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12 de junio 2006 - 00:00

Un recorrido que revela la intimidad del genio

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«Autorretrato» (1915), la obra más importante de la muestra, una tinta que lo muestra con su rebelde e inconfundible pelo negro de los años juveniles.
El Centro Cultural Borges inauguró la semana pasada una muestra de pinturas, dibujos, tintas, cerámicas y grabados de Pablo Picasso (1881-1973), que provienen mayormente de colecciones privadas. La exposición, patrocinada por Repsol YPF, permite descubrir un personaje expansivo, que volcaba todas sus ideas y sensaciones con trazo rápido en el papel. Además, exhibe un carácter íntimo y eminentemente español, ya que predominan obras realizadas durante las estancias del artista en Barcelona. Varios dibujos ostentan dedicatorias y están rubricados por Picasso, dato que acentúa la impresión de visitar una exhibición organizada con recuerdos de sus amigos.

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En este contexto figuran unos pequeños retratos de Casagemas y Fernandez de Soto, y acaso la obra más importante de la muestra, un autorretrato, una tinta de 1915 donde Picasso se presenta parado en la calle junto a un farol, mirando hacia el horizonte con sus grandes ojos negros, con una pipa en la boca, una libreta de apuntes en una mano y un bolsito en la otra, y su rebelde e inconfundible pelo negro cayendo hacia un lado sobre su frente.

Se trata de una exposición de la cual sacarán mayor partido quienes ya conocen la obra del artista, quienes puedan asociar, como en este caso, esta pequeña tinta al conocido autorretrato «Yo Picasso» de 1901 y al resto de los que realizó en su larga vida. Los ojos entrenados descubrirán en unas cabezas de caballos desbocadas de 1933, similitudes con las del célebre «Guernica» de 1937, o en la pintura «Paisaje urbano» de 1900, la línea constructiva que anticipa el cubismo. Es decir, mientras la muestra presenta el mito, el placer estriba en el conocimiento, en las evocaciones y recuerdos que suscita cada una de las obras.

Cabe aclarar que Picasso es el artista por excelencia de la modernidad, representativo del cambio y la aceleración de la modernidad, claro, si se la entiende como un período independiente que comienza a fines del siglo XIX y que ya ha concluido, comparable a toda la antigüedad greco romana (desde el siglo V a.C. hasta el IV d.C.) o la edad moderna (desde el siglo XIV al XIX).

Pero más allá de las etapas diversas que velozmente consumó un artista casi inabarcable, desde que hace dos años una de sus pinturas tempranas, «El muchacho de la pipa» se vendió en Sotheby's en la desmesurada e increíble cifra de 104 millones de dólares, los costos de sus muestras y los traslados de sus obras cuestan sumas siderales.

La posibilidad de hacer muestras como la que realizó el Museo de Arte Moderno de Nueva York en 1996, cuando presentó una serie de importantes retratos que marcaba la línea evolutiva de la extensa producción picassiana, es casi impensable en la actualidad. A partir de esta realidad y teniendo en cuenta que existen alrededor de 18.000 trabajos sobre papel, los inevitables baches que presenta la exhibición del Cultural Borges están sorteados con gracia.

A la media decena de pinturas se sumaron dibujos, carteles, cerámicas, obra gráfica y, sobre todo, dos excelentes colecciones de fotografías, la de Lucien Clergue, quien conoció a Picasso en las corridas de toros y lo retrató en sus años de juventud, y la de Cores Uría, quien lo muestra en su taller de cerámica y junto a sus amigos de los últimos años, Jean Cocteau, Lucía Bosé y el torero Luis Miguel Dominguín.

En suma, la muestra porteña aunque el recorrido va desde 1900 a 1963, se asemeja más a la colección del Museo Picasso de Barcelona que al de París, e invita a aproximarse e indagar una vez más la siempre sorprendente creatividad de un genio a todas luces inagotable.

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