Morderse las uñas es una costumbre muy común y, aunque muchas personas la relacionan con los nervios, la ciencia y la psicología explican que detrás de este gesto pueden existir distintos factores. En la mayoría de los casos aparece de forma automática mientras alguien trabaja, estudia o atraviesa un momento de tensión.
Cuando la persona siente la imposibilidad de dejar de hacerlo y la acción se mantiene en el tiempo, puede convertirse en un problema que afecta tanto la salud de las manos como el bienestar emocional. Por eso, los especialistas analizaron los factores detrás de esta conducta y por qué resulta tan difícil abandonarla.
Este comportamiento puede producir daños físicos si no se frena a tiempo.
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Qué es la onicofagia y por qué muchas personas lo padecen
La psicología llama onicofagia al hábito de morderse las uñas. Aunque hacerlo de manera ocasional no representa un problema, cuando se vuelve frecuente y cuesta controlarlo puede incluirse dentro de los comportamientos repetitivos centrados en el cuerpo.
Este tipo de conductas suelen aparecer de manera automática y muchas veces la persona recién nota que las está realizando después de haber empezado. Por eso, no siempre se trata de una decisión consciente, sino de una respuesta que se incorpora con el tiempo.
Durante años se asoció la onicofagia únicamente con el nerviosismo o la ansiedad. Sin embargo, las investigaciones muestran que también puede aparecer en momentos de aburrimiento, frustración o concentración. Para algunas personas, morderse las uñas funciona como una forma de descargar tensión o manejar determinadas emociones.
Otro aspecto que suele relacionarse con este problema es el perfeccionismo. Quienes tienen un alto nivel de autoexigencia pueden experimentar una presión constante y recurrir a este hábito cuando sienten frustración porque algo no sale como esperaban.
Con la repetición, el cerebro puede acostumbrarse a esa respuesta y hacer que aparezca cada vez de forma más automática. Esa es una de las razones por las que muchas personas intentan dejar de morderse las uñas, pero vuelven a hacerlo sin darse cuenta.
La psicología sostiene que hay varias maneras de cortar con este hábito perjudicial.
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Las consecuencias de la onicofagia y cómo terminar con este hábito
Morderse las uñas de manera frecuente puede generar daños visibles en las manos. La presión constante puede debilitar las uñas, alterar su crecimiento y provocar heridas en la piel que las rodea.
Además de afectar la zona de los dedos, también puede aumentar el riesgo de infecciones. Debajo de las uñas suelen acumularse bacterias y otros microorganismos que pueden pasar a la boca al llevar las manos repetidamente hacia esa zona.
El impacto no es solamente físico. Algunas personas sienten vergüenza por el aspecto de sus manos o frustración al notar que no consiguen controlar una acción realizada casi sin pensar. En esos casos, el problema puede afectar la seguridad con la que enfrentan determinadas situaciones sociales.
Para empezar a dejar este hábito, una estrategia útil es reconocer cuándo aparece. Muchas personas notan que se muerden las uñas mientras trabajan, estudian, esperan algo o atraviesan momentos de preocupación. Identificar esos momentos permite buscar una alternativa antes de repetir la acción.
Mantener las uñas cortas, aplicar esmaltes con sabor amargo o reemplazar ese impulso por otra actividad para ocupar las manos son algunas medidas que pueden ayudar. Si provoca lesiones, genera mucho malestar o resulta imposible de controlar, conviene consultar con un profesional de la salud mental.