Hay que admitir que ha mejorado la seguridad en el país. No quiere decir totalmente -y menos aún descuidarse en lo personal-, pero no puede negarse que hoy un secuestro -también el asesinato de un policía-es algo, cuando menos, no habitual con relación a 60 días atrás y entraría en el grado bajo inevitable en cualquier país. El propio Juan Carlos Blumberg, garantía de objetividad en esta vigilancia, dice que «no estamos más en 30 secuestros o intentos por mes, pero algunos hay». Menciona como reciente el de un chico frente a la empresa industrial Fargo, un pequeño concesionario de autos en Quilmes y algunos intentos más, pero serían de improvisados. Las víctimas serían personas simples, algo que desmiente la retórica del progresismo criollo de que «la seguridad les interesa a los ricos». Además, Blumberg admite que le impresiona el trabajopolicial de detención de «los colaterales» vinculados a las grandes bandas desbaratadas de secuestradores.
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Con esta disolución de las gavillas bien organizadas de delincuentes, vemos que dejó de ser hoy una obsesión la inseguridad. También admitir que nos proyectamos muy lejos de los 4.000 secuestros anuales de Colombia, los 3.000 de México y los 2.200 de Brasil. Seguiríamos lejos, aunque sobrevenga algún hecho dramático de este tipo, algo que nadie puede asegurar. Lógicamente.
Hay un mérito entonces de Néstor Kirchner -que asumió personalmente la lucha antisecuestros y fue criticado por arriesgar la imagen presidencial en algo tan azaroso-, de León Arslanian, de Felipe Solá y de las dos figuras clave de la Policía Federal: los comisarios Néstor Vallecca y Humberto Oriolo (jefe y subjefe de la repartición, a los que se puede nombrar porque el gobierno, junto con el retorno de más seguridad, cesó la enfermiza obsesión de que cuando algo anda bien solamente se debe mencionar al Presidente y a algún ministro), además del secretario general de Seguridad, Alberto Iribarne, muy distante de la agresividad de su antecesor, Gustavo Béliz.
También hubo rectificaciones acertadas de procedimientos internos. Por caso, las «purgas» indiscriminadas -e injustas a veces-a policías. Se les dio -como hizo el ministro Arslanian-algún reconocimiento cuando se destacan. Deberían, también, mejorarles el salario porque el estado policial no tiene forma de hacer huelga -pese a jugarse la estabilidad y a veces la vida-contra los de empleo público, cuyo único riesgo sería ser aplastados por la columna de expedientes que acumulan.
Que una revista como «Veintitrés» se haya lanzado obcecadamente contra la Policía en estos días, como en las viejas épocas, en lugar de admitir la mejora en el tema seguridad, es propio de toda mentalidad ultra. En ese medio de prensa agravada por dejar de pertenecer a un empresario moderado como era el editor Eduardo Lerner y pasar a Sergio Szpolski, un hombre ex banco Patricios que se acerca a editar para ganar poder negociador.
El tema seguridad no da descanso. La mentalidad delictiva es contagiosa y vienen «rachas» de determinado tipo de delitos. En una época eran los asaltos a bancos, luego asesinar policías, después los desarmaderos y más tarde los secuestros. Hoy el delito predominante -que tampoco debe ser descuidado, inclusive con campañas de alerta, que no hay-es el robo, la golpiza y hasta el asesinato de ancianos con fines de robo.
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