Sorprende gratamente esta comedia argentina, y no sólo porque viene sin manija de ninguna «intelligentzia» cultural oficial u oficiosa, lo que ya es decir, sino sobre todo porque tiene unos cuantos méritos propios, dignos de destacar.
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Claro que si a uno le dicen que es sobre un tragasables (Eusebio Poncela) y un travesti ( Micky Ruffa) vagando por el desierto riojano, quizá prefiera dejarse comer por el caníbal de la otra sala. Pero la película es algo más que esa mera síntesis.
Digámoslo así: por los circos más rascas y los pueblos perdidos del desierto riojano transitan un mago de cuarta, su sufrida esposa, que aún lo quiere pero se siente fracasada (notable Graciela Pal), un travesti que va con sus ahorros camino al quirófano chileno, una morochita linda y haragana, queriendo conocer Buenos Aires, un enano de corazón alto, un camionero sentimental, dos monjitas gemelas, de buen humor... Si a esta altura el espectador sospecha un buen homenaje a Federico Fellini, Leonardo Favio, y otros cálidos poetas de lo marginal, atentos a personajes que se creen artistas y se sienten alternativamente fabulosos o desgraciados, da en el palo.
El debutante Luis Sampieri (tucumano que entre otras cosas supo vivir en circos y campamentos gitanos, y fue libretista de Fabio Zerpa) no pretende ser como esos grandes, ni se cuelga de ellos para lucirse. Simplemente, tiene unas vivencias y una sensibilidad bastante similares. Entero autor de su obra, incluso como productor, Sampieri muestra, además, un fuerte sentido de la observación, habilidad narrativa, oficio bien aprendido, ironía, y cariño, es decir, condiciones suficientes como para tenerlo bien en cuenta.
Lógicamente, hay defectos. A veces la música o el gesto dramático toman más preponderancia que la conveniente, acaso pudo mejorarse la unión de dos tomas en una pelea, o darles más lucimiento a las mellizas Liliana y Noemí Serantes. Pero la historia, la pintura de personajes, la elección del elenco y los escenarios, unos diálogos dignos de García Berlanga, lo que dicen las imágenes y la inteligencia de evitar todo lo posible los discursos y «mensajes» típicos de nuestro cine, hacen de «Cabecita...» una sorpresa, y en muchos aspectos un deleite. Cuidado: sin cuña, quizá dure una sola semana.
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