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3 de abril 2006 - 00:00

Dirceu: "El gasoducto de Chávez demorará 20 años"

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Lula da Silva, el fin de semana cuando habló en oportunidad de firmar decretos con medidas para jubilados del sector agrícola de su país en el Palacio del Planalto, en Brasilia.
Es fácil advertir por qué carril ideológico transita José Dirceu, el todopoderoso ex jefe de la Casa Civil de Brasil, destronado en medio del escándalo por compra de voluntades parlamentarias a través de dineros negros, conocido como «mensalao». Habla claro y mucho.

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Muchísimo. Como Hugo Chávez y Fidel Castro, dos de sus interlocutores habituales. La oportunidad para comprobarlo fue el sábado pasado a las 4 de la tarde luminosa y cálida: a pesar de eso, este brasileño de San Pablo -traje y corbata- se reunió con un grupo de profesores universitarios, diplomáticos y periodistas en el Laboratorio de Políticas Públicas, un centro de estudios ubicado en la calle French, primeras manzanas de Palermo.

Dirceu fue el hombre clave de la campaña y el gobierno de Lula hasta que debió alejarse del gabinete, sancionado por el Congreso. Da la sensación de que, a pesar de su ostracismo de la escena oficial, sigue siendo un activo oculto del presidente de Brasil. O, por lo menos, Lula se lo hace sentir así: «Estoy perdiendo los generales pero voy a ganar la guerra», le dijo el mandatario sindicalista el jueves pasado, horas después de la renuncia de otro colaborador decisivo, Antonio Palocci, el ministro de Hacienda. Fue alentador Lula: «De todos modos, voy a crear un espacio para que vos y Palocci intervengan en la campaña, indirectamente». Todo sea por la reelección.

  • Convicción

  • Dirceu cree que eso sucederá, con la misma convicción con que pensaba que el gobierno de Lula sería, si no revolucionario, por lo menos reformista. Ahora reconoce que esos sueños no se cumplen tan fácilmente. «En el gobierno de Brasil hubo una contradicción entre estabilidad y desarrollo. Yo peleé durante ocho meses. Hasta que me di cuenta de que el presidente había hecho una opción conservadora. Decidió aislar la política económica, preservar la estabilidad, y hacer ganar al Tesoro y el Banco Central sobre el resto del gobierno. Por lo menos no ahogó el desarrollo. A partir de esos ocho meses me dediqué a que se pudiera garantizar eso mínimamente. Se hizo mucho y, además, se evitaron nuevas privatizaciones, por ejemplo».

    No hay decepción en Dirceu, quien deja entrever que Lula entiende mejor el proceso político que él. Si se toma en cuenta la permanencia de ambos en el poder, seguro es así. Aun cuando para este turista la designación de Guido Mantega, el nuevo ministro de Hacienda, suponga un giro hacia el «desarrollismo».

    Ahora para garantizar la política ortodoxa «sólo queda Meirelles (presidente del Banco Central) que sin Palocci no es nadie». Una señal a los mercados, diría el lugar común.

    ¿Hay que esperar, entonces, algún giro si el presidente se reelige en los comicios de octubre? «Nunca hay que confiar en que Lula dé un giro. El no tiene formación de izquierda. Es un sindicalista y, como tal, expone los valores de la clase media. Si le dan a elegir entre velocidad y seguridad, elige seguridad. Por eso cuando yo, en mi caso, quise provocar una movilización social, siempre me frenó.»

    Como todo el mundo, Dirceu cree también que el problema crucial de Sudamérica es la incógnita energética. «Lo del gasoducto de Chávez es un disparate. Ya se lo voy a decir cuando lo vea. La última vez que estuve con él hablamos de otras cosas. No sé adónde quiere ir Chávez, sobre todo ahora que habla de socialismo o muerte. Pero tengo confianza con él como para decirle que solamente conseguirlos permisos ambientales para pasar un gasoducto por la Amazonia lleva 20 años» ironizó. En cambio, el visitante prefiere «que se arme una corporación público-privada, tipo Corporación Andina de Fomento, para que Brasil, la Argentina y Bolivia exploten el gas de este último país. Fidel, que está obsesionado por la cuestión energética, piensa lo mismo que yo».

    A pesar de estos vínculos, el ex jefe de la Casa Civil trabó una relación personal amistosa con Condoleezza Rice. Por eso es importante que diga «lo que nos debe preocupar de América del Sur es que Uruguay no termine firmando un tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Eso puede pasar, tal vez pase. Yo viajo a Estados Unidos todos los meses y sé cómo están trabajando para que eso suceda. Se mueven mucho y fuerte». Dirceu habla con la sinceridad de los vencidos: «Lo que hicieron conmigo no tiene nombre. Pero tuve igual conducta. Yo podría haberme juntado con la derecha y empezar a hablar. Pero no. Seguí militando y ahora puedo llegar a 80% de la base del PT. Es lo que estoy haciendo porque en 2007 quiero que el congreso del partido constituya una alianza con el PMDB y cambie a su actual conducción. El PT adoptó la lectura de la crisis que impusieron la derecha y los medios. Por eso me quisieron condenar por un delito que todos cometen en Brasil, que es el financiamiento de la campaña con plata no declarada». Enojado con el actual presidente del partido, Tarso Genro -aunque no lo nombra-, razonó: «En Rio Grande do Sul el gobierno del PT sí había tenido un caso de corrupción pesado. Con dinero del juego. Y sin embargo salimos a defenderlos. Ellos creyeron, cuando empezaba la crisis, que era un juego de niños, algo episódico. Sin embargo, si Lula sigue en el poder, fue por milagro».

  • Corrupción

    Este amigo de Lula siguió hablando de las fuentes de dinero irregular en las que abreva la vida pública brasileña, en un intento por disolver su drama personal en una epidemia: «Hay mucha corrupción y se corre el riesgo de que haya una crisis como la Argentina. (El ex gobernador de Rio de Janeiro) Anthony Garotinho gastó 30 millones de dólares en ganar las primarias. Si se postula para presidente gastará 150 millones de dólares. Un diputado cuesta entre 2 y 3 millones, un senador cuesta 15».

    Expresivo, claro, Dirceu parece no tolerar que el pasado es inevitable: «Cometimos muchos errores. Podríamos haber comprado medios de comunicación, como hicieron todos los gobiernos en Brasil a través de amigos. Pero no, nos mantuvimos ajenos a esa pelea mediática. Hoy nadie se enfrenta a la prensa en el gobierno ni en el partido. El único que lo hace soy yo».

    ¿Puede perder las elecciones Lula al cabo de esta crisis incesante? «Puede perder, eso es posible. Pero no creo que suceda porque tiene mucho para mostrar, aun cuando optara por el camino conservador. En 2002, nosotros logramos que el voto progresista del PSDB se bloqueara y no fuera hacia José Serra. Hay que ver si ahora se puede lograr lo mismo. Es cierto que Alckmin (el gobernador de San Pablo y candidato del partido de Fernando Henrique Cardoso) es un mal dirigente. Serra es un hombre progresista, un desarrollista. Alckmin, si gana, será un desastre para Brasil y para América latina».

    Giró después sobre las mismas obsesiones Dirceu. En especial alrededor de la soledad de Lula. «Ya no estoy yo, tampoco Palocci, que fue un gran dirigente», lamenta, y cuenta de los generales. Es curioso: alguien tan entrenado y experto en ningún momento se atreve a sospechar del propio presidente como un factor más, aunque sea involuntario, del proceso que lo dejó fuera del poder, hablando durante tres horas ante una decena de personas en una tarde luminosa de sábado porteño
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