los 24 años, como genio plenipotenciario y con varias hazañas en su haber, como la de haber aterrorizado a miles de oyentes de su programa de radio con una presunta invasión extraterrestre, la dramatización de “La guerra de los mundos”, de su casi homónimo H.G. Wells. Por esa época, Mankiewicz ya era un cuarentón alcohólico, con más pasado que futuro, a quien no le quedaban demasiadas chances de dar un batacazo que le cambiara la vida. La última, e inesperada, fue la de escribir el guión de “Citizen Kane”.

Sin embargo Welles, que lo había conchabado para esa tarea, sólo lo quería como ghost writer, un escritor fantasma que ni siquiera figuraría en créditos; él se pretendía factótum de esa película con la que se proponía cambiar la historia del cine: protagonista absoluto, escritor y director del opus magno donde probaría planos y ángulos de cámara inéditos, profundidad de campo, secuencias extendidas y otras proezas visuales y narrativas nunca vistas, además de llevarse puesto a unos de los poderosos de la prensa, William Randolph Hearst.

Es aventurado conjeturar cuánto de esta vieja polémica, que ni siquiera es el backstage del film sino la disputa por una autoría, y que rara vez trascendió el interés de las tribus cinéfilas, puede llegar hoy al gran público, y sobre todo al gran público de Netflix. Vaya a saberse con qué criterios previos la interfaz del sistema le dirá al abonado “Es 85% para ti”.

Sorprendentemente, en los EE.UU. se ha dicho que “Mank” era la película ideal para los degustadores de la historias de Hollywood. Nada tan equivocado. Sin remontarnos a clásicos como “Cautivos del mal”, ese público goza, por ejemplo, de films como “The Player/Las reglas del juego” de Robert Altman (1992), que empezaba con un plano secuencia de ocho minutos en el que se veía a dos personajes, en un estudio de cine, comentar con asombro el plano secuencia inicial, de tres minutos, de “Sed de mal” de Orson Welles. Pero Altman ya no está. Está David Fincher, que con “Mank” no hace más que enojar a ese público porque su película no elude ni un solo recurso fácil para “sobornar el aplauso de los muy distraídos”, como dijo Borges de “Citizen Kane” en su crítica “Un film abrumador” (revista “Sur”, agosto de 1941).

Fincher, que sólo se identifica con Welles en la carencia de humor y en algo de su solemnidad, simplifica y tergiversa la historia de esta polémica a un nivel Wikipedia. Su afán por incluir, en una misma escena, a todos los cofrades de Mankiewicz en el Algonquin de Nueva York (S.J. Perelman, Charlie Kaufman, Ben Hecht, etc.) recuerda el desfile de próceres del cine argentino de los 60, que se saludaban entre ellos con nombre y apellido para que el espectador supiera quiénes eran. Las licencias históricas, aunque inevitables en este tipo de reconstrucción, incluyen anacronismos inaceptables sobre Groucho Marx y Raymond Chandler, y erróneas atribuciones de frases (lo que acá dice Louis B. Mayer lo dijo, en la realidad, Sam Goldwyn).

Sin embargo, más allá de inexactitudes como éstas, “Mank” abusa del lugar común y del trazo grueso de sus protagonistas: Gary Oldman, más desatado que en el “Drácula” de Coppola, compone a un alcohólico tan extremo que torna inverosímiles, inclusive, las borracheras auténticas de Mankiewicz. Si las escenas en que dicta el guión a su secretaria desde la cama recuerdan al Amadeus afiebrado, dictándole el Confutatis del “Requiem” a Salieri, la extensa arenga en que les canta cuatro verdades a esos millonarios republicanos reunidos en el palacio de San Simeón alrededor de Hearst (Charles Dance), arenga que termina en vómito, es la apoteosis de ese lugar común. Welles (Tom Burke), más que joven maravilla, es un petimetre al que sólo le falta llorar en la escena más tensa, y Marion Davies (Amanda Seyfried), que en la vida real fue mucho más que esa actriz y cantante mediocre que aparecía en el film original, acá continúa siendo injustamente vapuleada.

La rica producción en vestuario, escenografías, automóviles de época, en un blanco y negro que hasta recuerda a las viejas películas por esos circulitos que se veían al final y el principio de cada bobina de celuloide (ese sí es un detalle encantador), evocan también la descripción borgeana de “un vano millonario que acumula estatuas, huertos, palacios, piletas de natación, diamantes, vehículos, bibliotecas, hombres y mujeres”, y que son sólo vanidad. Salvo que Rosebud no sea un trineo sino un Oscar.

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