¿Qué tan buen inversor es usted? Si es como el común de la gente, sin duda piensa que es mejor que la mayoría. Recuerda cada una de las veces que ganó con detalle y entierra las veces que perdió. Nunca hace una evaluación del promedio entre ambas, lo que significa que no tiene idea de si está superando al mercado o no. Sin embargo, si se le preguntara cómo le ha ido, probablemente diría que mejor que al promedio.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Esta sensación de confianza en sus inversiones hace maravillaspara su autoestima. Lo que haga por su cartera es otra historia. Todos sabemos que no debemos confiar en nuestras emociones cuando compramos una acción. Lo que no sabíamos es que nuestro cerebro inversor también puede traicionarnos.
Somos buenos para engañarnos. Si lo duda, eche un vistazo a «Your Money and Your Brain», un nuevo libro de un colaborador de la revista « Money», Jason Zweig. El visitó a los científicos que estudian los circuitos neuronales que se prenden y apagan cuando invertimos. Resulta que nuestros cerebros equivalen a un ambiente hostil. Para ser mejores inversores, debemos ir en contra de lo que nuestras mentes más desean.
Tomemos una de las creencias de inversión más arraigadas, que con el estudio podemos volvernos buenos en predecir si una acción o el mercado en general subirán o bajarán. Para hacerlo, buscamos patrones que puedan decirnos lo que el futuro nos depara.
Al cerebro humano le encantan los patrones. Los vemos incluso donde no existen. Dennos hechos aleatorios y los juntaremos hasta crear una historia. Dennos datos aleatorios -como los millones de cotizaciones accionarias que existen- y los organizaremos para que «tengan sentido», sea así en realidad o no.
Luces
Uno puede ver esta tendencia en una serie de estudios realizados por el Dartmouth College. Los investigadores proyectaron luces rojas o verdes en una pantalla. Los participantes tuvieron que pronosticar qué color vendría después; 80% de las luces fueron verdes, pero el orden fue aleatorio. Con el tiempo, los participantes aprendieron que el verde era la apuesta más probable.
Ratas y palomas, que recibían alimento al acertar, aprendieron rápidamente a elegir el verde casi todo el tiempo.
Eso no es lo que los humanos hacen. Nosotros, los mamíferos con más cerebro, tratamos de adivinar cuándo vendrá la siguiente luz roja. Buscamos patrones, aunque nos digan que las luces aparecen de manera aleatoria. Cuanto más tiempo jugamos el juego, peor nos va. Las ratas obtienen más puntos que nosotros todo el tiempo. El estudio se ha hecho varias veces desde fines de los años sesenta, siempre con los mismos resultados.
Sustancia química
Después está la dopamina, la sustancia química cerebral que nos lleva a actuar cuando sentimos la posibilidad de que nos den una recompensa. Un victoria inesperada -digamos una acción de una empresa de tecnología cuyo precio sube al doble en tres meses- segrega dopamina sobre toda la superficie disponible. Si ocurre dos veces, estamos seguros de que nuestra apuesta es certera.
Zweig llama a esto nuestra «adicción a la predicción». Sin duda somos adictos.La actividad cerebral de un adicto a la cocaína que espera meterse una línea se asemeja mucho a la de un inversor que espera anotarse un gran éxito.
Marionetas
Lo sorprendente sobre la búsqueda de patrones es que nuestro cerebro es el que nos lleva a hacerlo. Uno no puede negarse. La respuesta es subconsciente y automática. Como uno no está consciente de lo que ocurre, los patrones que ve parecen objetivamente verdaderos en lugar de motivados por la actividad neuronal. La dopamina nos convierte en ciegas marionetas.
Encontramos patrones rápidamente. Dos apuestas acertadas nos hacen esperar -y apostar- que haya una tercera. Tres ya conforman una «tendencia». Varios estudios muestran que la gente que busca nuevos administradores de fondos tiende a contratar una empresa tras una racha buena de tres años, y a despedir una tras una racha mala de tres años ( aunque ambas rachas probablemente estén por cambiar).
Wall Street está llena de fórmulas para pronosticar los precios. La próxima vez que vea una, piense: ¡lo dudo!
Uno no puede dejar de predecir, pero puede dejar de seguir a su travieso cerebro. Apéguese a una forma de inversión programada automática. Comprar y retener. Promedio de costo en dólares. Asignaciones de activos fijos (digamos, 70 por ciento en acciones y 30 por ciento en bonos) y reajuste cuando su cartera se salga de esos parámetros.
Deje de revisar cómo van sus acciones todo el tiempo. Esas fluctuaciones aleatorias empezarán a parecer patrones antes de que se dé cuenta.
Finalmente, esfuércese por averiguar cuál es su desempeño real. Por ejemplo, monitorice sus acciones. Haga un promedio de sus apuestas ganadoras y perdedoras para ver cómo le fue en cada año.
Y mientras lo hace, sígale la pista a las acciones que vendió (algo que los inversores rara vez hacen). Si el desempeño de las que vendió es mejor que el de las que compró, quizá su dopamina siga al mando.
Dejá tu comentario