Hay quienes dicen que lo que llamamos nuestro destino es, en realidad, nuestro carácter. A los 93 años falleció Hebe de Bonafini, la presidenta y cofundadora de la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Fue Hebe una figura emblemática en las marchas por la aparición con vida de los 30 mil detenidos desaparecidos secuestrados durante la dictadura cívico militar que se extendió entre 1976 y 1983. Fue Hebe, también, una persona comprometida en una lucha -en todo el sentido del concepto- que mantuvo hasta el final de su vida.
Hebe, la memoria y la implantación de un modelo económico
Fue Hebe una figura emblemática en las marchas por la aparición con vida de los 30 mil detenidos desaparecidos secuestrados durante la dictadura cívico militar que se extendió entre 1976 y 1983.
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En las últimas horas, fueron numerosas las demostraciones de afecto y cariño que se hicieron presentes en las redes sociales. A la vez, el Gobierno decretó tres días de duelo nacional por el fallecimiento.
La triste noticia aparece en un momento impar. Aquí y allá se reproducen por parte de la dirigencia política y empresaria distintas elucubraciones que no logran dar con la talla del desafío que enfrenta nuestro país. Con niveles de pobreza e indigencia alarmantes, sólo unos pocos referentes, -entre los que se destaca la vicepresidenta Cristina Fernández- parecen haberse hecho eco de este reto.
Paradójicamente, la ex presidenta es alguien que acaba de reincorporarse al debate público después del atentado sufrido contra su persona y en los últimos días ha lanzado, una vez más, una convocatoria para discutir puntos que puedan servir de común denominador y que atraviesen las banderías políticas, casi un llamamiento al diálogo de temas centrales.
A contramano, de fondo, aún resuenan propuestas de carácter económico y social que incluyen un sesgo de ultraderecha y que no escapan al negacionismo, la discriminación, la exclusión de derechos para las mayorías y hasta la negativa a reconocer el intento de magnicidio, como si se tratara de un “programa” de acción, una especie de compromiso con la sociedad.
Es ahí, a partir de este pozo en el que se encuentra sumida la dirigencia, que se visualiza con una perspectiva urgente la enorme estatura moral e histórica de Hebe. Acaso sea entonces el momento de recoger ese capítulo, revisar cuáles han sido las enseñanzas que pueden aprenderse (y aprehenderse) del intento de implantación de un modelo económico y social ocurrido durante la última dictadura cívico-militar que, a la luz de los hechos aún hoy tiene sus defensores en distintos sectores de la sociedad y que conforma uno de los ejes que propone la disputa permanente del presente.
La historia económica ha sabido dar con las consecuencias registradas por el proceso militar. Pero también están los hechos. En materia económica, la Dictadura buscó implantar un modelo que resultaba opuesto del que venía funcionando desde 1930, con el objetivo de destruir no sólo la gran cantidad de logros en derechos sociales, sino también el entramado industrial que incluía la estructura sindical (en apenas ocho años, la industria perdió 12,4% su participación en el PBI). La desregulación y financiarización de la economía y la apertura irrestricta de las importaciones también apuntalaron el desastre.
La herencia de la dictadura no fue sólo financiera: a la desindustrialización le siguió el incremento de la tasa de desempleo, el fuerte incremento de la deuda externa (que va a condicionar a los gobiernos ulteriores) y, sobre todo, el asentamiento ideológico de un modelo de liberalismo que implicó, en los hechos, la relegación de soberanía jurídica.
Por eso, en estas horas de tristeza por la muerte de Hebe pero también de reflexión obligada, si algo puede alimentar nuestro pensamiento crítico, es esto: proponerse no repetir los errores del pasado puede constituirse en un común denominador, que le permita a toda la dirigencia relanzar las ideas que van a impulsar nuestro destino como nación.


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