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19 de agosto 2008 - 00:00

Del poder total al rechazo unánime

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Islamabad - Un ex oficial que sirvió en el Ejército paquistaní bajo el mando de Pervez Musharraf describió al que alguna vez fue soldado de elite como un hombre dispuesto a quebrar las normas e ignorar las prescripciones: «Su actitud era: 'Así voy a imponerme'».

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También como presidente Musharraf tuvo que imponerse a muchos desafíos. Durante nueve años, desde el golpe incruento que lo llevó al poder en 1999, defendió su cargo con medios por lo menos cuestionables.

En los últimos meses, el ex general de 65 años no perdió el orgullo, pero sí los apoyos. Su estrella comenzó a apagarse ya en marzo del año pasado, cuando cometió un primer e irreversible error de cálculo: el presidente, que se autodescribía en su Web como el más afortunado entre los afortunados, consideró entonces que podía destituir al juez supremo del país, Iftikhar Chaudhry, sin sufrir ningún tipo de consecuencias. La realidad, sin embargo, demostró que nunca se recuperaría de la crisis nacional que desató esa medida y Musharraf logró mantener el sillón presidencial sólo mediante pasos drásticos y dolorosas concesiones.

El mandatario se hizo ratificar en el cargo para un nuevo mandato de cinco años en el otoño (boreal) de 2007 por el antiguo Parlamento, en medio de una ola de airadas protestas opositoras. La jugada le permitió seguir aferrado al poder, pero al mismo tiempo demostró que el presidente sabía que después de las elecciones parlamentarias ya no contaría con mayoría en el hemiciclo.

  • Cuestionamiento

  • Cuando el Tribunal Constitucional pareció dispuesto a cuestionar la legitimidad de la reelección, Musharraf declaró el estado de excepción el 3 de noviembre. Esa misma tarde suplantó los jueces «incómodos» en la Corte Suprema por otros afines, que terminaron por considerar, como era esperable, que la elección del presidente era legal a pesar de que había sido candidato al mismo tiempo que jefe del Ejército.

    En una concesión a sus críticos, Musharraf colgó poco después el uniforme y renunció a su cargo militar. Pero con esa medida perdió su principal base de poder: el Ejército era para él un segundo hogar; el uniforme, una « segunda piel», en sus propias palabras.

    Musharraf levantó el estado de excepción en diciembre tras prometer a la oposición la convocatoria a elecciones parlamentarias libres y justas. Cuando éstas tuvieron lugar, los comicios fueron una debacle para el presidente y el partido que lo apoyaba, la Liga Musulmana de Pakistán (Quaid). Aunque Musharraf no se presentaba como candidato, la votación fue considerada una suerte de referendo sobre su política. La oposición obtuvo un triunfo aplastante y comenzó a impulsar la destitución del líder. Ni siquiera Estados Unidos, que durante años apoyó a su socio en la lucha contra el terrorismo, pudo evitar su derrota.

    En un gesto poco usual, Musharraf presentó su autobiografía el año pasado, cuando aún estaba en el cargo. Se titula «En la línea de fuego», de la que se deduce que se consideraba un líder natural elegido por el destino para salvar su país.

    El libro está dedicado al pueblo paquistaní, que se ganó «un gobierno comprometido y desinteresado». Incluso ayer, en el momento de presentar su renuncia, el presidente justificó la decisión como un medio de evitar daños al país. El hecho de que la mayoría de los paquistaníes lleven tiempo considerando que no es el hombre correcto para conducir el país no pareció tener para él ninguna importancia.

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