Anthony Hopkins es el comprador protagonista de «Sueños de gloria», lograda recreación
de la gesta de un hombre ya grande que batió un récord impensable con una vieja moto.
«Sueños de gloria» (The World's Fasten Indian, Nueva Zelanda. 2005, habl. en inglés). Guión y dir.: R. Donaldson. Int.: A. Hopkins, D. Ladd, P. Rodriguez, I. Rea, T. Mitchell, C. Bruno, J. Cauffiel.
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Alguien dijo en San Sebastián que esta películade Roger Donaldson es como «Historias mínimas» con plata y actores profesionales. Hay diferencias, incluso espirituales, pero, es cierto, también hay tres buenas coincidencias: un viejo terco que sale al camino con un propósito y nos cae simpático aunque no haga nada por seducirnos, una linda sucesión de gente de lo más diversa, toda con buena voluntad, que se ofrece a darle una mano a lo largo del camino, y -esa maravilla- la inmensidad del paisaje, igual de despojado y puro.
Donaldson agradeció, dijo que había visto «Historias mínimas» y que ojalá él pudiera hacer algo parecido. De igual modo, ojalá él mismo, que tiene una carrera tan variada (una versión de «El motin del Bounty», «Sin salida», «Cocktail», «Cadillac Man», «Arenas blancas», «Especies», una mala remake de «La fuga», etc.) pudiera hacer más seguido algunas delicias como ésta que ahora se estrena. Sueño de juventud, la quería hacer desde 1971, cuando conoció al auténtico Burt Munro, y rodó un documental sobre la gesta que este hombre había cumplido en 1967 («Burt Munro: offering to the God of Speed», que ahora integra el bonus del dvd original de «The World's Fasten Indian»).
Tres largas décadas después, ¿se parece Anthony Hopkins al Munro original? No tanto, confesó Donaldson, «más bien compuso una hermosa mezcla de mi padre con el suyo».
La película misma también es una mezcla, en este caso una feliz mezcla de comedia de costumbres (el viejo mañoso que fastidia a los vecinos, pero cuenta con la admiración y colaboración del hijo de los vecinos), road-movie (el viejo cruza el mar y recorre medio Estados Unidos en pos de su Wahalla, encontrando de paso la amistad de un indio, un travesti, una viuda muy agradable, y otra gente comedida), y película deportiva (quiere probar su vieja motito Indian de 1920 en las salinas de Utah, llega tarde y sin plata para la inscripción, carece del equipo apropiado, pero encuentra el entusiasta apoyo de verdaderos deportistas amateurs, en una confraternidad que sólo los sedentarios pueden creer imposible).
¿Logrará el viejo su sueño de gloria, como apunta el título local? No vale la pena responder a esto. La pregunta es ¿mantendrá siempre su lindo carácter, capaz de expresar filosófica y sonriente aceptación ante cualquier sorpresa, sea buena o mala? Por supuesto que todo termina bien, porque esto es, ante todo, un elogio de la llamada tercera edad, la buena onda de toda la gente con que uno se cruza en la vida, el espíritu sanamente deportivo, y las motos de antes. Anthony Hopkins resulta además, ni hace falta decirlo, harto elogiable, y muy comprador. La película es, quizá, un poquito larga (127 minutos), pero eso no molesta demasiado. Al contrario, así da gusto terminar el año.
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