El mayor
documentalista
argentino,
Jorge
Prelorán,
recibió el
International
Cinema
Artist Award
de la
Universidad
de California.
Para nuestros alumnos, Jorge Prelorán ha sido una fuente de inspiración. Para el mundo, un artista cuya obra abre una ventana para observar la vida en la Argentina.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Estamos orgullosos de haber tenido la oportunidad de aprender de su visión». Con estas palabras, Robert Rosen, decano de la School of Theater, Film and Television de la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), concedió al documentalista argentino Jorge Prelorán un premio a su obra cinematográfica.
Se trata del «International Cinema Artist Award», que la Escuela otorga al conjunto de una obra artística. Es la segunda vez que la UCLA otorgaeste premio. La ceremonia se realizó en el marco de la graduación de los alumnos de cine, teatro y televisión el pasado 13 de junio, en el campus de la Universidad.
Prelorán realizó su tarea docente allí durante dos décadas. Con toga y birrete de profesor emérito -se jubiló en 1992- el cineasta agradeció a la Universidad y a sus cientos de alumnos la posibilidad de haber podido trasmitir sus conocimientos y su amor por el cine, que se despertó en los años cincuenta cuando era estudiante de arquitectura en Buenos Aires. Nacido en 1933, Prelorán transita una época de la vida cuando un artista inevitablemente empieza a contemplar su legado. Desde hace varios años combate un cáncer, y ello imprime a su tarea una nota de urgencia.
Periodista: ¿A qué se dedicó en estos últimos años?
Jorge Prelorán: Cuando me jubilé de profesor a los sesenta años, comprendí que había concluido una etapa. A pesar de ser muy curioso, y viajero impenitente, ya no me daba el físico para subir por los cerros, cargando cámara y equipos. Mi último trabajohabía sido una serie televisiva de siete horas sobre la Patagonia, de gran exigencia física. Por fin me había llegado el momento de revisar y restaurar mi obra. Tengo hechas 67 películas, en soporte celuloide. Desde hace varios años estoy trasladándola a digital. Esta revisión de mi obra me llevó a complementarla con la elaboración de libros. Ya tengo realizados 22. Como mis películas, estos libros son historias de vida, contadas en primera persona, donde el protagonista muestra quién es y qué hace.
P.: ¿Cómo se realiza la difusión de su obra entre las nuevas generaciones, en una época donde la tecnología ha revolucionado los sistemas de distribución y exhibición?
J.P.: El tema tiene dos aspectos, vinculados precisamente a la exhibición y distribución de un cine no comercial como el mío. Por un lado, menos de la mitad de mis películas están en DVD. Revisadas y pulidas, y están dadas en custodia a la Fundación Universidad del Cine, ya que me une una vieja amistad con Manuel Antín. Desde hace unos cuatro años el público tiene acceso gratuito a ella, viéndolas en la biblioteca de la Universidad. Además de la FUC, el Fondo Nacional de las Artes y la Enerc tienen copias de los documentales. Los originales entrarán muy pronto en la colección del Smithsonian Institution en Washington. Como mecanismo de difusión, debo confesar que no me interesa mayormente la televisión. Se exhibe la obra en un contexto que es puro ruido. Estos documentales necesitan mostrarse de cierta manera.
P.: ¿Le ha puesto un nombre a estos documentales?
J.P.: He llamado a esta colección «Nos = Otros». Son historias de vida, centradas en personajes de los más diversos estratos sociales, que viven en lugares dispares de la Argentina y otros países de Latinoamérica. Registran las vivencias de personas exitosas, no necesariamente en el plano económico, que a través de su trabajo han logrado un nivel de excelencia. Los libros comunican, por ejemplo, las vivencias de artesanos, fotógrafos y pintores. Son historias de gente sencilla, extraordinaria en lo que hace.
P.: ¿Cómo es su actividad diaria hoy?
J.P.: En estos últimos 16 años me he dedicado a una cosa nueva, que va más allá de mis 67 películas y de una candidatura al Oscar. Y me mueve un gran entusiasmo. Me levanto a las cuatro de la mañana y trabajo 13 o 14 horas por día. A pesar de la quimioterapia, me siento en plena forma, ya que me trabaja bien la mente. No me alcanza el tiempo para todo lo que quiero dejar hecho.
Dejá tu comentario