19 de agosto 2008 - 00:00
Ni en su aniversario se recuerda a San Martín en el exilio con el noble banquero que lo hizo rico
Comunes y repetidos los recuerdos a José de San Martín en el aniversario de su muerte. Invariables y minúsculas las reseñas de los divulgadores en los diarios. Más investigación, sin embargo, habrá en la central de este diario: se cuenta, con información inédita, la relación entre el Libertador y Alejandro Aguado, "el hombre más rico del mundo" (Alejandro Dumas), de quien los argentinos apenas si saben que hay una calle con su nombre (en Barrio Parque). Se conocieron en Francia, fueron vecinos, amigos, el ex militar y banquero Aguado lo salvó de aprietos económicos y lo introdujo en el tout parisino de Balzac, Rossini, Rothschild. Fue luego San Martín albacea y heredero de la fortuna de este hombre, le tocó liquidar la mayor colección de obras de arte de esos tiempos. Detalles que pesquisó el periodista e historiador argentino Armando Rubén Puente, radicado hace años en Madrid y con una importante trayectoria profesional.
José de San Martín sigue siendo un personaje misterioso. El bronce con el cual lo ha revestido la historiografía encubre aspectos apasionantes de su biografía. El periodista e historiador argentino Armando Puente, que se desempeñó en «Primera Plana» y cubrió el exilio de Perón en Puerta de Hierro, dedicó una década a investigar una relación poco conocida del Libertador con el ex militar español Alejandro Aguado, que se radicó en Francia y llegó a ser, como dijo Alejandro Dumas en «El Conde de Montecristo», el hombre más rico de ese país.
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Este óleo representa a José de San Martín y Alejandro Aguado montados en sendos caballos. Lo pintó Jean Baptiste Madou en 1836 para representarlos en una escena imaginaria. Fueron grandes amigos hasta la muerte, pero nunca prestaron servicio en el mismo regimiento español.
El Libertador, que tomaba sus decisiones con tiempo, no había previsto que al poco tiempo dejaría de llegarle esa jubilación y quebraría su apoderado y cuñado en Buenos Aires, Manuel de Escalada, por lo que su situación se había transformado en «incómoda y cada día más embarazosa, a pesar de la más rigurosa economía».
La letra emitida en noviembre de 1830 por tres mil pesos que debía ser satisfecha por su apoderado y pariente «fue protestada. Afortunadamente el comerciante honrado a favor de quien había librado la letra, lejos de apremiarme, con una generosidad de que se dan pocos ejemplos en Europa, me ha ofrecido cuanto necesite», escribió al general peruano José Rivadeneira.
Ese «comerciante honrado» era el controvertido banquero Alejandro Aguado, lo que nos permite fijar en el año 1830 o comienzos de 1831 el inicio de una relación que se transformaría en amistad íntima y prolongaría para siempre. En la carta a Rivadeneira -compañero de logia en Cádiz y gobernador del Callao durante la campaña de la independencia peruana-, San Martín no menciona el nombre de Alejandro Aguado, y lo evita también en otras cartas a sus amigos americanos.
Volvería a citarlo en una carta a O'Higgins, al relatarle los dramáticos días pasados en 1832. En marzo de aquel año, al declararse en París la epidemia de cólera, San Martín, como hicieron otras familias burguesas, se trasladó a Montmorency, un pueblo próximo que tenía fama de ser «el más hermoso de las cercanías de la capital». Lo hizo acompañado de su hija Mercedes, una mucama -»criada» decía él- y su fiel servidor criollo Eusebio Soto. A pesar de las precauciones, «mi hija fue atacada del modo más terrible, yo caí tres días después. Afortunadamente el hijo mayor de nuestro amigo el difunto general Balcarce había llegado de Londres y sin sus esmerados cuidados habríamos sucumbido».
Mariano Balcarce tenía 24 años y era miembro de la legación argentina en Londres, a través de la cual el Libertador mantenía parte de su relación epistolar con sus amigos y compañeros de armas americanos. San Martín ya había programado «desde cinco años antes unir a mi hija al joven Balcarce». En diciembre de 1829 Mercedes y él se conocieron en Bruselas y el general escribió a Tomás Guido, ministro de Relaciones exteriores, para que concediera al agregado en Londres «licencia de dos años para pasar a París, siempre agregado a la legación, a fin de terminar sus estudios en esa ciudad». Después de instalarse en París con su hija y saber que Balcarce era nombrado funcionario del consulado en la capital, San Martín escribió en diciembre de 1831 a doña Dominga Buchardo, viuda del general Antonio González Balcarce, pidiéndole formalmente la mano «de su virtuoso hijo».
En junio de 1832, pasada la epidemia de cólera, el Libertador dejó Montmorency y regresó a París, donde se vio atacado «de una enfermedad gástrica intestinal que me ha tenido al borde del sepulcro». Fue entonces cuando recibió el auxilio de Aguado, que mientras duró la epidemia ayudó a gran número de militares, políticos e intelectuales españoles exiliados y convirtió en hospital su palacio de Petit Bourg. San Martín contó a O'Higgins que su «bienhechor» había sido «un tal Aguado, el más rico propietario de Francia, que sirvió conmigo en el mismo regimiento en España y a quien le soy deudor de no haber muerto en un hospital de resultas de mi larga y penosa enfermedad».
Veinticinco años antes San Martín y Aguado coincidieron por breves espacios de tiempo en el Campo de Gibraltar, en Cádiz o en Sevilla, y es posible que entonces se hayan tratado fugazmente, pero no es exacto que sirvieran en el mismo regimiento. Se encontraron en 1830 en la banca de Aguado en la calle Le Pelletier, cuando el Libertador necesitó resolver el inesperado problema económico que se le había presentado; en esa ocasión recordaron que tenían amigos comunes de la juventud, cuando San Martín, ya un militar veterano servía en Andalucía el regimiento de infantería Murcia con el grado de capitán y Aguado era apenas un teniente del regimiento de infantería Jaén. Los separaban siete años: el Libertador había nacido en 1778 y el hijo del conde de Montelirios en 1785. O es posible que el joven aristócrata andaluz, nombrado sargento mayor del 4º batallón de Voluntarios de Sevilla, coincidiera con el teniente coronel San Martín, del regimiento de caballería Borbón, en los homenajes que se dieron en la capital andaluza a los vencedores de Bailen. Pero, «amicus Plato sed major amica veritas», no fueron compañeros en el mismo regimiento en España. Quizás el Libertador confundiera al escribir aquella carta al joven Alejandro Aguado con su primo el coronel Carlos Aguado, del regimiento Borbón. Lo que hoy puede afirmarse es que la amistad entre el banquero y el Libertador se inició en París en 1830 y no en España.
Tal como estaba programado Mercedes y Balcarce se casaron el 13 de diciembre de 1832 y lo festejaron con los testigos del matrimonio, peruanos y chilenos, en el restorán de la burguesíaparisina de la época, «Chez Grignon». La pareja marchó inmediatamente para Buenos Aires y José de San Martín pasó la Navidad con la única compañía de su fiel servidor criollo Eusebio Soto.
Semanas después empezó a frecuentar el palacio de Daugny, en la calle Grange Bateliere, residencia de Alejandro Aguado y al iniciarse la primavera europea fue su invitado en el palacio de Petit Bourg, a orillas del Sena, veinticinco kilómetros de París. El banquero acostumbraba a invitar en él los fines de semana a varias decenas de amigos financieros, hombres de negocios, políticos, escritores, periodistas músicos y artistas de la Opera; el tout París. De este modo el Libertador conoció a las personalidades más destacadas del mundo económico y cultural -el banquero Rothschild, los compositores Rossini y Meyerbeer, el mariscal Soult, el escritor Balzac, el tenor Nourrit y las estrellas Fanny Elssler y Marie Tagliani- siendo presentado por el anfitrión Aguado como «el general de la República de las Provincias Unidas del Río de la Plata, capitán general de la de Chile y generalísimo de los Ejércitos del Perú». San Martín asistía de vez en cuando a las comidas y los multitudinarios bailes que se celebraban en el palacio de Petit Bourg, pero prefería acompañar a Aguado a la Opera donde el banquero y mecenas de la misma tenía el palco de avant scène y disfrutaba paseando a caballo su compañía por los bosques de sus palacios de Grossouvre y Petit Bourg o las orillas del Sena, o tomando unas copas de vino de Jerez o de Málaga. Recordaban los años en los que coincidieron en Andalucía: el teatro de Algeciras al que concurrían los militares durante el sitio de la colonia inglesa de Gibraltar, la tienda de la Taconera y el Café Cossi en Cádiz, los bailes y banquetes con los que Sevilla agasajó a los vencedores de Bailen. Alejandro le contaba su actuación en la batalla de Tudela, la terrible retirada desde allí hasta La Mancha, bajo la nieve, seguido de cerca por los franceses. San Martín le hablaba de cuando dejó Sevilla como ayudante del Estado Mayor del Ejército de la Izquierda, para defender Extremadura y las Torres Vedras portuguesas (donde conoció a los generales Beresford, y Crawford y a otros oficiales británicos que habían participado en las invasiones del Río de la Plata). En ese período Alejandro se había incorporado a las unidades españolas de José Bonaparte y como coronel del regimiento de lanceros luchado en Olivenza, Badajoz, Gévora, La Albuera, La Venta del Baúl, Salamanca y Vitoria. El Libertador era una de las pocas personas que tuteaba al banquero Aguado, quien se enorgullecía de ser amigo del «generalísimo de los Ejércitos de Chile y Protector del Perú». Tenían muy diferentes orígenes familiares, el uno hijo de un aristócrata andaluz, el otro de un campesino castellano que penosamente había llegado a ser capitán en las antiguas misiones jesuíticas; Aguado admiraba al estratega creador de tres naciones americanas, su honestidad -«es el único que no me ha pedido la bolsa»y su carácter reservado. San Martín al hombre de negocios, su creatividad y fulgurante rapidez en que veía las oportunidades de incrementar su inmensa fortuna, su gran generosidad, y desprendimiento cuando encontraba a una persona con problemas económicos. Habían seguido caminos divergentes por América y Europa durante veinte años de madurez, triunfos y expatriaciones. Tenían caracteres distintos y se complementaban. Los unía el que ambos habían sufrido y padecido la envidia y la marginación de sus semejantes por haber sabido vencer en las adversidades y situaciones límites, el uno como militar y el otro como financiero.
Por eso no hemos de extrañarnos que Aguado pidiera a San Martín lo acompañase cuando proyectó visitar España; habría sido un modo de pasearse por Madrid y Sevilla delante de aquellos «enanos» que los envidiaban, los criticaban y les temían. También por todo eso en 1840, al redactar su testamento, pidió al Libertador que aceptase ser el albacea testamentario y eventual tutor de sus hijos menores.
En el par de años que San Martín vivió solo, mientras su hija Mercedes y su yerno estaban en Buenos Aires, compró la modesta casa de campo de Grand Bourg, separada de los jardines del palacio de Petit Bourg por el Sena; el puente del Ris, construido por Aguado, enlazaba ambas orillas. Y adquirió también en una subasta judicial el edificio del Nº 1 de la calle Neuve de Saint Georg -cinco plantas, en el centro de la capital y a dos cuadras del palacio y oficinas de su amigo Aguado. Esta le costó 140.000 francos (la conservaría la familia hasta principios del siglo XX) y aquélla, la casa de campo, más familiar en la memoria de los argentinos, 13.500. La compra de ambas sólo fue posible gracias a la generosidad de su amigo Aguado, pues las rentas y jubilaciones del Libertador no lo habrían permitido.
San Martín tenía pues dos domicilios. Uno en París, donde pasaba los meses del frío invierno europeo, desde noviembre hasta abril, y otro, la casona de Grand Bourg, en Evry (muy cerca del aeropuerto de Orly, conocido para los argentinos-donde pasaba gran parte del tiempo entre mayo y octubre, viajando uno o dos días casi todas las semanas a la capital para atender sus compromisos. Setiembre y octubre eran los meses que prefería para hacer turismo. En los primeros años para tomar los baños en las termas de Aix en Saboya; luego, a partir de 1834 algún año acompañó a la familia Aguado a la playa de Dieppe o la de Biarritz, que los millonarios empezaban a poner de moda; otros, estuvo en la vendimia en Château-Margot, o al inicio de la primavera en el château de Grossouvre, dos grandes posesiones señoriales del banquero. En estas ocasiones convivió con el coronel Felipe Aguado, con Dolores, marquesa de Alventos y Manuela, hermanos de Aguado, que le gustaba estar siempre rodeado de su familia sevillana. Otros, en solitario, visitó Normandía, la Vendée, la Provence o los Pirineos Orientales.
En abril de 1842 Aguado murió repentinamente en Gijón, donde había ido a inaugurar la ruta de peaje que unía sus minas de carbón con el mencionado puerto. El banquero se proponía convertir aquella región, Asturias, «en el Manchester español» y las marismas del Guadalquivir en fértiles campos y nuevos poblados. Como en otros aspectos de la economía, en esos también Aguado fue un precursor.
La noticia de su muerte llegó a París seis días después y desde ese momento San Martín estuvo junto a la viuda y sus hijos. Fue uno de los que presidió el cortejo fúnebre desde el palacio a la iglesia de Notre Dame de Lorette y desde allí al cementerio del Père Lachaise, donde aún descansan en un hermoso mausoleo. Junto con él iban los tres hijos legítimos del difunto marqués así como el duque de Ducazes, en representación del Senado y el magistrado Debelleyne de los diputados. Seguían 18 carrozas cargadas de ramos de flores y más de sesenta coches de ministros, banqueros, políticos, escritores, compositores, bailarines y cantantes de la Opera y empleados de la Banca.
Seis meses después murió Bernardo O'Higgins, amigo y hermano de logia. Dos tremendos golpes que deprimieron a San Martín hasta el punto de pasar varios días en cama.
Antes de que esto sucediera, el notario Huilliers -que fue escribano de las familias Aguado y San Martín durante más de medio sigloabrióel testamento y se hizo público que el banquero nombraba a su amigo el general criollo albacea testamentario y tutor de sus hijos en tanto durase la minoría de edad y «deseando dejarle un recuerdo le lego mis joyas personales y la suma de treinta mil francos». De este modo el Libertador heredó los relojes de bolsillo, gemelos, alfileres de corbata, anillos y condecoraciones del «hombre más rico de Francia», como escribió Alejandro Dumas en su novela «El Conde de Montecristo». «Sin la más horrible nota de ingratitud yo no podía declinar esos cargos que la amistad más pura me ha legado; una vez satisfecho ese sagrado deber quedaré libre para disponer de mí y de mi futura suerte», escribió a su amigo chileno Ignacio Zenteno.
San Martín pasó a presidir el «Consejo de Familia» junto con M. Pelchet, arquitecto de los palacioslacios y otras numerosas propiedades de Aguado y M. Couvert, su apoderado en el Banco y en la Opera, y se ocupó durante tres años de ejecutar la sucesión testamentaria. Tuvo de negociar con los banqueros Rothschild y Lafitte, vendió las minas de Asturias al marqués de Riansares, esposo de la ex reina española María Cristina, garantizó las herencias dejadas por el banquero a Alexandrina Fijan, ex bailarina del ballet de la Opera y a Luis Alfredo, el hijo que tuvo con ella; remató los siete mil ejemplares de la biblioteca y subastó los 385 cuadros de la Galería Aguado, la colección privada más famosa de Francia. Una operación en la que se cometieron muchas torpezas, ya que, valorada en tres millones y medio de francos se vendió en sólo seiscientos mil. Hoy sumarían varias decenas de miles de millones de dólares, pero no están a la venta. Los Murillo, Velázquez, Greco, Ruben, Rembrandt, Rafael, Corregio, Caravaggio y Da Vinci, que había reunido Alejandro Aguado, se encuentran en los museos de Londres, Nápoles, Dublín, Dresde, San Petersburgo, París, Nueva York y en otras ciudades de Europa y América.
San Martín concluyó su sagrado deber en 1845 y se tomó unas largas vacaciones visitando Italia. En ese tiempo la flota anglo-francesa agredió a la Confederación Argentina. El Libertador se ofreció a don Juan Manuel de Rosas para servir de nuevo a la patria, y lo hizo entrevistándose en París con ministros y diputados y escribiendo cartas en la prensa británica y gala, dando a conocer de ese modo a los políticos y opinión pública de las dos potencias europeas el grave error que estaban cometiendo. Por entonces lo visitó el general chileno Juan Manuel Iturregui: «En los doce años que habíamos dejado de vernos ( en París) se había extenuado y acabado de una manera extraordinaria. Su situación económica había mejorado notablemente como consecuencia del valioso legado que le había dejado su amigo, el famoso banquero Aguado».
En 1848 se produjo la revolución y fue derrocado el rey Luis Felipe. San Martín era amigo de alguno de los dirigentes republicanos, pero desde 1808, cuando los revoltosos asesinaron en Cádiz a su admirado jefe, el general Solano Ortiz de Rosas, marqués de Solano, odiaba a «la chusma». Abandonó París y se fue a Boulogne-Sur-Mer, en el Canal de la Mancha, frente a las vecinas costas inglesas, donde murió el 17 de agosto de 1850-El año anterior su yerno había vendido la casa de campo de Grand Bourg, junto al Sena, donde pasara hermosos días cerca de su amigo el banquero Alejandro Aguado, marqués de las Marismas.
(*) Autor de la biografía « Alejandro Aguado. Militar, banquero y mecenas». Editorial Edibesa. Madrid.




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