27 de febrero 2001 - 00:00

Zabala, adiós a un gran actor

(26/02/2001) En noviembre de 1999, Julio Mahárbiz reflotó El Tren de las Estrellas, lo llenó de viejos artistas, y lo mandó al Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. Parecía una ofensa, ya que otras figuras iban en avión. Pero para los viejos fue una gloria. Cientos de personas se agrupaban en cada estación, para aplaudirlos. Y siempre el más aplaudido era Tincho Zabala. Lo increíble: las chicas adolescentes gritaban como si estuvieran viendo a un ídolo juvenil. La explicación: por ese entonces don Tincho integraba el elenco de «Verano del 98».

«¡Aguante, Tincho!»
, le gritaban también cada día los jóvenes a la salida del hotel, y esperaban con cariñosa paciencia que él terminara de bajar las escaleras. En los últimos años, cada paso era un triunfo. El, que tanto había caminado...

Hijo de artistas ambulantes, la infancia del actor fallecido el viernes y seguramente largamente llorado, fue andar de pueblo en pueblo, primero en Uruguay, y desde 1927 en la Argentina, siempre viajando en «una carreta que cuando llovía se cubría con hule. Papá iba adelante marcando la huella con un farol. Lo estoy viendo», decía, con su voz inefablemente criolla, y sus ojazos tristes y asombrados. El padre era Martín Zabalúa, que mucho después se haría famoso gracias a «Los Pérez García».

 Pero entonces no era nadie. Tras una temprana experiencia en las tablas, a los 14 años Tincho debutó como actor radial de relleno, trabajando de las 9 de la mañana hasta las 24 en radio «Cultura», calle Florida frente al Jockey. La popularidad vendría después, con «La craneoteca de los genios», escrita por su paisano Wimpi, con auspicio de los Grandes Almacenes Justicialistas, y otros programas. También se hizo largamente querido a través del cine y la televisión. Pero su gran pasión era el teatro. Y aunque nunca tuvo «otra escuela que la de las equivocaciones», resultó uno de nuestros actores más completos. Hizo sainetes, grotescos, comedias de todo tipo, incluyendo grandes musicales (por ejemplo, «¡Hello, Dolly!», con Libertad Lamarque) y piezas de riesgo (una avanzada, «La jaula de las locas» en 1975),y desde mediados de los '60 sorprendió a los críticos luciéndose cada vez más frecuentemente en el llamado «teatro de jerarquía».

Ahí se anotan, por ejemplo, su recordado Falstaff de «Las alegres comadres de Windsor», en el San Martín, o el monólogo de «Mateo» que interpretó magistralmente a los 75 años en el espectáculohomenaje de Rodolfo Graziano «Hoy teatro hoy». Esa fue, precisamente, la última oportunidad de verlo en un escenario. Los jóvenes estudiantes tuvieron otra oportunidad más, cuando a mediados del 2000 contó junto a otros veteranos, sus experiencias en un seminario en el Teatro del Pueblo.

Dejá tu comentario

Te puede interesar