Alejandro Kuropatwa (1956-2003) murió hace 20 años y la comunidad del arte demuestra que no lo ha olvidado. Kuro, como le decían sus amigos, es recordado por quienes reconocen que la expresividad de sus fotografías resulta incomparable. En el Malba lo homenajean en estos días con la muestra “Cóctel”. La foto, que data de 1996, integra la colección del Museo y pertenece a la serie que celebra la droga AZT. A Kuropatwa le habían diagnosticado Sida en 1987 y sus esperanzas de supervivencia eran escasas. Pero con el “Cóctel” recuperó durante años su salud, situación que se reflejó en su obra. Sus melancólicas tomas en blanco y negro fueron mutando a un color restallante. Durante casi dos décadas miró la muerte de reojo, pero nunca abandonó su trabajo. Por el contrario, Roberto Jacoby afirmó que cuando supo que iba a morir, no se dejó estar y creó el grueso de su producción artística.
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La muestra “Cóctel” es un auténtico homenaje. Los protagonistas de la exhibición son las cápsulas, los brillantes blísters vacíos, el dosificador, las grageas azul cobalto, la batería de medicamentos que prolongarían su vida y la de muchos de sus amigos. Las fotos están montadas sobre aluminios y envueltas en plásticos, reiterando de este modo el llamativo packaging de las drogas. Hubo otra muestra en la galería Ruth Benzacar, que fue un éxito. En un autorretrato de corte autobiográfico se lo veía comulgando, recibiendo la medicación como si fuera una hostia, tomando la dosis de salud en cuotas. Luego, el tono emotivo de la exhibición estaba representado por una rosa erguida, coronada por una cápsula. La flor aparece como un símbolo emblemático y victorioso, aunque perecedero a la vez, de la soberanía de la vida sobre la muerte.
El Malba presenta la imagen de una cuchara con una cápsula verde, junto a un texto de la crítica María Gainza, un fragmento del excelente catálogo de la muestra que le dedicó el Museo en 2005, “Kuropatwa en Technicolor”. “Cuentan las leyendas que Alejandro Kuropatwa fundó un imperio del swing”, escribe Gainza. “Que quienes lo conocieron lo sintieron pasar como una ráfaga de nardos, un buque de guerra victorioso, un ser que iba derramando purpurina mientras acotaba: ‘querida, no hay que burlarse del kitsch, es importante en la vida de la gente’, y que hacia el final de sus días, imitando el acento gallego, solía repetir: ‘pues anda hijo, aunque sea vive por curiosidad’. Lo cierto es que Kuropatwa, el hombre, fue más complejo que el emperador, fue la suma abarrotada y atolondrada de todas las voces que hoy lo recuerdan, pero además fue un artista que plasmó, como pocos, el temperamento de su época. La imagen de la Argentina posdictadura: de los excitados años 80, de la euforia creativa de esos días y –por sobre todo- de esas noches, y de cómo en los años 90 bajó la espuma, tanto que para sobrevivir no quedó más opción que reinventarse”.
Estupendo retratista, para Kuropatwa posaron desde Pavarotti hasta María Luisa Bemberg, su estilo dúctil y flexible oscilaba entre el drama, la nostalgia y el humor, reflejaba una sensibilidad exacerbada y una personalidad llena de contrastes. Ganó fama con memorables retratos femeninos, mujeres glamorosas mayormente que, en todos los casos, suscitaron su admiración. “A Petra de Montigny la conocí en Punta del Este y me fascinó, no podía dejar de fotografiarla” -contaba, y un detalle de ese encuentro lo pinta de cuerpo entero-. “Después de haber bebido una cantidad respetable de champagne ella se sentó al piano y cantó Lili Marlene en alemán, sin cometer ni un sólo desliz. Yo no sabía cómo decirle lo maravillosa que me parecía, no encontraba palabras suficientemente elogiosas. Entonces fui, corté un enorme ramo de hortensias que había en la casa del vecino y se las arrojé a sus pies”.
En 2014, la galería Vasari presentó la muestra “Fuera de Foco”, apenas ocho imágenes en blanco y negro. El artista tenía 47 años y sobrado talento cuando murió, pero en el vernissage no se habló de la muerte, se habló de la condición casi abstracta de esas fotos, el contraste entre la luz y las sombras y el grato clima envolvente. Manipulando la ampliadora, Kuropatwa elaboró el desenfoque, esfumó los contornos y tornó irreconocibles los personajes, lugares y cosas. En sus formas desdibujadas, el “blur” o efecto borroso, cumple el papel de metáfora del olvido. La asombrosa simplicidad de las composiciones, fuerzan la imaginación del que mira y los personajes, reducidos casi a una silueta, abren un mundo de conjeturas.
Las imágenes no tienen títulos y Kuropatwa tenía 25 años cuando tomó esas fotos. Recién ingresaba en la Parsons School of Design de la New York University cuando en el universo de sus imágenes apareció el encanto surgido de las sombras.
La presencia fantasmal de esa serie de fotos, es comparable aunque con un carácter muy diferente, a la posterior y dramática “Treinta días en la vida de A” curada por Marta Nanni. Ambas presentan un abierto contraste con la nitidez de “Cóctel” y con las memorables imágenes de “Mujer”. (Miguel Rodríguez Arias filmó la obra completa y, su hermana, Liliana Kuropatwa, comparte el tráiler: https://youtu.be/0cwBcWipqqA)
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