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7 de agosto 2013 - 00:39

“Quise hablar de los setenta sin chocar con lo político”

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Para López, “hay algo que hizo que muchos nos quedáramos fijados” en los 70, y su flamante novela “fue acaso lo que necesitaba para desprenderme un poco de ese pasado. Dejarlo dicho, para empezar a olvidar”.
ándola "de esa época geográfica y política que no existe más" donde murió, el poeta Julián López despliega las experiencias mínimas que tiene un niño y que quedan como mojones de detalles imborrables de la infancia y de esa entrañable relación primera y fundante. Así, dejándose arrastrar por una marea lírica, López construyó la novela "Una muchacha muy bella", que acaba de publicar la editorial Eterna Cadencia.

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Julián López es periodista cultural, poeta, realiza talleres y clínicas de escritura creativa, y codirige con las escritoras Alejandra Zina y Selva Almada el ciclo de lecturas Carne Argentina en el bar de FM La Tribu, por donde pasaron más de doscientos autoras y autores. Dialogamos con López sobre su novela donde el ritmo poético se mezcla con lo detalladamente narrativo en un clima envolvente que se quiebra drásticamente sobre el final.

Periodista: ¿Su modo de contar el recuerdo de un hecho dramático a través de pequeños detalles, proviene de su práctica como poeta?
Julián López
: Es muy distinto escribir poesía a escribir narrativa. La poesía es un fin último, un destino, ya que todo es poesía. Escribir poesía es para mí dificilísimo y me demanda un tipo de trabajo para el que no siempre tengo capacidad. Es una labor muy exigente, muy sensible, para la que hay que tener una disponibilidad que no tengo siempre, por vagancia, por incapacidad, por falta de inspiración. El otro día me acordaba de "La glicina", un larguísimo poema de Passolini, un texto extraordinario que denota una humanidad muy atenta. En "Una muchacha muy bella", la narración me permitió entregarme a una marea que me empujó irrefrenablemente. Fue el encuentro de un ritmo, de un tono. Todo comenzó un dia en que iba en un colectivo y se me ocurrió la frase "mi madre era una muchacha muy bella", y me dije eso tiene música. Pensé que iba a escribir un poema. Con el correr de los días volví a esa frase, una y otra vez, hasta que directamente empecé a escribir la novela.

P.: ¿El tono de letanía, de los recuerdos emocionados, está inspirado en el poema "Kaddish for Naomi Ginsberg", ese rezo judío a los muertos, que Allen Ginsberg dedicó a su madre?
J.L.:
No me inspiré particularmente en ese texto, pero tengo un amor absoluto por Ginsberg, por la tradición judía. En todo caso me relaciono en la letanía frente al muerto. Creo que lo mío tiene mucho de endecha. Conseguir alcanzar al música a través de las palabras es para mí una gracia absoluta. Es una gracia, algo que no es mío y me deviene, que me es dado. En una conferencia, Francis Ponge habla sobre la superioridad de las palabras sobre la música (en general se escucha que la música es el arte de las artes) y decía que la música es la palabra. Eso para mí fue revelador. Es algo que uno persigue. Escribir "Una muchacha muy bella" fue mecerme, estar en gracia.

P.: ¿Cómo aparece la idea de reconstruir la memoria para forjar el retrato de una madre desaparecida?
J.L.:
Es el retrato de una madre y de una época geográfica y política que no existe más. Una época tremenda y maravillosa a la vez. Necesitaba hacía mucho tiempo hablar de esa época, de los años setenta, de cuando era un niño. Una época que me gustaría que no me importe tanto, pero como estoy atravesado por ella exageradamente, no lo puedo evitar. Cuando lo pienso, me parece una locura que sea tan importante una década, cuando viene de otra, y de otra, y de otra, y va hacia otra. Pero hay algo que hizo que muchos nos quedáramos fijados, enclavados, suspendidos. Hacer ese retrato fue acaso lo que necesitaba para desprenderme un poco de ese pasado. Dejarlo dicho, para empezar a olvidar.

P.: Así como se podría hablar de algo edípico en el intenso amor a esa madre contada por detalles, hay un evidente ausencia de un padre.
J.L.:
Es la gran ausencia, y escribí con esa idea. El padre y toda la funcionalidad paterna ausente. Un estado sin ley, en la ilegalidad más absoluta, y una madre y un hijo muy solos en el mundo. Es un retrato de la soledad. Y un retrato también de lo que el Estado le hace a la gente. Por eso me ocupé tanto de detenerme en el detalle. Necesitaba dibujar bien ese retrato, desde el saber que da la perspectiva. Contar un historia global a través de detalles mínimos. Mostrar la presencia de la ausencia de un ser querido, fue mi estrategia para hablar de aquellos años. No me interesaba chocar con la temática política, eso ya está hecho, quería merodear a través de un pullover tejido con ochos, una estatua del Botánico, una postal o un chocolatín. Me dicen que hago filigranas. Y es que uno recuerda lo que puede, no lo que quisiera recordar. Y en los recuerdos menos jerárquicos están las claves de la vida, de la propia y de la del mundo. ¿Por qué uno recuerda la canción de Janet "Soy rebelde"? ¿Por qué uno se acuerda de la película "Cría cuervos" de Saura? ¿Por qué me vuelve el jingle de aquella propaganda? ¿Por qué está tan presente el muñequito que venía con el chocolatín Jack? Lo demás es una construcción ideológica que uno alimenta, pero los recuerdos son el retrato del mundo. El otro día leí que una periodista cultural que había leído mi novela escribió en Facebook "para los que somos de esa generación es como un video de nuestra infancia", me gustó mucho. Cuando escribía esos detalles no lo hacía literariamente adrede sino para recordármelos, para disfrutarlos. Sentí que necesitaba recurrir a esos lugares comunes con el probable lector como zonas de reconocimiento.

P.: En una historia así, cuando los detalles parecen infinitos, debe ser difícil encontrarle una conclusión. ¿Es por eso que usted hace un drástico cambio de tono al final de su novela?
J.L.:
Algunos amigos, a los que le mostraba cómo avanzaba en "Una muchacha muy bella", al llegar a esa etapa final, me decían "no, así no, estás rompiendo el tono". Y al contrario, lo supe enseguida, no quería terminar con el registro candoroso del niño, me parecía una cobardía. Quería internarme en los años de la democracia, del discurso de la memoria, y quería mostrar que el protagonista es un hombre con una enorme incapacidad para amar fundada en una historia, un hombre al que le sucede probablemente lo más terrible que le pueda pasar a una persona, que el Estado le rompa la vida. Y para lograr eso necesitaba un quiebre de tono brutal. Fue bravo con estos amigos que seguían el relato cuando era un work in progress. Uno era un escritor paraguayo que vive en Neuquén, al que admiro mucho, Humberto Bas, se enojaba mucho con el final que le di a mi novela, y me hacía dudar. Y me decía, tengo que animarme a traicionar a mi amigo, necesito que la novela se rompa en el final y se reconstruya de otra manera, y que el protagonista muestre su profundo dolor.

P.: ¿Cuáles son sus referentes literarios?
J.L.:
Son muchos y muchos extraliterarios. La lista, en estos casos, tiene que ser caótica y cambiante. Irene Gruss es alguien de quien disfruto enormemente sus ficciones, que me parecen de una vitalidad extraordinaria. Arnaldo Calveira. Néstor Sánchez. Antonio Di Benedetto. William Faulkner. Ursula K. Le Gin. Shakespeare. Passolini.Serge Gainsbourg es un referente absoluto de intelectual y de vida. Yves Montand. Gente que pasa por el mundo con cierta gracia. Jean Louis Trintignant en una película de Krzysztof Kieslowski, la del final de la trilogía "Tres Colores", donde hace un profundo discurso sobre la moral.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.L.:
Estoy escribiendo un poco de poesía, que es mi interés de siempre. Tratando de ver si puedo entrar en lo que será lo próximo en narrativa. Tengo una novela a la que voy y vuelvo desde hace ocho años. Y disfrutando de las primeras devoluciones que me está dando "Una muchacha muy bella".
Entrevista de Máximo Soto

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