Los telescopios espaciales Webb y Hubble permitieron observar regiones donde nacen estrellas en distintos puntos del cosmos, incluso a miles de millones de años luz. Las imágenes muestran estructuras poco habituales y revelan detalles que ayudan a entender cómo se forman los astros y cómo eran estos procesos durante las primeras etapas del universo.
Entre las galaxias observadas se encuentra NGC 4698, una galaxia espiral ubicada a 55 millones de años luz de la Tierra. Aunque a simple vista parece similar a muchas otras, tiene una particularidad: su núcleo está girado 90 grados con respecto al resto de la galaxia.
Los científicos creen que esta particularidad podría estar relacionada con una colisión galáctica ocurrida en el pasado. En su región central también hay un agujero negro que atrae material y forma parte de un entorno donde se generan numerosas estrellas.
El telescopio Webb revela estrellas ocultas y secretos del universo primitivo
Las observaciones también abarcaron una nebulosa ubicada a unos 3300 años luz, en la que el telescopio Webb logró detectar por primera vez, mediante luz infrarroja, una zona de polvo que contiene estrellas recién formadas. Este tipo de radiación permite estudiar regiones que resultan difíciles de observar con otros métodos, ya que el polvo puede bloquear la luz visible.
A una escala mucho mayor, los investigadores examinaron un objeto situado a más de 8000 millones de años luz. Para hacerlo, aprovecharon la lente gravitacional producida por el cúmulo de galaxias MACS J0454.1-0300. Debido a su enorme masa, este cúmulo desvía y amplifica la luz de objetos lejanos, de manera similar a una lupa. Gracias a ese efecto, fue posible distinguir características de la formación estelar en una época en la que el universo tenía una edad mucho menor y que, de otro modo, habrían quedado fuera del alcance de las observaciones.