24 de junio 2003 - 00:00

Suicida iraní se despidió de su madre antes de volar AMIA

El diario español «El Mundo» publicó ayer la síntesis más amplia que se haya conocido del informe que preparó la SIDE argentina bajo la administración de Miguel Angel Toma con detalles sobre cómo se perpetró el atentado a la mutual judeo-argentina AMIA. La existencia de ese informe la adelantó este diario en enero pasado, cuando la SIDE le entregó una copia al tribunal oral que juzga a la conexión local de ese atentado. La central de espionaje entregó ese informe clasificado como «secreto» en una versión que tiene 1.600 páginas para conocimiento exclusivo y reservado de las partes que intervienen en ese juicio. La publicación de «El Mundo» afirma que la versión del informe a la que accedió tiene sólo 1.000 páginas, pero la revelación es grave porque las personas que tuvieron alcance a ese texto son muy pocas -los funcionarios de la SIDE, querellantes y querellados del juicio y los magistrados-. Hasta anoche, no se había pronunciado el titular de la SIDE, Sergio Acevedo, sobre esa publicación.

La voladura de la AMIA fue el segundo atentado en importancia producido en la Argentina después del ataque a la Embajada de Israel. Durante nueve años, la SIDE investigó el caso y elaboró un informe que fue adelantado por Ambito Financiero en enero. Ahora, el diario El Mundo de España publica los detalles de esta investigación, que muestra paso a paso cómo se planeó y ejecutó el atentado.
La voladura de la AMIA fue el segundo atentado en importancia producido en la Argentina después del ataque a la Embajada de Israel. Durante nueve años, la SIDE investigó el caso y elaboró un informe que fue adelantado por Ambito Financiero en enero. Ahora, el diario "El Mundo" de España publica los detalles de esta investigación, que muestra paso a paso cómo se planeó y ejecutó el atentado.
Madrid - Un informe de la SIDE, la Secretaría de Inteligencia del Estado argentino, concluye después de nueve años de investigación, que los máximos dirigentes de Irán estuvieron detrás de dos sangrientos atentados contra intereses israelíes en Buenos Aires. Según estos datos, a los que este periódico ha tenido acceso, el éxito del ataque a la Embajada de Israel en la capital argentina, el 17 de marzo de 1992 -30 muertos y más de 200 heridos-les había envalentonado. Por eso acordaron hacerlo de nuevo. La decisión de atacar por segunda vez se tomó entre las 14.30 y las 18.30 del día 14 de agosto de 1993 en la sede del Consejo Supremo de la Seguridad Nacional, en la ciudad iraní de Mashad, por el máximo líder de la revolución, Khamenei, el presidente Rafsanyani; el ministro de Asuntos Exteriores, Velayati; el jefe de la Inteligencia y Seguridad de Khamenei, Hijazi, y el ministro de Inteligencia, Fallahian.

El coronel de la Inteligencia iraní, Wahidi, comandante de la unidad Al Quds (Jerusalén) de la Guardia Revolucionaria, fue quien propuso el objetivo concreto: el centro de la comunidad judía AMIA,
un edificio de ocho plantas situado en Buenos Aires.

Estaba acompañado en esa reunión por Ahmad Reza Ashgasi, que más tarde sería el consejero político de la embajada iraní en Buenos Aires, y Mohsen Rabbani, el consejero cultural de dicha embajada, ambos miembros activos de la Inteligencia iraní. El atentado fue cometido por la rama de actividades en el exterior, Overseas Operations Unió, de Hizbollah. Esta organización entrenó, guió, asistió económicamente y dio asistencia técnica al autor material, Ibrahim Husein Berro, perteneciente a las milicias de Hizbollah con sede en el sur del Líbano.

Llamada

En la mañana del 18 de julio de 1994, cuatro horas antes del atentado, Husein hizo una llamada a su familia en el Líbano para despedirse en la que les anunció que «iba a reunirse con su hermano», otro miembro de Hizbollah que se suicidó en agosto de 1989 en un ataque con coche bomba contra las fuerzas israelíes estacionadas en el sur del país. Casi dos meses después del atentado en la Argentina, el 9 de setiembre de 1994, Radio Nour, una emisora libanesa cercana a Hizbollah, anunció que Husein Berro, uno de sus guerrilleros, había muerto en una acción armada en el sur del Líbano, intentando encubrir de esta manera su desaparición.

El atentado fue considerado por los iraníes como un éxito absoluto. Demolieron el edificio de la AMIA matando a 85 personas e hiriendo a más de 250. Nadie reivindicó lo sucedido. Nunca se consiguió detener a los culpables, que continúan libres en total impunidad. El 14 de agosto de 1993, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional se reunió en la ciudad iraní de Mashad y el propio Khamenei dictó la fatwa (la sentencia religiosa inapelable e irrevocable) para atacar de nuevo en la Argentina a los judíos. El ministro de Inteligencia, Fallahian, fue designado como el coordinador general del atentado. Para llevarlo a cabo señalaron al mismo grupo de Hizbollah que tanto éxito había tenido al llevar a cabo el atentado contra la embajada israelí en 1992.

Para llevar el proyecto adelante recibió apoyo de las células durmientes que ya se habían situado en el punto de encuentro geográfico entre la Argentina, Paraguay y Brasil y en el barrio de Floresta de Buenos Aires. Se estableció un plan de actuación meticuloso y se nombraron los responsables de las distintas fases de la operación. El ministro de Inteligencia, Fallahian, designó a Hamid Kamal, cuyo verdadero nombre era Husein Maki, a la cabeza de una unidad operativa de elite denominada 240. Se trataba de una filial de la Inteligencia iraní encuadrada en el Ministerio de Asuntos Exteriores. A su vez, el ministro tenía como ayudantes a Mohamed Ahmed y a Azizi, que fueron los encargados de las tareas de limpieza y desinformación. Por su parte Rabbani quedó encargado de coordinar todo el aparato logístico. Para llevar a cabo su tarea nombró a un ayudante, Hamid Nagashan, cuyo verdadero nombre era Kafashian. El comando operativo de Hizbollah tuvo como responsable a Imad Moughniye, uno de los terroristas más buscados del mundo, inventor de los hombres-bomba y autor, entre otras, de la matanza de 250 estadounidenses en el Líbano. Su cabeza tiene para Washington el precio de 25 millones de dólares. En la operación argentina le ayudó su subalterno Abu Nahib. El grupo tenía su base de entrenamiento en el Líbano y Siria. En la actualidad, los campamentos de Hizbollah se han trasladado en secreto a la localidad siria de Zavdany. Según el informe de la seguridad argentina, Siria conocía los preparativos del atentado en la Argentina. La mejor prueba de que el atentado contra la comunidad judía en Buenos Aires se convirtió en un asunto de Estado para los iraníes fue que involucraron en su ejecución a ministros de muy diversos ramos. Era como si se quisiera remarcar que todos estaban en la misma tarea. Ali Pavvaresh, por ejemplo, ministro de Educación, encabezó una delegación iraní que visitó la Argentina entre el 3 y el 6 de diciembre de 1993. Su cometido oficial era una visita parlamentaria. En realidad fue el encargado de supervisar toda la operación y revisar sobre el terreno las posibilidades de éxito. Era quien tenía que dar la luz verde. La elección de la Argentina como campo de operaciones para atacar intereses israelíes estuvo marcada por varios factores. Era un país con dos extensas comunidades judía y musulmana. El Ministerio de Propaganda y Cultura islámica iraní tuvo muchas facilidades para establecer una red de mezquitas, centros culturales y recreativos en los que las células durmientes de Hizbollah podían funcionar con relativa seguridad. De esto se encargaría esencialmente un hombre de la Inteligencia iraní que actuaba bajo la cobertura de difusor de la cultura islámica, Mohsen Rabbani. Fue el primero en llegar a la Argentina, el 27 de agosto de 1983, y el último en marcharse, mucho después de haberse cometido los atentados, en 1998. Cuatro meses antes del ataque suicida contra AMIA, el 3 de marzo de 1994, recibió la inmunidad diplomática, un pasaporte diplomático como agregado cultural y la residencia permanente.

Otro de los factores que más influyó para elegir un objetivo en la Argentina fue el grave distanciamiento que se produjo entre Buenos Aires y Teherán a raíz de la ruptura unilateral, por parte argentina, del tratado de cooperación tecnológica por el que se estaba ayudando a Irán a desarrollar un programa nuclear con fines pacíficos. La sospecha de que Khamenei pretendía utilizar el sofisticado material y los recursos proporcionados por la Argentina para activar un programa de armamento nuclear llevó a suspender el convenio de cooperación. La ruptura se materializó el 11 de noviembre de 1991, cuatro meses antes del primer atentado, contra la embajada israelí. La labor de Mohsen Rabbani, al final de los años '80, fue fundamental para crear una infraestructura adecuada de vehículos, pisos de acogida y lugares de encuentro, para que pudieran instalarse células durmientes sin que levantaran sospechas.

En 1998, cuatro años después del atentado de AMIA, abandonó la Argentina y reapareció en España, en donde se perdió su pista
. El último dato público que se tiene de él es una dirección postal de Teherán, P.O. Box 19395, 6767. Una radio, «La Voz de la República Islámica» de Irán, recomendó, en el año 2000, que se enviaran allí los ensayos de los oyentes bajo el lema «Todo lo que sé del Islam para un espacio en castellano», Conociendo el Islam, que presentaba Mohsen Rabbani, director y editor de las revistas «Kuazar» y «Az Zaqalain». Como parte de la infraestructura que utilizó Irán para poder llevar a cabo sus atentados, estaba la compañía Iranian Shipping Lines, patrocinada y dirigida por el Ministerio de los Guardianes de la Revolución. A través de esta naviera se consiguió solucionar uno de los problemas más graves de logística: introducir en la Argentina una gran cantidad de explosivos. En 1987 se compró una partida de TNT, en medios controlados por traficantes de droga de Colombia, que se embarcó en Venezuela, en un buque de la compañía naviera citada rumbo a Brasil. Tardaron tres años hasta que consiguieron, en 1990, que el explosivo llegara finalmente a la Argentina, donde fue guardado cuidadosamente en lugares seguros, alquilados previamente por Rabbani. Los encargados del transporte del explosivo fueron Hamid Nagashn y Alu Bund Brot.

• Figura

Una de las figuras clave de la trama es el que fue en la época de los atentados embajador de Irán en la Argentina, Hadi Suleimanpour. Había desempeñado anteriormente el mismo puesto en España, donde había sido responsable de las células durmientes de Hizbollah en nuestro país, especialmente establecidas en Zaragoza y Valencia. De hecho, manejaba desde Madrid todos los servicios de Inteligencia iraníes para Latinoamérica.

El 2 de junio de 1991 llegó a hacerse cargo de la embajada iraní en la Argentina. Participó desde su puesto en la preparación de los dos atentados. Salió del país dos días antes del atentado contra AMIA, el 16 de julio de 1994
.

La misma fuga apresurada y en la misma fecha la hicieron a la vez los embajadores iraníes en Uruguay y Chile. Rabbani, que sería uno de los hombres clave en el ataque suicida de Hizbollah contra AMIA, participó de forma directa en el atentado previo de 1992. Se interesó personalmente a principios de ese año por el alquiler de una furgoneta Renault Trafic con capacidad suficiente para poder instalar en su interior los explosivos. Alquiló finalmente una el 24 de febrero, en el número 7575 de la avenida Juan B. Justo, de Buenos Aires.

Dos semanas antes del atentado la acondicionaron y la depositaron en un aparcamiento que estaba a mitad de camino entre la mezquita a la que acudía todos los días y la Embajada de Israel. El 17 de marzo, tan sólo dos horas antes de la hora marcada para materializar el atentado, cargaron los explosivos en la furgoneta. Tras la explosión, que mató a 30 personas, comenzó a trabajar el equipo de limpieza de la embajada iraní que se dedicó a dejar pistas falsas, limpiar huellas e intoxicar a los medios de comunicación y a los investigadores. El hecho de que el gobierno argentino no se mostrara muy dispuesto a desentrañar lo que había sucedido facilitó que Mohsen Rabbani se envalentonara. Se permitió el lujo de quedarse en el país, sabiéndose inmune, hasta el 23 de diciembre de 1992. Nadie hizo nada por detenerle, a pesar de los indicios claros de que la embajada iraní estaba mezclada con el atentado.
En marzo de 1993 volvió a la Argentina, esta vez vía Paraguay, el mismo camino que tomaría meses después el suicida de Hizbollah. El 7 de junio se interesó de nuevo por el alquiler de una furgoneta como la que había utilizado para el atentado anterior. Una semana más tarde, el 14 de junio, sacaron de su escondite una buena parte de los explosivos y los trasladaron a un lugar más asequible. El transporte se hizo en un coche Peugeot, con placa de identificación 1943, perteneciente al personal del Centro Cultural Iraní que dirigía Rabbani desde su oficina de la Consejería Cultural de la Embajada, situada en el décimo piso del número 847 de la calle Esmeralda de Buenos Aires. El 18 de junio, cuatro días más tarde, Rabbani salió del país rumbo a Irán previendo que podían haber seguido sus pasos. El 21 de junio de 1993 Ashgasi, que era el tercer secretario de la embajada iraní en la Argentina, fue ascendido a consejero político. Su verdadero trabajo era el de oficial de Inteligencia. Desde su puesto sería el enlace iraní sobre el terreno de toda la operación y se convertiría en este sentido en el jefe directo de Rabbani.

A principios del mes de junio llegó a la Argentina una serie de correos diplomáticos. Fueron seis y su misión era simplemente la de despistar para que pasara inadvertida la visita de uno de ellos, Ali Bahash Asadi, cuya misión era inducir a error a los investigadores
. El 23 agosto de 1993 Ashgasi, el encargado de asuntos políticos de la embajada, volvió a Buenos Aires. El 13 de noviembre del '93 hay constancia de que Rabbani intentó de nuevo alquilar un coche. El 15 volvió a interesarse por un modelo concreto. Se sabe que el coche se alquiló entre el 3 y el 6 de diciembre pero no hay evidencia clara de quién lo alquiló. De hecho, en relación con el coche utilizado para el atentado, existe un proceso abierto en la Argentina contra ciudadanos de aquel país, ex policías del aparato represor de la dictadura. Desde el primer momento se manejaron datos sobre la posible conexión argentina en la ejecución del atentado. La participación de personal local fue mínima -traslado del coche, una furgoneta blanca Renault Trafic, por ejemplo, que luego se emplearía en la matanza- y sirvió esencialmente para crear pistas falsas que despistaran a los investigadores y alejaran las sospechas sobre ciudadanos iraníes.

• Suceso

En la primavera de 1994, antes del atentado de AMIA, tiene lugar un suceso que no es conocido por la opinión pública, pero que está a punto de hacer fracasar toda la operación de la Argentina. Hizbollah se siente lo suficientemente fuerte como para llevar a cabo varios atentados a la vez en diversas partes del mundo. El éxito de 1992 con la voladura de la embajada israelí en Buenos Aires les lleva a pensar que pueden intentarlo en otros lugares. Ese mismo año, miembros de Hizbollah, apoyados por la embajada iraní en Alemania, asesinan a cuatro activistas kurdos en la cafetería Mikonos de Berlín. La investigación de las fuerzas de seguridad alemanas no concluirá hasta el año 1997. Responsabilizan sin lugar a dudas del atentado a las autoridades iraníes. Pero el suceso más grave tiene lugar a comienzos de 1994, concretamente en la capital de Tailandia. Un incidente fortuito arruina toda una trama preparada minuciosamente durante años de trabajo. El día previsto para un macroatentado, el kamikaze que tiene que llevar la furgoneta con los explosivos hasta la Embajada de Israel en Bangkok tiene un accidente de tráfico. Se asusta y huye del lugar, dejando allí toda su carga mortal, que es inmediatamente descubierta por la Policía. El presunto suicida nunca fue encontrado. De cualquier manera la operación de Hizbollah en la Argentina estaba tan avanzada que el fracaso de Bangkok no les amilanó. En diciembre de 1993 el ministro de Educación había dado la luz verde tras comprobar in situ el operativo. Todo estaba listo y sólo faltaba que se diera la orden de ejecución. Esta se demoraría aún seis meses. En junio de 1994 llegaron seis correos diplomáticos iraníes a Buenos Aires. Se produjo un movimiento inusitado de personal iraní y se multiplicaron las comunicaciones telefónicas con Teherán. Sólo ese dato ya tendría que haber puesto sobre aviso a los encargados argentinos de la seguridad. El 31 de mayo de 1994, es decir, 48 días antes del atentado, miembros del SIDE, el servicio secreto argentino, adscritos al Ministerio de Exteriores, recibieron un cable de la Embajada de la Argentina en el Líbano en el que se advertía del riesgo de un posible atentado. Una radio libanesa había difundido un mensaje de uno de los líderes religiosos en el que se decía que pronto se iba a demostrar que los combatientes de Hizbollah «iban a generarle un problema a Israel», que el frente se «iba a extender a todo el mundo» y que los combatientes musulmanes ya habían demostrado que sus manos podían llegar a la Argentina.

El embajador de este país en Libia, Juan Angel Faraldo, envió otro cable haciendo referencia a una información publicada en el periódico local «L'Orient-Le Jour» en la que se recogían de nuevo las palabras del líder espiritual de Hizbollah, Mohamed Fadlallah, afirmando que «los combatientes musulmanes» habían probado «que sus manos» podían «llegar a la Argentina». La existencia de estos cables no llegaron a manos del juez federal encargado del caso, Juan José Galeano, hasta 1997. Sea como fuere, el posible alerta desatado por esos cables no surtió efecto. Por toda respuesta, la SIDE solicitó de los jueces en junio intervenciones telefónicas a cuatro miembros de la embajada iraní. Las transcripciones de esas grabaciones nunca han salido a luz pública. El hecho es que el día del atentado sólo estaban custodiando el edificio del AMIA tres agentes. En el momento del atentado, dos se habían ido a un café de la esquina y el tercero permanecía en un vehículo que apenas tenía gasolina.
El 8 de julio de 1994, el agregado de asuntos políticos de la embajada iraní en Buenos Aires salió apresuradamente de la Argentina. Apenas llevaba por todo equipaje un maletín con documentos. Ibrahim Husein Berro, el combatiente de Hizbollah autor del atentado, entró en Buenos Aires vía Paraguay, donde un miembro durmiente de su organización le había dado asilo en su casa. El día 18, muy temprano, llamó por teléfono al Líbano para despedirse de su familia. Poco después de las 9.00 recogió el vehículo en el que previamente se habían depositado casi 500 kilogramos de TNT y que se mantuvo estacionado tres días cerca de la calle Pastel donde se encontraba la AMIA. A las 9.53 lo hizo explotar junto a la entrada principal. El informe oficial en el que se recogen todas estas informaciones reúne en 1.000 páginas la investigación de nueve años de trabajo.

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