ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

4 de septiembre 2006 - 00:00

Redescubrir a Guttero: una notable muestra de su mundo

ver más
La muestra «Alfredo Guttero. Un artista moderno en acción», que el jueves pasado se inauguró en el Malba, exhibe un arte para disfrutar, grato para los no iniciados y un auténtico festín para los eruditos. Para comenzar, la exposición descubre, con algunas obras que no se habían visto nunca, el talento de un gran artista que hasta hoy ha permanecido casi en la sombra, demasiado clásico para los vanguardistas y excesivamente moderno para los académicos.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Guttero (1882-1932) es un pintor que se regodea en la belleza, en la sensualidad de la materia, el color y las formas, que sin duda pintó con placer, y ese placer se transmite. Además, curada con sabiduría por Marcelo Pacheco y patrocinada por el Banco Galicia, la muestra destaca no sólo las peculiaridades y matices de una obra con momentos encantadores, sino también la cultura de la época y la actividad arrolladora que desplegó el artista en el fascinante contexto de principios del siglo XX.

La exposición cuenta una historia, que se inicia con un paisaje campestre, con el que gana una beca a Europa, y con una pequeña acuarela de 1904 de colores encendidos. Gutteroparte de Buenos Aires hacia París y pinta la ciudad mientras el barco se aleja. Durante sus dos décadas europeas vive el esplendor de la belle époque, que quedará para siempre arraigado a su pintura, pero también su ocaso, el horror de la Primera Guerra Mundial, el temor de ser alistado por ser hijo de italianos, la huida a España, el regreso a París y la alegría del armisticio.

La muestra del Malba dedica un espacio a los objetos personales, como la paleta que todavía ostenta los colores tierra y unos incomparables azules. Pero, sobre todo, exhibe un trabajo de investigación y documentos que presentan al artista como un activo gestor cultural. Allí figuran los catálogos de las exposiciones en la Bienal de Venecia, Génova, Bélgica, Berlín, entre otras, además de los envíos a Buenos Aires, pues a pesar de la distancia Guttero mantuvo un vínculo estrecho con su país.

Un nuevo capítulo se abre cuando en 1927 regresa a Buenos Aires y encuentra una ciudad que late casi a la par del de los centros europeos, moderna y cosmopolita, con la « vitalidad prodigiosa», que descubre Le Corbusier en 1929.

Desde la retrospectiva, esos años parecen idílicos, con el peso argentino en alza, ocupación plena y miles de inmigrantes llegando a nuestro país. Los paisajes del puerto, las chimeneas humeantes, los elevadores y silos colmados de granos que pinta Guttero son el reflejo de esa prosperidad. Los artistas e intelectuales, mimados por la suerte de un país rico y sin otra preocupación que su propio quehacer, vivían, como los describió un martinfierrista, los «últimos años felices de hombres felices».

De esos «años felices», los más inspirados del siglo, datan las numerosas publicaciones que alentó Guttero y los catálogos de las muestras que organizó para apoyar el arribo de la modernidad con artistas como Norah Borges, Xul Solar, Pettoruti, Forner, Figari, Barradas y Spilimbergo, entre otros vanguardistas. Si bien la resistencia conservadora contra la innovación es muy fuerte, se premian y exhiben los desnudos más audaces y provocativos del artista, siempre aplacados por una paleta sorda, que adquiere con los años las tonalidades de los frescos renacentistas.

Las figuras voluptuosas, monumentales, con calidad museística,son representativas del espíritu de la época. Entretanto, sus investigaciones lo llevan a descubrir su ya célebre «yeso cocido», técnica que le otorga al color blanquecino una calidad etérea y evanescente, condiciones que contribuyen a crear una levedad y un clima de ensueño en sus últimas obras, y que se acentúan en sus pinturas religiosas.

En cada pintura de la muestra se descubre la influencia de los diversos estilos que conoció en Europa, pero también el modo en que los procesa y los convierte en un arte personal e inconfundible.

Músico, con buena voz de tenor, escenógrafo, docente, amante del arte decorativo, Guttero lleva el signo del eclecticismo, y junto a la elegancia de sus lánguidos retratos, se exhiben obras reveladorasde un espíritu profundamente religioso. En 1932, cuando los premios y las recompensas se suceden sin pausa, se acaba su vida, poco después de que la economía y el ánimo argentino se derrumben.

Sus amigos cuentan que cumplen su voluntad y lo velan en el taller del pasaje Barolo, rodeado por sus ángeles y con el «Cristo muerto» en brazos de la Virgen sobre su ataúd. La fotografía de esa escena es escalofriante. La muestra se completa con un buen catálogo, un impecable informe de la experta Marta Fernández sobre el «yeso cocido», y las obras de veinte artistas que participaron de las exposiciones y encuentros que organizó Guttero, como Victor Cunsolo, Lino Enea Spilimbergo, Luis Falcini, Alfredo Bigatti y Miguel Angel Victorica, entre otros.

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias