El niño Yaco
Levy es el
protagonista
de «Pura
sangre», film
con una
historia
pequeña pero
atractiva,
deslucida por
un guión que
descuida a
los
personajes
laterales y
unos diálogos
no siempre
creíbles.
«Pura sangre» (Argentina-España, 2007, habl. en español). Guión y dir.: L. Ricciardi. Int.: O. Alegre, Y. Levy, M. Galiana, N. Aleandro, A. Fernández, F. Peña, D. Canducci, C. Issa.
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Se cuenta aquí la pequeña historia de un niño que, a la muerte de sus padres, debe irse al campo a vivir con su abuelo, un hombre taciturno, irritable. Es que este hombre conserva las heridas de sucesos familiares poco gratos, incluyendo una mala relación con la hija, una relación todavía peor con el yerno, y, sobre todo, una dolorosa percepción: el nacimiento de la hija y el encuentro con el nieto fueron a costa de alguna pérdida tremenda.
Que ninguna alegría es completa lo sabe y soporta mejor su vecina, madre cariñosa de un muchacho espástico, pero, lógicamente, cada uno reacciona como puede. El propio niño sufre, a cierta altura, el peligro de encerrarse en la melancolía, pero, por suerte, de a poco la gente empieza a entenderse, y las cosas mejoran. Parte de mérito tiene en esto una mujer que vive con el abuelo, pero que no es su esposa, sino sencillamente una amiga de la esposa, que se quedó a cocinar y limpiar cuando el hombre quedó viudo.
Como se ve, un relato sencillo, de sentimientos, que, cabe señalar, se pone a salvo de varios desbordes posibles, y tambiénesquiva algunos (no todos,pero algunos) lugares comunes, o los altera, con resultados a veces elogiables, y a veces discutibles. Por ejemplo -un signo de los tiempos-, cuando el niño tiene un accidente, el viejo va a la iglesia, pero no para rezar, como pasaba en lejanas películas para toda la familia, sino para amenazar a Jesucristo. Hay gente así, ya se sabe, que después llora. El protagonista, el niño Yaco Levy, tiene el apoyo de un elenco atractivo, formado por Oscar Alegre, Norma Aleandro como la vecina, Damián Canducci en un papelde exigente composición física, las españolas María Galeana y Ana Fernández (nada menos que la madre y la hija de «Solas»), y también Fernando Peña, lástima que en una aparición demasiado breve, igual que la de Fernández. Se desaprovecha este elenco, y tanto el propio guión, como varios diálogos son mejorables, además de haber ciertos descuidos de personajes laterales y algunos antojos de cámara. En cambio, la fotografía e iluminación son irreprochables, y hacen lucir como se debe al paisaje puntano.
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