18 de marzo 2026 - 11:22

El riesgo del poder sin límites

Cuando el poder pierde sus límites, el riesgo deja de ser solo económico. Los mercados pueden atravesar crisis, pero no sobrevivir a la arbitrariedad permanente. Cuando las reglas dejan de ordenar la economía y la política también se debilitan los marcos simbólicos que sostienen la vida colectiva. En ese vacío emerge una figura cada vez más frecuente en la escena contemporánea, el amo-sádico, un poder que deja de reconocer al otro como límite y que convierte el daño en instrumento. La consecuencia no se expresa sólo en la economía occidental y global, también en el aumento de la angustia, la incertidumbre y el deterioro de la salud mental en general.

Jeffrey Epstein y su esposa Ghislaine Maxwell

Jeffrey Epstein y su esposa Ghislaine Maxwell

Imagen: Telemundo

Los mercados pueden tolerar volatilidad, inflación, ciclos recesivos e incluso crisis financieras. Lo que no pueden absorber indefinidamente es la erosión del límite institucional. Cuando el poder político o económico comienza a ejercerse como voluntad personal y no como función regulada por reglas, el problema deja de ser ideológico para convertirse en un riesgo sistémico.

Algo similar ocurre en el plano de la salud mental. La vida psíquica también necesita límites, referencias simbólicas y marcos de previsibilidad. Cuando esos marcos se erosionan la incertidumbre y la arbitrariedad comienzan a colonizar no sólo la economía sino también la subjetividad.

El capitalismo moderno no se construyó sobre la ausencia de reglas sino sobre lo contrario, instituciones, contrapesos y previsibilidad. Desde la segunda posguerra el comercio internacional se organizó sobre acuerdos multilaterales, tribunales arbitrales y marcos regulatorios que limitan la discrecionalidad estatal y permitieron décadas de expansión del intercambio global. Sin ese entramado institucional la economía pierde previsibilidad. La historia económica muestra que las grandes crisis suelen comenzar cuando los límites comienzan a erosionarse y la decisión política o económica se transforma en voluntad personal.

A fines del siglo pasado Susan George planteaba en El Informe Lugano. Cómo preservar el capitalismo en el siglo XXI una hipótesis provocadora. Un capitalismo que pierde sus límites regulatorios tiende a generar las condiciones de su propia inestabilidad. Lo que entonces aparecía como una advertencia teórica comienza hoy a adquirir una dimensión cada vez más concreta en la economía global.

Cuando el presidente de EEUU sostuvo durante el conflicto por su política arancelaria que podía destruir la economía de otro país mediante embargos totales pero que no podía imponer un arancel si la ley no lo habilitaba, la frase expuso algo más que una controversia comercial. Mostró una concepción del poder económico como instrumento de devastación disponible donde el límite jurídico aparece como una restricción técnica más que como un principio estructural.

Algo similar ocurre cuando gobiernos anuncian la posibilidad de rediseñar equilibrios regionales en medio oriente mediante acciones militares de gran escala o sanciones económicas unilaterales. En esos casos la excepcionalidad deja de ser circunstancial y comienza a transformarse en una forma de intervención permanente.

Los mercados globales reaccionan ante estas señales no por sensibilidad moral sino porque incorporan escenarios de incertidumbre que afectan energía, transporte, seguros, financiamiento y cadenas de suministro. La economía global depende de reglas previsibles. Cuando esas reglas se debilitan el sistema entero pierde estabilidad.

Pero el problema del poder sin límites no solo se restringe al plano institucional o económico. También alcanza al orden simbólico que sostiene el lazo social. Cuando los límites que regulan el ejercicio del poder se erosionan no solo aumenta la arbitrariedad política o económica. También comienzan a debilitarse las barreras que contienen el abuso.

En términos psicoanalíticos la ausencia de límite abre el terreno para formas de perversión donde el otro deja de ser reconocido como sujeto y pasa a convertirse en objeto de utilización.

El caso de Jeffrey Epstein expuso con crudeza esta dinámica. Durante años redes de poder económico y político permitieron que prácticas criminales extremas permanecieran protegidas por la opacidad y la impunidad. Más allá de las responsabilidades individuales el episodio mostró algo más profundo, cuando el poder logra operar sin límites efectivos la transgresión deja de ser excepcional y puede instalarse como sistema.

Esa degradación del límite institucional y simbólico no solo deteriora el lazo social. También erosiona la confianza sobre la que se sostiene la economía. La confianza es un elemento central para el funcionamiento de cualquier sistema económico. Sin confianza en las instituciones, en las reglas y en la justicia el comercio, la inversión y el crédito se vuelven cada vez más frágiles.

Cuando el no-límite comienza a instalarse como política aparece otro fenómeno aún más inquietante, la producción de amos sádicos. No se trata solamente de liderazgos autoritarios aislados sino de configuraciones de poder donde el sufrimiento del otro deja de funcionar como límite y comienza a transformarse en instrumento.

Las transformaciones recientes en el mundo del trabajo también muestran esa deriva. Cuando las reformas laborales se orientan a eliminar protecciones históricas y a ampliar unilateralmente el poder del empresario no solo cambia la regulación económica. También se altera la estructura del límite que organiza la relación social. La nueva ley laboral es literalmente la construcción de un amo-sádico, caprichoso. Generando una asimetría obscena y angustiante.

En ese desplazamiento la figura del empleador puede pasar de ser una función regulada por derechos y obligaciones a convertirse en una posición de poder prácticamente sin contrapesos. En términos psicoanalíticos ese desplazamiento puede pensarse como la producción institucional de amos sádicos, figuras de poder autorizadas a disponer del otro sin reconocer límites efectivos.

La concentración acelerada de capital y de la big data en pocas corporaciones financieras y tecnológicas es uno de los rasgos más visibles de esta fase del capitalismo occidental. En ausencia de límites regulatorios efectivos el poder económico se vuelve cada vez más autónomo respecto de las instituciones democráticas. La relación “entre privados” no los excluye de la ley.

La acumulación obscena en occidente muestra que ya no se goza solo con la acumulación, se goza de la producción de pobreza y hambre.

Las consecuencias de estas transformaciones no se detienen en el plano económico. También comienzan a expresarse en la salud mental. La Organización Mundial de la Salud viene advirtiendo desde hace años que el aumento global de los trastornos de ansiedad, la depresión y el suicidio constituye uno de los principales desafíos sanitarios del siglo XXI. Estos fenómenos no pueden comprenderse únicamente como problemas singulares. También reflejan transformaciones profundas en las condiciones sociales, laborales y económicas que organizan la vida contemporánea.

La economía no funciona en el vacío. Depende de sujetos capaces de proyectar futuro, consumir, invertir, innovar y sostener expectativas. Cuando la angustia, el miedo y la desconfianza se vuelven predominantes también se deterioran las condiciones que permiten el crecimiento económico. Pero una economía organizada sobre el sacrificio permanente termina erosionando el psiquismo y sus propias bases productivas.

En los últimos años comienza a aparecer otro efecto de este proceso, el desplazamiento progresivo del centro de gravedad económico y político del mundo. Mientras las potencias occidentales atraviesan crisis recurrentes de legitimidad institucional, polarización social y debilitamiento de sus marcos regulatorios, distintas economías orientales consolidan estructuras estatales más estables y con mayor capacidad de planificación estratégica. La decadencia del límite institucional en Occidente no solo produce inestabilidad interna. También favorece el desplazamiento del poder económico y político hacia Oriente.

La experiencia histórica muestra además que cuando la regulación desaparece el daño suele multiplicarse. La crisis financiera global de 2008 fue una de las expresiones más claras de ese fenómeno. La desregulación progresiva del sistema financiero permitió la expansión de instrumentos especulativos que terminaron provocando el colapso de bancos, mercados y sistemas de crédito a escala global. En el plano local el reciente episodio de fentanilo adulterado mostró con crudeza cómo la ausencia de controles efectivos en la producción y distribución de sustancias puede transformarse rápidamente en muerte y en la mayor tragedia sanitaria. Cuando el Estado pierde capacidad de regulación incluso los circuitos más sensibles para la vida humana quedan expuestos a lógicas de mercado sin límites.

Por eso, el poder sin límites no es solo político ni económico, es un problema civilizatorio, el síntoma más crudo del malestar de nuestra cultura. Cuando el límite desaparece, se erosionan las reglas que sostienen la economía y se quiebran las instituciones que garantizan la vida democrática. El caso de pedofilia generalizado entre la élite de Occidente revela hasta dónde pueden operar las redes de poder con impunidad y plantea preguntas inquietantes sobre los límites de la autoridad y la protección de los más vulnerables. Incluyendo denuncias de tráfico de niños y otras prácticas extremas que aún deben demostrarse. Muestran, sin embargo, el horror de la profundidad de la transgresión.

Este es uno de los ejemplos más claros del amo-sádico: un poder que no solo gobierna o administra, sino que se alimenta del daño, la humillación y el sufrimiento del otro como instrumento de autoridad. Esta deshumanización es explosiva, los riesgos económicos e institucionales se extreman, posibles renuncias, destituciones o cuestionamientos de líderes de potencias o instituciones centrales ya no son hipótesis.

Cuando la justicia desaparece, la riqueza se concentra, el poder se vuelve perverso y la cultura occidental entra en decadencia por su propia deshumanización. No hay salud mental posible si se justifica e institucionaliza al “amo-sádico”.

Psicoanalista. Lic. en Ciencias de la Psicología (UBA). Especialista en Psicología Clínica (MSAL). Expresidente y miembro fundador de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM). Miembro vitalicio de la Word Federation for Mental Health (WFMH). Responsable y fundador del hospital de día vespertino, Hospital Dr. Teodoro Álvarez (CABA).

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