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14 de mayo 2026 - 00:00

Donald Trump en China: la incómoda coexistencia entre las dos mayores economías del mundo

Casi una década después de su última visita, el líder estadounidense vuelve a una capital mucho más fortalecida económica y estratégicamente, en un escenario internacional atravesado por una competencia que ya se extendió desde el comercio hacia tecnología, energía y capacidad industrial.

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Donald Trump llegó a China para reunirse con Xi Jinping en medio de persistente tensión comercial y con la guerra con Irán de trasfondo.

Crédito: The White House

Cuando Donald Trump volvió a aterrizar en Pekín este miércoles, quedó expuesto hasta qué punto cambió el vínculo entre las dos mayores potencias del planeta: desde su visita de 2017, ningún otro presidente estadounidense había vuelto a viajar a China.

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Desde entonces, ambos centros de poder atravesaron guerras comerciales, sanciones tecnológicas, disputas por Taiwán, tensiones militares en Asia y un creciente intento de desacople económico impulsado desde Washington. Sin embargo, nueve años después, Estados Unidos terminó regresando al mismo lugar: Pekín.

Ese dato no es menor. Durante años, gran parte del establishment norteamericano creyó que China dependía demasiado de Occidente como para resistir un enfrentamiento prolongado con Washington. La guerra arancelaria iniciada por Trump en 2018 partía justamente de esa premisa: utilizar el peso financiero, comercial y tecnológico estadounidense para limitar el ascenso chino.

Pero el resultado fue mucho más ambiguo de lo esperado.

El gigante asiático desaceleró su crecimiento y enfrenta problemas internos significativos, desde la crisis inmobiliaria hasta el deterioro demográfico. Sin embargo, no perdió centralidad económica ni capacidad industrial. Por el contrario, logró expandir su influencia sobre el Sur Global y avanzar en sectores estratégicos como inteligencia artificial, vehículos eléctricos, energía solar y minerales críticos.

Las administraciones estadounidenses descubrieron entonces una realidad incómoda: desacoplarse de China es considerablemente más difícil de lo que sugería el discurso político.

Ese es el verdadero trasfondo de la visita actual.

El presidente Trump ya no llega a una potencia emergente que busca reconocimiento internacional, sino a un actor consolidado que disputa abiertamente influencia global. Y esa diferencia altera por completo la dinámica entre ambos líderes.

En 2017, Xi Jinping todavía negociaba desde una posición relativamente cautelosa. China dependía en gran medida del acceso al mercado occidental y seguía integrada a un orden económico diseñado por Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Hoy, en cambio, ya no se presenta como un actor que intenta integrarse al sistema, sino que busca moldearlo.

La relación entre Trump y Xi, además, siempre fue más compleja de lo que muchas veces se percibió en Occidente. Trump nunca abordó a China desde una lógica ideológica clásica. Su conflicto con Pekín no estuvo centrado en el sistema político chino, sino en cuestiones de poder económico, capacidad industrial y competencia tecnológica.

Durante el primer mandato del republicano, Xi comprendió rápidamente esa lógica. Por eso, incluso en los momentos de mayor tensión comercial, la relación personal entre ambos nunca terminó de quebrarse del todo.

Más allá de sus diferencias, los líderes comparten una lectura bastante similar sobre las relaciones internacionales: privilegian poder económico, capacidad industrial e influencia estratégica por encima de las viejas lógicas del multilateralismo liberal. Ambos tienden a interpretar el escenario global desde una perspectiva mucho más pragmática.

Xi y Trump

Aunque esta vez Trump llega además condicionado por otro factor: Medio Oriente.

La guerra con Irán alteró mercados energéticos, aumentó presión inflacionaria y volvió mucho más delicada la situación económica estadounidense. Pekín observa todo eso con atención: sabe que Washington enfrenta hoy demasiados frentes abiertos al mismo tiempo.

A la presión en Medio Oriente y el desgaste derivado de Ucrania se suma una competencia cada vez más delicada en Asia-Pacífico, donde Taiwán y el Mar del Sur de China concentran buena parte de la tensión entre ambas potencias.

Y ahí aparece uno de los puntos más sensibles de toda la cumbre: Taiwán.

Si en 2017 Taiwán aparecía como una disputa latente, hoy ocupa un lugar central dentro de la rivalidad entre ambos jugadores globales. Para China, la isla no es solamente un tema territorial. Es una cuestión existencial y simbólica. Xi Jinping construyó buena parte de su legitimidad alrededor de la idea de “rejuvenecimiento nacional”, y la reunificación forma parte central de ese relato.

En tanto, Washington ve el problema desde otro lugar. Taiwán funciona como una pieza estratégica fundamental para contener el avance chino en Asia-Pacífico y proteger la arquitectura de alianzas norteamericanas en la región.

Pero hay un matiz importante en esta visita: Trump parece abordar la cuestión taiwanesa desde una lógica considerablemente más pragmática que otros sectores de línea dura en Washington. No porque Estados Unidos esté dispuesto a modificar de manera sustancial su respaldo histórico a la isla, sino porque la Casa Blanca entiende que una escalada simultánea con Pekín, en un contexto todavía marcado por la inestabilidad en Medio Oriente, añadiría un nivel de tensión estratégica difícil de administrar.

Por eso la reunión actual no parece orientada a resolver conflictos. Lo que ambos intentan hacer es otra cosa: administrar una rivalidad que ya se volvió estructural.

Ese es, en definitiva, el núcleo del encuentro.

La competencia entre Estados Unidos y China ya dejó de ser solamente comercial. Ahora gira alrededor de inteligencia artificial, semiconductores, minerales críticos, cadenas logísticas y capacidad computacional.

Por eso no sorprendió que Trump desembarcara en Pekín acompañado por referentes del corazón tecnológico estadounidense, desde Elon Musk -cuyos intereses industriales dependen fuertemente del mercado chino- hasta Jensen Huang, CEO de NVIDIA, una de las compañías más decisivas en la carrera global por inteligencia artificial y semiconductores.

Elon Musk Getty Images

La foto de la delegación funcionó como una síntesis bastante precisa del nuevo eje de la rivalidad entre ambos actores: menos centrada en aranceles y cada vez más enfocada en tecnología, energía y capacidad industrial.

La escena refleja que la disputa central del siglo XXI será tecnológica. Y en ese terreno, China ya no juega como actor secundario.

Ese quizá sea el cambio más importante respecto de 2017. En aquel momento, buena parte del establishment norteamericano todavía creía que China podía ser contenida antes de alcanzar paridad estratégica. Hoy, incluso muchos analistas en Washington reconocen que Pekín ya se convirtió en un competidor sistémico de escala comparable.

Eso no significa que vaya a reemplazar automáticamente a Estados Unidos como potencia dominante. Pero sí implica algo mucho más incómodo para Washington: el mundo ya empezó a reorganizarse alrededor de la existencia de China como centro de poder global. Por eso esta visita importa tanto.

Porque detrás de las ceremonias diplomáticas, las fotos y los comunicados oficiales, lo que realmente está ocurriendo en Pekín es una negociación mucho más profunda: las dos principales potencias del planeta están intentando definir hasta dónde pueden competir sin empujar al sistema internacional hacia una crisis imposible de controlar.

Y quizás esa sea la conclusión más inquietante de todas. Hace apenas algunos años, en Washington todavía hablaban de contener a China. Hoy el objetivo parece mucho más modesto. Aprender a convivir con ella.

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