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12 de diciembre 2006 - 00:00

Cómo ingresó Adam Smith en los cuarteles de Santiago

Si hay un legado del pinochetismo que prácticamente nadie discute, ése es el económico. Al producirse el golpe de 1973, pocos imaginaron que el régimen militar rompiera con la formación estatista de sus líderes y abrazara con tanto fervor las ideas de la libre empresa. «No estamos aquí para hacer lo mismo que Allende», decía Pinochet en esos días, cuando se iba fraguando el rumbo económico que tomaría su gobierno. El camino tuvo momentos de auge -sobre todo hacia fines de los 70- y de dificultades -en 1975, con el boom del precio del petróleo, y a principios de los 80, cuando todas las economías de la región hacían agua-, pero el modelo se mantuvo y trascendió a sus creadores. Ya en democracia, amplió su vocación de apertura al mundo y rindió más frutos. A continuación, un interesante artículo publicado ayer sobre este tema por el diario chileno «El Mercurio». Y, más abajo, los principales pasajes de otra nota de ese mismo diario sobre la importante corrección que sufrió el modelo en la primera mitad de 80, crucial para su éxito.

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«Adam Smith no entró con los tanques militares al gobierno chileno», aseguró Arturo Fontaine Aldunate en su libro «Los economistas y el presidente Pinochet». ¿Cómo entonces un régimen militar abrazó al libre mercado?

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La respuesta está en los primeros meses tras el golpe, cuando civiles de diferentes áreas fueron llamados a apoyar a los ministros uniformados que habían sido nombrados por la Junta de Gobierno.

El debate sobre cómo manejar el país se vivía a diario en las oficinas, muchas veces frente al propio general Pinochet, quien solía escuchar las posiciones opuestas y luego tomar una decisión.   

  • «Casamiento»

  • En ese esquema, la habilidad de algunos jóvenes economistas como Sergio de Castro fue decisiva para inclinar la balanza hacia el libre mercado, en lo que también influyó el impulso que dio el shock petrolero de 1975, tras el cual el régimen militar se «casó» oficialmente con las políticas de libre mercado.

    El proceso de cambio no fue fácil, pero era urgente. El país se encontraba en ruinas al término del gobierno de la Unidad Popular: había graves desequilibrios macroeconómicos -la inflación estaba cerca de 700% en 1973-, abastecimiento irregular de los productos básicos, un sistema financiero inoperante y una absoluta desconfianza de los inversionistas y actores privados.

    En ese contexto, el general Pinochet se inclinó por un plan de acción basado en «El Ladrillo», un documento que se comenzó a trabajar para la candidatura presidencial de Jorge Alessandri, y que resumía la orientación económica que se instauraría en Chile a partir de la segunda mitad de los 70, constituyéndose en la base del actual modelo de desarrollo.

  • Legado

    Fue precisamente una economía social de mercado (o «neoliberalismo», como la llaman sus críticos) el principal legado del gobierno militar, ya que su aplicación le ha permitido al país un ciclo de crecimiento y estabilidad prolongados en medio de un continente convulsionado. Los impulsores de esta transformación fueron un grupo de jóvenes economistas -la mayoría de ellos posgraduados en la Universidad de Chicago-, conocidos como los «Chicago Boys».

    Los principios básicos que guiaron las reformas fueron:

  • El motor del crecimiento son los privados. A los empresarios chilenos y extranjeros les compete crear y manejar las empresas e incluso su ámbito puede alcanzar a los servicios públicos. El Estado no es considerado eficiente como administrador de medios de producción, por lo que debe asumir un rol subisidiario, debiendo participar sólo en aquellas áreas imprescindibles para el bienestar social o donde no haya actores privados interesados. En este sentido, la libertad de precios y la flexibilidad laboral se transformaron en elementos esenciales para generar los incentivos correctos.

  • Las instituciones deben ser confiables y funcionar eficientemente para otorgar la debida seguridad. Los inversionistas, dentro de esta óptica, deben estar seguros de que las «reglas del juego» -una vez que han invertido en el país- evolucionarán en un sentido predecible.

  • Un país abierto al mundo. Transformar a Chile en un país inserto en el contexto internacional, gracias a bajos aranceles y un solo régimen cambiario, fue un proceso revolucionario para la época que se profundizó en los 90 con una serie de acuerdos de libre comercio con el mundo y la liberalización del mercado de capitales.

  • Estabilidad macroeconómica. Política monetaria y fiscal muy disciplinada con el objetivo de estabilizar el sistema de precios y evitar fluctuaciones bruscas del ingreso. Con ese fin, la política fiscal propendió a un superávit fiscal y una disciplinada política monetaria. Un hito en este sentido fue la autonomía del Banco Central.

  • Reemplazar los subsidios a la oferta por los subsidios a la demanda. De esta manera, se favorece la competencia y aumenta la eficiencia, a la vez que permite focalizar la ayuda en los sectores de menores ingresos. Este sistema fue ampliamente utilizado en materia de seguridad social (pensiones, parte importante de los gastos médicos), educación y vivienda.

  • El crecimiento como vía para superar la pobreza. La igualdad de oportunidades (educación y trabajo), más que la igualdad de ingreso, fue uno de los objetivos de la política de este período. Pero también se crea una red social para mitigar los focos de pobreza extrema e indigencia.
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