Poco feliz fue la respuesta de los funcionarios argentinos a un consejo que brindó, en agosto pasado, el vicepresidente colombiano Francisco Santos. Se dijo entonces que el visitante venía a «vender su producto» (ya la sugerencia implicaba una política). ¿Qué había dicho el segundo de Colombia? Aproximadamente, sostuvo que si la Argentina no reaccionaba ante el aluvión de secuestros al azar que se sucedían, pronto tendría problemas. Ya que -expresó- del voleo en la captura (a la salida de un colegio privado, de una empresa o en un barrio caro) se pasa a la inteligencia criminal, las bandas se organizan, planifican y luego reclaman recompensas extraordinarias al tiempo que pueden guardar a la víctima durante mucho tiempo. Se decía ayer que Néstor Kirchner estaba preocupado por la magnitud del rescate exigido por la libertad de Patricia Nine (un millón y medio de dólares), ya que el pago de esa suma supone graves derivaciones. Más debió inquietarse cuando desatendió -al igual que sus funcionarios- la reflexión del colombiano.
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Tan ajeno a esta realidad estaba el gobierno que no incluyó en el Presupuesto un aumento para la seguridad (sí para otros rubros) ni tampoco tomó nota de la inestabilidad creciente en la conducción del tema en la provincia de Buenos Aires, quizás el área más afectada del país: según un trabajo de Nueva Mayoría, en el último lustro hubo un ministro de Seguridad cada 5 meses y medio, y un jefe de Policía cada casi 7 meses. Sólo pareció interesarse en la cuestión -finalmente, dañaba sólo a los sectores de mayores recursos- cuando Kirchner se desmoronó en las encuestas, advertencia de la gente que ni siquiera en su momento entendía un experto como Eduardo Duhalde. Quien dijo: «No alcanzo a entender cómo, cuando la economía funciona tan bien y la gente tiene dinero en los bolsillos, la imagen del Presidente se cae 30 puntos». Era obvio, también para él en ese interrogante, que la inseguridad teñía la voluntad negativa de la población.
El gobierno decidió maquillarse, cambió ministros, amenazó con más tiempo dedicado a la materia y hasta dejó traslucir que -»harto el Presidente por los secuestros», según transmitían sus voceros oficiosos del periodismo- hasta podría modificar su política garantista. Al menos, se descubrió que ésta ya no era negocio. Se habló inclusive con grandes medios y, para evitar pánico, algunos episodios no aparecieron y otros fueron postergados a páginas interiores -como el último fin de semana- mientras el responsable de Seguridad bonaerense hasta se permitía ir a masajearse a Punta del Este el pasado fin de semana.
Ahora, con 6 secuestros denunciados por Juan Carlos Blumberg, otros frustrados o abandonados, la inquietud superior del gobierno es por el caso Nine, presagio de operaciones mayores en el futuro: se teme por el plagio de otros delincuentes, por el mínimo esfuerzo para conseguir grandes sumas, etc. Lo que pasó en Colombia, o en otras partes, y no se quiere mirar. Pero, para ser justos, no es sólo una cuestión de desidia lo que hoy ocurre; también se predica con el recuerdo de una cultura que hizo, del secuestro, una forma de vida política, de progreso revolucionario, como la acción pasada de Montoneros. Ellos anticiparon estos casos Nine (con más volumen y ganancias, claro); a estos precursores todos los días se los alaba desde el gobierno como parte de una «generación sacrificada», y esa nostalgia hasta sirve para replicar al primado de la Argentina, Jorge Bergoglio, quien pidió modestamente -ante medio millón de personas, en Luján- que no se observe la historia con un solo ojo. Y esa mirada peculiar, sectorial, por ahora no recoge secuestros violentos de entonces (con varios crímenes incluidos, claro, como el del chofer de Jorge Born), más bien hasta los podrían festejar como varios hombres de esta administración. Si en aquella época, como ahora los secuestradores de Nine, hasta se esforzaban por batir el récord de recaudación por privar de libertad a la gente. De aquellos polvos, estos lodos. Al menos, es lo que podría decir el vicepresidente colombiano Santos al que el gobierno argentino descalificó asegurando que trataba de vender un producto.
• Nueva religión
De cualquier manera, como el gobierno es hijo lejano no de un literato español sino de un general cazurro, una nueva actitud surge en la parálisis para no quedar descolocado frente a los secuestros: las palabras que Aníbal Fernández le puso a Kirchner en la boca -»vamos a ir a buscar a los delincuentes, no a esperarlos»- es la nueva religión. Ayer se demostró en un operativo: antes de llegar al pago del rescate, procedió la Policía y detuvo a una docena de bandoleros. Parece una novedad y un riesgo que el Presidente no quería atravesar, pero las encuestas y la realidad (como diría su mentor originario) le cambian la mano blanda, filo garantista, convicciones del pasado que dormirán en las escalinatas de la Casa de Gobierno porque él también, ahora, está «descarnado» (descripción propia de Perón tras los episodios de Ezeiza). Nada hay más importante que el pellejo de uno o su seguridad personal.
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