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Corte rara
Va en aumento la sorpresa del país moderado al conocerse detalles del pensamiento de la letrada y candidata a integrar la Corte Suprema, Carmen Argibay. Más allá de la habilidad publicitaria del gobierno para imponer -sobre todo usando prensa adicta- la creencia, para nada probada, de que «cuenta con más de 80% de opinión a favor en el país», la realidad es que las medidas de Néstor Kirchner cada vez alarman a más gente. Estamos en el caso ya bastante visible de un gobierno que asumió sin mostrar nunca sus intenciones e ideas, simple-mente por decisión de Eduardo Duhalde, que eliminó elecciones internas en el justicialismo y puso sus candidatos y aparato a favor de la proclamación de Kirchner, aunque en definitiva presidiera con sólo 22% de los votos desde un segundo puesto. Si se mide el total de los argentinos -tras una abstención electoral récord en los últimos 75 años-, sólo uno de cada 17 habitantes votó al presidente. Con este clima que le da la prensa obsecuente y figuras públicas beneficiadas, más el cerco político de elogios de quienes lo invocan desde minorías relegadas para encumbrarse, el gobierno se cree habilitado para cualquier imposición al conjunto ciudadano. La jueza Argibay Molina se ha proclamado ideologizada de izquierda, pro aborto -quizá porque nunca fue madre ni estuvo casada-, atea y «progre», con términos de antimenemismo, rebelde y «liera» (sic), ostentosa a nivel de pedir que «no me consideren diva» (sic). O sea, lejos de todo término de representar a la Argentina media. Por si faltara poco, fue compañera de cámara y se proclamó amiga, en una locuacidad nada elogiable, de Eugenio Zaffaroni (que ha pasado a ser casi un santo ingresando en la Corte ante esta letrada que asumirá en el más alto tribunal del país). Después de lo observado, nadie cree que sea serio -y menos decisivo-el voluntarismo sin obligación constitucional del gobierno de exponer ante la opinión pública para objeciones ciudadanas los antecedentes del candidato que el kirchnerismo propone para la Corte. Se ha comprobado que Kirchner nunca retrocede y lo considera un deshonor frente a una decisión tomada.

• Carencia
Argibay y Zaffaroni comparten una carencia que suele llevar alegremente a veces al garantismo hacia los delincuentes: en la vida siempre fueron responsables de sí mismos, no de una familia en algún instante o de un hijo. Es una carencia grande, muy grande, para representar la instancia última de una sociedad, aunque la izquierda criolla utópica se rasgue las vestiduras ante estos argumentos de tipo «familiero» de «las burguesías», como se las llama desde el marxismo.
En la Argentina centroizquierdista de estos días, un asesino común puede salir de una cárcel con permiso y robar o matar, como se da frecuentemente; un general como Bendini puede referirse mal a una colectividad tan importante como la judía en el país. En esos casos no pasa nada. Pero un general es automáticamente sancionado si, dentro de su función, pide a un juez federal que deje pasar las fiestas con su familia a militares sólo procesados -no sancionados- por la forma de reprimir la subversión de los años '70. Hay una impiadosa razón en todo esto y es lo mismo por lo cual el presidente Kirchner quiere una Corte Suprema con «mayoría automática progre» con las designaciones de Zaffaroni (como arrepentido) y de Argibay (que perdió la imparcialidad en 1976 al ser detenida durante 9 meses por el Proceso sin que ella «sepa por qué», según declara). Esa impiadosa razón es la llegada al poder político del país de hombres y asesores que arrastran el complejo de una actuación menguada, algo que es peor en otros, traiciones dentro de la subversión de los '70. Por esos complejos reivindicatorios el país es permanentemente llevado a mirar hacia atrás. Inclusive por lo mismo se ha tenido que «teñir de parcialidad política 'progre'» a la Corte Suprema y sobre todo para los intereses en juego. Con penalistas que justifiquen lo difícil de explicar: eliminar leyes que permitan juzgar hacia atrás. Algo aberrante.

