Todos los indicios muestran un deterioro de la situación en Medio Oriente. Los palestinos ensayan una unidad de viabilidad dudosa, Israel padece bajo un gobierno debilitado, la ecuación siria sigue sin cerrar, Irak continúa desangrándose y nada parece detener la emergencia de Irán como potencia nuclear. A continuación, un interesante análisis de Alberto Mazor publicado por la revista de asuntos judíos y de Medio Oriente «Horizonte».
El acuerdo firmado entre las dos facciones, Al Fatah y Hamas, desembocó en el tan esperado gobierno de unidad nacional para hacer frente a la grave crisis que se vive en la Autoridad Nacional Palestina desde las elecciones que dieron la victoria a los islamistas radicales.
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No obstante, no se deben descartar nuevos episodios de violencia como los vividos en los últimos meses y el bloqueo total del proceso político que debería conducir a la creación de un Estado independiente y a la paz con los israelíes, toda vez que Hamas se siga oponiendo al reconocimiento de Israel y no renuncie de una forma pública y efectiva a la utilización de la violencia como instrumento de acción política.
El descontrol y la anarquía siempre presentes en Gaza no hace presagiar que el funcionamiento de las instituciones vaya a resultar fácil y, sobre todo, que dé resultados prácticos sobre el terreno. Los hechos de este último año demuestran que ante la delicada realidad palestina en particular, y del Medio Oriente en general, puede ser posible la desintegración de la Autoridad Nacional Palestina en dos pseudo-Estados diferentes, desde luego no reconocidos por nadie: uno en la Franja de Gaza, dominado por Hamas y apoyado por formaciones fundamentalistas de la región -Irán, Hizbollah, los Hermanos Musulmanes, etc.-, y otro en Cisjordania, controlado por Al Fatah, con el apoyo de Egipto, Jordania, Arabia Saudita y el Líbano de Fuad Siniora, entre otros.
Con un presidente procesado y desacreditado, un Ejecutivo en sus horas más bajas, más de media docena de ministros bajo investigación policial, un primer ministro y un ministro de Defensa totalmente deslegitimados tras su aventura militar en el Líbano, un cuarto de los diputados en los tribunales, un ejército desprestigiado y una policía sumergida en graves problemas de liderazgo, Israel no parecería estar en sus mejores condiciones para iniciar un proceso político que lleve a la resolución del conflicto con los palestinos y el mundo árabe. Lo que verdaderamente la sociedad israelí demandaría ahora son unas elecciones generales que puedan poner fin al año trágico que comenzó tras el infarto padecido por el ex primer ministro Ariel Sharon. En este sentido,el país necesita un cambiode rumbo para hacer frente con nuevas ideas y proyectos a la grave crisis política que padece.
Pero, elecciones aparte, no debemos olvidar que el objetivo de Olmert era trazar las fronteras definitivas para el país, justificando el unilateralismo como el menos malo de los caminos. La guerra en el Líbano echó por tierra tal proyecto y condujo a un vaciamiento de ideas. Ante tal situación, la negativa de Olmert a verificar la posibilidad de entablar negociaciones con Siria es otro de los errores estratégicos que comete el primer ministro a fin de fortalecer su imagen a costa de lo que deberían ser los verdaderos intereses del Estado que gobierna.
Si bien el gobierno norteamericano se opone a las negociaciones israelíes con Damasco, hay que tener en cuenta que por más que EE.UU. sea el principal aliado, Israel no puede manejarse únicamente por lo que dice el presidente Bush, cuya capacidad para resolver conflictos internacionales -ver Irak- deja mucho que desear.
Israel debería tratar de entablar negociaciones con Siria, y quizás éste sea el momento más adecuado para hacerlo; el gobierno de Damasco se encuentra en una posición muy frágil dentro de la comunidad internacional y sus interminables conflictos internos lo debilitan cada vez más. Incluso los Servicios de Información del Ejército indican que el presidente Assad busca desesperadamente una salida apropiada.
Las negociaciones con Siria no son solamente recomendables, sino necesarias. Siria no es un país fundamentalista como Irán o como los grupos terroristas Hizbollah y Hamas. La obligación estratégica de Israel es evitar que llegue a esta posición.
El Líbano sigue siendo el tablero donde se entremezclan las luchas regionales. Por un lado, los gobiernos occidentales, liderados por Washington y París, pretenden afianzar y consolidar al Ejecutivo de Fuad Siniora, mientras que, por otra parte, los regímenes de Siria e Irán apoyan a Hizbollah en su estrategia desestabilizadora antiisraelí y antioccidental.
Las consecuencias visibles de la guerra entre Israel y Hizbollah son por lo pronto que, a pesar de la imposición de la Resolución 1.701 de la ONU, el Estado judío no tiene garantizada la tranquilidad en su frontera norte ya que el grupo fundamentalista continúa movilizándose para recuperar poder y convertirse en el corazón del gobierno libanés.
La apuesta del jeque Hassan Nasrallah es a que el gobierno de Siniora caiga. De ser así, podría conseguir una mayor tajada de poder a partir de resultados positivos para él en nuevas elecciones, aunque si esto no sucede, de cualquier forma seguiría presionando desde la oposición, pero en mejores condiciones que ahora. Para el actual gobierno libanés, el gran peligro es que con el apoyo del sector cristiano de Michel Aoun, Hizbollah logre deshacerse de Siniora o, al menos, atarlo de manos dentro de un nuevo gobierno. El cuadro cambiaría entonces radicalmente: Hizbollah pasaría a ser la fuerza hegemónica en el país, con lo cual estaría en posibilidad de reconstruir sus arsenales y la capacidad de usarlos, lo mismo que de imponer su voluntad sobre el ejército del Líbano hoy desplegado en el sur del país.
La situación es muy frágil y cualquier chispa puede calentar los ánimos, provocando nuevos e inesperados episodios de violencia. Las últimas irrupciones de Nasrallah, apelando a la guerra santa contra Israel, no hacen presagiar nada bueno. Cualquier movimiento o acción armada de una de las partes podría reanudar un conflicto de impredecibles consecuencias. . La armonización e integración de los diferentes grupos humanos que habitan Irak ha sido siempre el máximo problema nacional. Eliminado Saddam Hussein, queda abierta la puerta para la desintegración y balcanización del país, alentada activamente por la ideología irracional del fundamentalismo islámico. Los iraquíes pueden ahora optar por dispararse entre sí o disparar todos juntos contra americanos e ingleses, útiles chivos expiatorios de la pésima situación actual. Claro que ése no era exactamente el plan de George W. Bush para reconstruir Irak cuando envió sus tropas allí.
La profundización de la violencia sectaria en Irak y los constantes ataques a las fuerzas de EE.UU. y Gran Bretaña hablan de un escenarioclaro de guerra civil de cada vez más difícil solución.
Los desastrosos resultados de la política de Bush confirman el último vaticinio del Instituto de Estudios Estratégicos de Londres, según el cual EE.UU. es lo bastante fuerte como para dictar el orden del día internacional, pero demasiado débil para ponerlo en práctica. La pretensión neoconservadora de democratizar Irak a cañonazos y transformarlo en un paraíso de paz y prosperidad, bajo la protección norteamericana, ha desembocado en un estrepitoso fracaso.
Ensoberbecido por el aumento de su poder regional gracias al caos en Irak, a la continua tensión en el Líbano y Palestina y a sus nexos con Siria, Hizbollah y Hamas, el régimen iraní de Ahmadinejad se mantiene empeñado en desarrollar su programa nuclear, no obstante el activismo internacional para detenerlo. Con los actuales altos precios del petróleo y el uso excesivo del energético que caracteriza a las economías occidentales desarrolladas, hay serias dudas acerca de la eficacia de sanciones que pongan límites al régimen teocrático de los ayatolás.
Cabe entonces el interrogante: ¿qué pasaría si las sanciones no sirvieran de nada? En algún momento Irán podría llegar a dominar la tecnología de enriquecimiento de uranio. Esto, según los expertos, tarde o temprano sucederá.
Occidente e Israel alegan que no se puede confiar en Irán, que la tecnología empleada para enriquecer uranio para combustible serviría más tarde para provocar explosiones nucleares.
Si uno domina una de estas técnicas, señalan dichos expertos, domina la otra. Esto le permitiría a Teherán abandonar el Tratado de No Proliferación Nuclear y fabricar armas nucleares; eso sería ya un desafío iraní a la comunidad internacional.
Si eso ocurriera -o tal vez antes de que ocurra-, Occidente e Israel tendrán que decidir nuevamente qué medidas tomar.
Examinando la situación, vivimos un momento de transición, que seguramente no estará exento de tensiones y provocaciones, pero también una necesaria fase de recomposición regional que podría dar algunos resultados a largo plazo.
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