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25 de octubre 2007 - 00:00

Bagdad sufre por su complacencia

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Irak - Los guerrilleros del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) turco, refugiados en las montañas del norte de Irak, se han convertido en un dolor de cabeza para los kurdos iraquíes, que hasta ahora les han dado generosamente cobijo.

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«Qué quiere que le diga, son como la oveja negra de la familia kurda. Es cierto que son nuestros hermanos, pero como usted sabe, a los hermanos no se los elige», señala Mula Bajtiar, miembro del Comité Ejecutivo de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), el partido del presidente iraquí, Yalal Talabani.

«Les hemos pedido una y otra vez que dejen las armas y que salgan de Irak, pero ni podemos ni queremos entregarlos a Turquía», comenta Bajtiar, quien asegura que los militantes del PKK refugiados en el Kurdistán iraquí son «al menos 4.000, según nuestras informaciones».

En las calles de Suleimaniyano se aprecia ningún signo externo de la tensión que estos días reina entre Turquía e Irak por culpa de las actividades del PKK, que se alzó en armas en 1984 para lograr la independencia de las provincias del sudeste turco habitadas por una mayoría kurda.

Sin embargo, no son pocos los que se quejan de que los negocios están de capa caída por culpa del PKK. Sus ataques indefectiblemente van seguidos de las amenazas de Turquía -que desde la primavera (boreal) pasada tiene a 100.000 efectivos en la zona limítrofe con Irak- de enviar a sus fuerzas más allá de sus fronteras para castigar a los separatistas.

Suleimaniya, un verdadero feudo de la UPK de Talabani, está rodeada por las montañas que se levantan entre Irak, Turquía e Irán, donde los guerrilleros del PKK se mueven como pez en el agua.

Los dos partidos que dominan en el Kurdistán, la UPK y el Partido Democrático del Kurdistán -que controla la zona de Erbil y Dahuk- han dejado muy claro que, pese a que piden un alto el fuego al PKK, jamás entregarán a sus militantes a Turquía.

«Si pedimos al PKK que se desarme será a cambio de una amnistía para ellos; no van a ser tan ingenuos de entregarse para ir a la cárcel», dice Sarko Mahmud, subdirector de Relaciones Públicas de la UPK.

«Cada vez que ha habido una tregua del PKK, el Estado turco no ha respondido con ninguna medida generosa», añade.

Uno tras otro, todos los responsables políticos de esta Región Autónoma del Kurdistán repiten este discurso mixto de complicidad y crítica al PKK, pero en ningún caso reconocen que les estén prestando refugio ni mucho menos ayuda.

Según ellos, las montañas de Qandil, donde opera el PKK, son tan abruptas que es difícil controlar a quien por allí se mueve, y -recuerda Mahmud- «si el Estado turco, con todo su poderío, no puede controlar su propio Kurdistán, ¿cómo lo haremos nosotros en nuestras montañas?».

Las autoridades turcas, apoyadas también por EE.UU. -el gran aliado de los kurdos iraquíes-, no cesan de pedir al Estado iraquí que controle al PKK.

Ayer mismo, el ministro iraquí de Exteriores, el kurdo Hoshiar Zebari, dijo en Bagdad que «no permitiremos que ningún grupo envenene las relaciones entre Irak y Turquía», en aparente alusión al PKK.

Pero, entretanto, 4.000 individuos armados se pasean por las montañas iraquíes, y sus vecinos, al menos los de Suleimaniya, parecen mirar para otro lado.

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